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Elogio incondicional del maestro del retrato

El profesor, escritor y cinéfilo publica ‘Cerca de casa’ (Xordica), una selección de sus textos aparecidos en estas páginas sobre la amistad, el amor y la vida.

Antón Castro 16/12/2014 a las 02:00
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Con al actor Carlos Iglesias, en 'La buena estrella' que él dirige.

Luis Alegre es un hombre con orquesta cuyo mejor vocalista es él. Siempre está ahí dispuesto a dirigir la fiesta y cerrarla con las mejores canciones, ya sean ‘Rocío’, ‘Te lo juro yo’, ‘La bien pagá’ o una melodía incesante de risas y de chistes. Desde niño fue un ser especial, inclinado a la fascinación: su padre Luis Alberto, un hombre de aldea capaz de recitar a Marcial o un diálogo de Ingrid Bergman y Bogart, le llenaba la cabeza de sueños: mujeres bellas, poemas, canciones y otras sendas hacia la felicidad y la tarde hecha confidencia.

El cine, la literatura y la radio le estremecieron desde muy pronto. Y también el fútbol. Cuentan los amigos, y su propia memoria inundada de recuerdos, que fue un estiloso interior derecho y que empezó a amar al Real Zaragoza en las tardes heroicas en el bar El Chato. Luego, en la Laboral de Cheste, empezó a convertirse en un cinéfilo empedernido que deslumbraba a sus compañeros; era tan imprevisible y fabulador que incluso impartía lecciones de sexo al calor de algunas páginas de ‘Lib’ y otras publicaciones eróticas. Y cuando llegó a Zaragoza ("es imposible que no te conmueva el lugar donde vive tu madre", dijo en una ocasión), sucumbió al hechizo de José Luis Violeta, ‘el león de Torrero’, al magisterio de Manuel Rotellar, ese hombre que parecía saberlo casi todo del cine aragonés y del cine fantástico y de terror, y a los intelectuales de ‘Andalán’, con Eloy Fernández Clemente y José Antonio Labordeta a la cabeza. Ellos le revelaron los caminos del cierzo y de la historia. Aprendía de todo y de todos. Era, y es, un voraz lector y recortador de periódicos y de revistas.

Convertido en profesor universitario, disciplina de Economía, ha hecho de la amistad y de la búsqueda de la felicidad el faro de sus días. Su campo de intereses es enorme. Nunca quiso ser crítico de cine, pero ha escrito reportajes, entrevistas y apuntes de cientos de películas y peliculeros, y ha revelado, con la contención debida, algunos secretos de tocador de actrices como Aitana Sánchez-Gijón, Penélope Cruz, Beatriz Rico, Ana Belén o Ana Álvarez, pongamos por caso. Ha cantado como nadie con Imperio Argentina, ha reestrenado la caja sonora del Teatro Real. Es el hombre de los prodigios inadvertidos: el amigo más entrañable de Pep Guardiola, Cani o de Víctor Muñoz, ha recibido llamadas inesperadas de Luis Figo antes del partido más importante de su vida y ha sido (y es) compañero de viaje, en el arte, en el delirio y en la vida, de gente tan variopinta como Fernán Gómez, Agustín Sánchez Vidal, Fernando y David Trueba, Jorge Sanz, Gabino Diego. A Javier Tomeo lo acogió en su casa durante meses como a un hermano mayor al que perturban los despertadores.

Admiró y amó a mujeres de ensueño y radio como Concha García Campoy, con quien codirigió ‘La gran ilusión’. Ha sido un puntal inolvidable de ‘El día de Aragón’ y sus anuarios y ha trabajado, y trabaja, en la SER. Es el colega constante del pelotón de escritores aragoneses del último cuarto de siglo: desde Ignacio Martínez de Pisón o José María Latorre hasta Félix Romeo, Ismael Grasa, Cristina Grande, Pepe Melero o Daniel Gascón. Y otro tanto cabría decir de los cineastas y de los músicos, de los libreros, de los artistas y de los animadores de los festivales de cine de Aragón. Con Luis Alegre todas las listas resultan insuficientes; la frase no es una desmesura: es la cifra exacta de los hechos. Es un dinamizador, un entusiasta, el director de las verbenas del afecto y de la camaradería, uno de esos seres "de otra galaxia" que siembra generosidad y ensancha la ciudad en que vive. Al orador lúcido y envidiable, nadie le ha oído hablar mal de otros.
No lo precisa porque apunta siempre al corazón, "al lujo total de la amistad", y es capaz de escribir un libro como ‘Cerca de casa’ (Xordica. Aparece 20 años después de ‘Besos robados’), que ha ido desgranando aquí, en HERALDO, página a página. Es una amorosa destilación de palabras, de emociones, de retratos y de historias con corazón. ‘Cerca de casa’ es uno de esos libros conmovedores que son un álbum inagotable de su vasta familia (tan infinita) y de su pasión por vivir con otros, a ser posible entre carcajadas.








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