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opinión

La educación, clave de la economía

Debemos apostar por la formación económica de los estudiantes en todos los niveles, no solo de conceptos, sino también de los valores que los acompañan.

Miguel Ángel Heredia 13/01/2018 a las 05:00

Muchos han sido los debates de expertos –y no tan expertos– sobre la profunda crisis económica que se desencadenó en nuestro país en 2008 a raíz de la mundial, que se inició un año antes. Y, aunque los datos de la contabilidad nacional afirmen que semejante debacle concluyó en 2014, es una realidad que la economía española no ha recuperado todavía los valores previos a la crisis, sobre todo, en lo que se refiere al desempleo. Los numerosos casos de corrupción en las altas esferas, el final de la burbuja inmobiliaria, el paro juvenil y la crisis bancaria de 2010 no hicieron más que agravar el problema, trasladándolo a un plano que iba más allá de lo económico, minando el espectro político y social. Me vienen a la mente numerosos programas de televisión y radio hablando sobre indicadores macroeconómicos, reformas legislativas y la disminución del crédito, pero muy pocos –o más bien ninguno–, hablaban sobre un aspecto clave que podría haber atajado el problema antes de que ocurriera y que, por lo que parece, ha sido relegado a un segundo plano durante todo este tiempo: la educación.

Hace años, impartí una conferencia en la que hablaba sobre la introducción en la escuela de valores como el emprendimiento y la gestión de la economía, entre otras cosas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando uno de los asistentes, en evidente demostración de que no se había enterado de nada de lo que había expuesto, se acercó para decirme que lo que pretendía con aquella charla era fabricar futuros empresarios y economistas. Nada más lejos, esas palabras estaban orientadas a que la sociedad tomara conciencia de la necesidad de acercar la educación a la realidad del día a día, a lo cotidiano, a convertirla en algo verdaderamente útil a través de valores como la responsabilidad, el esfuerzo, la implicación o la solidaridad.

Este sencillo ejemplo me sirve para lanzar una pregunta a capón y sin tapujos: ¿por qué no hacemos una apuesta por educar en la verdad para contar con personas más responsables? Al fin y al cabo se trata de que nuestros jóvenes no cometan los mismos errores que cometimos nosotros por desconocimiento y codicia. Desde Fundación Piquer venimos apostando desde hace tiempo, y hemos elaborado las herramientas correspondientes, por la formación económica de los estudiantes de todos los niveles. Y no hablo solo de conceptos, hablo también de los valores que acompañan o deberían acompañarlos. El programa de innovación educativa ‘Escuela Activa’ incluye lo que llamamos ‘Escuela Financiera’, una forma diferente de que los alumnos aprendan la ‘economía de andar por casa’, conceptos elementales de lo que es la economía, empezando por la doméstica, ¿o acaso no deben saber nuestros hijos y estudiantes qué son los gastos e ingresos, qué es una hipoteca o qué recibos pagamos cada mes?, ¿no deben saber de qué recursos disponemos, en qué los gastamos y cuál es su responsabilidad en el correcto uso de los mismos?, ¿debemos mantenerlos en una urna de cristal ajenos a todo lo real, esperando que sean mayores para que se enteren de los mecanismos que rigen la sociedad en la que viven?

Si bien es cierto que ya existen medidas que tienen como objetivo fundamental el desarrollo del pensamiento crítico de los más jóvenes, en torno a los conceptos financieros del día a día, es necesario profundizar más. No se trata únicamente de que los chicos/as sepan qué es el ahorro, la diferencia entre el débito y crédito, o a qué productos se les aplica un determinado tipo de IVA. Debemos ser consecuentes y adoptar objetivos educativos rigurosos que apuesten por la formación en valores. ¿Queremos que nuestros hijos sepan al dedillo la definición de ahorro o que sean buenos ahorradores en el futuro?

Por ello, se antoja crucial la inserción de este tipo de programas en la vida académica del alumno desde edades tempranas. Y, no, insisto, no se trata de crear nuevas asignaturas que sean susceptibles de cambio con la llegada de nuevas legislaturas. Se trata de que el buen uso de la economía acompañe a los estudiantes a lo largo de toda su formación. De este modo, conseguiremos que el fin último de la educación –formar y enseñar– acabe dando solución al gran problema de generaciones pasadas: el desconocimiento y la ignorancia económica. Y si hay algo a lo que la crisis no puede hacer frente es a la capacidad de reacción del ser humano. La sociedad está tomando conciencia para evitar que los riesgos económicos, que a día de hoy siguen siendo noticia de actualidad, tengan presencia en el futuro. Así, la formación y la educación económica aparecen como el trayecto más seguro de cara a un mañana más estable. Y es que, cuando de forma práctica, a través de situaciones de la vida cotidiana, podemos hacer entender a nuestros alumnos que la economía y sus factores no son conceptos abstractos, sino que se dan en su día a día y en el de sus familias, no estamos sino enseñando, por una parte, y educando, por otra. O lo que es lo mismo: estamos caminando hacia el futuro.

Resulta prioritario avanzar en la formación de los más jóvenes con propuestas encaminadas hacia la innovación, los valores y el pragmatismo. Toda iniciativa dirigida a conseguir que los alumnos adquieran los más elementales conocimientos de economía, ayudará a forjar un futuro económico productivo, responsable e independiente, que es tan importante como necesario. No se trata solo de afianzar contenidos teóricos, el desarrollo de actividades de carácter financiero debe llevar por bandera la consigna del desarrollo de habilidades cognitivas, así como el afianzamiento en la práctica de los valores educativos que, a buen seguro, estarán muy presentes en el futuro de todos. ¿Nos lo planteamos?





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