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El día de...

La economía de las caricias

No son estos los mejores días para que nos obliguen a ser felices, aunque si aplicamos un par de simples técnicas podremos superar estas fechas en las que nos bombardean con una falsa alegría, y tenerla siempre, aun en los momentos más complicados.

Picos Laguna 16/12/2014 a las 02:00
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Leo la historia de un francés de 102 años llamado Robert Marchand, que combatió en dos guerras, fue bombero en París, leñador en Canadá y jardinero hasta los 76 y que hace dos años fue capaz de recorrer en un velódromo 24,251 kilómetros durante 60 minutos en bicicleta. Marchand llevaba una vida autónoma en soledad y hasta conducía su coche. Se sometió a un seguimiento científico y a un riguroso plan de entrenamiento que le permitió, sorprendentemente, mejorar su forma física y su capacidad de rendimiento pese a su envejecimiento, hasta llegar a tener el consumo de oxígeno de un hombre de 55 años. La fisióloga Véronique Billat explica que Robert es el mejor ejemplo para mostrar los magníficos efectos que para la salud genera el ejercicio físico.

El running o el andar deprisa, el movimiento aeróbico, libera mioquinas, sustancias que influyen en los neurotransmisores y en las reacciones químicas que se desencadenan, por ejemplo, en casos de somatización por ansiedad, y también otroendorfinas, opiáceos endógenos con efectos relajantes y euforizantes.
Generan la sensación de bienestar que todo el mundo siente al sudar; activan los mismos receptores gabaérgicos que las benzodiacepinas, los ansiolíticos más comunes. Así que ante una situación de ansiedad, el agobio ante un problema o uno de esos momentos en los que uno no sabe si gritar, salir corriendo o emprenderla, en vez del socorrido y químico lexatin mejor nos vamos a sudar, porque el ejercicio ayuda a eliminar tensiones y somatizaciones en tejidos óseos y musculares, como la fibromialgia. Y libera adrenalina y testosterona, los principales ayudantes para generar situaciones de ansiedad, angustia y pánico. El ejercicio previene y cura, y, por ejemplo, en algunos hospitales de Estados Unidos, el enfermo hace diálisis y bici a la vez.

Leer esto es una de las mejores refexiones que podemos hacer a diez días de Nochebuena, del inicio de la Navidad, la época del año en la que más se agudizan las depresiones y se siente más la soledad. Sobre todo cuando en Aragón, desde el año 2000, ha aumentado un 70% el consumo de antidepresivos y los psiquiatras advierten de que el estrés y la presión del día a día harán que un tercio de la población sufra un trastorno depresivo a lo largo de su vida. Porque, casi por igual, estas fechas son buenas para unos y horribles para otros y encararlas siempre es complicado porque se nos bombardea constantemente con una obligada felicidad; una alegría que en una sociedad individualista e individualizada como la de hoy suena a mucho más que algo forzado.


¿Palabrería?


Es como si ser felices tuviera que ser algo por obligación, cuando es una actitud ante la vida, una necesidad para nuestro organismo analizada desde que el mundo es mundo. Y entre las muchas teorías surgidas, destaca la del psicólogo Claude Steiner quien construyó hace más de 20 años una de esas que parece simple palabrería pero cuya aplicación nos produce mucha tranquilidad emocional: la ‘economía de las caricias’, que dice que nacemos hombres pero nos hacemos personas gracias a la caricia, al estímulo amable, a una mirada, un gesto, un roce, una simple ternura. Suena a cursi, pero no, porque lo que genera en nuestro organismo son toda una serie de consecuencias físicas y químicas que nos hacen ser felices porque sí (mejora la tensión arterial, genera oxitocina –la hormona del amor–, eleva la autoestima, el relax...). Porque, si careciéramos de ellas, del contacto físico, un mecanismo interno estaría dispuesto conseguirlas a cualquier precio. Incluso a aceptar caricias negativas ante la idea de no recibir ninguna, como escribió William Faulkner en su novela ‘Las palmeras salvajes’:"Preferimos el dolor a la nada, la bofetada a la ignorancia, la pena al vacío, el desprecio a la indiferencia, el grito a la apatía".


Llegados a este punto, no hay nada como utilizar nuestra inteligencia para aunar lo que somos, el producto de reacciones químicas en nuestras células, de un juego de proteínas, pero también de alma, de corazón y de vida (como dice el bolero) y que nos lleva a ese deseo que todos tenemos de achuchar al prójimo y que tanta paz nos da. Y estas fechas son la excusa perfecta tomar la medicina que nos mentendrá vivos durante meses.







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