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Opinión

Cumplesiglos de 2017

La sociedad aragonesa debería atender a sus conmemoraciones históricas con el mismo cuidado que reciben otras facetas de su patrimonio. Luego, pasa lo que pasa.

Guillermo Fatás 31/12/2017 a las 05:00

Termina 2017, año morrocotudo, y se lleva con él diversos centenarios. Ocurre siempre en la historia de una comunidad milenaria como la aragonesa: hay aniversarios que se rememoran y otros que quedan arrumbados para mejor ocasión. He aquí algunos.

De la Fuente. Algo se ha dicho de que en 1817 nació Vicente de la Fuente y Condón, historiador característico de Calatayud, personaje interesante y multifacético y que, integrista peculiar, se reía de quienes se preocupaban por la masonería en España, porque no le resultaba posible tomársela en serio.

Coci. No sé, en cambio, si nuestras Cortes, que tanto discuten sobre aparcamientos, han llamado mucho la atención sobre los cinco siglos de la impresión por Coci, en 1517, de los ‘Fueros y observancias’ aragoneses hasta los tiempos del rey Católico, edición hoy rarísima. Aragón puede blasonar de un hecho jurídico con este empaque. Coci (Jürgen Koch, alemán de Constanza) también trajo el arte de Durero y uno de quienes más lo aprovecharon fue Forment, amigo de Coci. Juristas más recientes eligieron 1967 (450 aniversario) para aprobar la Compilación del Derecho Civil de Aragón, base para nuestras leyes específicas de hoy.

Ballesteros. Ha hecho cien años de que muriese en Madrid el torero aragonés Florentino Ballesteros. De crianza hospiciana, tenía veinticuatro años cuando un toro lo corneó en el pecho. Este año se ha dicho algo de él en los medios taurinos locales. Su tumba está en el cementerio municipal zaragozano de Torrero. Es un discreto monumento, promovido por la Diputación de Zaragoza, en el que figura su busto, obra de Bayod y Ainaga, sobre diseño del arquitecto Marcelo Carqué.

La buena gente. En Ricardo del Arco tengo leída una circunstancia conmovedora, cuya fuente no he sabido localizar (quizá algún lector me haga la caridad de decírmelo): en noviembre de 1717, los zaragozanos se volcaron en la explanación de la plaza del Pilar. La famosa imagen de María no estaba en la iglesia, sino en un claustro anejo, por debajo del nivel del suelo. Faltando dinero para quitar tanta tierra como la obra requería, los vecinos se volcaron en ello durante treinta y ocho días. Asombroso.

La Seo. El imponente retablo de la Seo de Zaragoza tiene tres grandes escenas de la vida de Jesús: epifanía, transfiguración en el monte Tabor y resurrección. Fueron contratadas hace cuatro siglos y medio (1467) con el alemán Hans Piet, que las hizo a pedir de boca.

Dos siglos y medio se cumplen de la salida de los jesuitas expulsos de España; y de la concesión de hidalguía a otros tantos zaragozanos por hacer frente a los motines del año anterior: aún puede verse el que esculpió en su casa uno de los premiados, en la calle de Villacampa, en el Arrabal. El lema decía: «Pro Rege et Patria pariter certare decorum est», es honroso luchar tanto por el rey como por la patria.

Siglo y medio de que Pío IX proclamara santo, en 1867, al epilense Pedro Arbués, primer inquisidor de Aragón, asesinado en la Seo, de donde era canónigo, en 1485. La gente, recelosa con la Inquisición, se volvió en contra de los asesinos y apoyó al Santo Oficio.

Y tres cuartos. La Virgen del Pilar no es patrona de Zaragoza desde siempre jamás, sino desde el 27 de mayo de 1642, hace 375 años, a la vez que se creó la Hermandad del Refugio, que aún funciona. Un siglo más tarde nació en Barbuñales el militar, naturalista y científico Félix de Azara, prodigio de voluntad y perspicacia. Lo pintó Goya, rodeado de patos, honrando su sabiduría. En ese mismo año vino al mundo otro talento, Ignacio Jordán de Asso, a quien puede verse en la entrada del Paraninfo. Y en 1942 murió Pablo Luna, hijo de Alhama, autor de músicas famosas, incluidas las zarzuelas ‘Molinos de Viento’, ‘Los cadetes de la Reina’, ‘El asombro de Damasco’, ‘El niño judío’ y ‘La pícara molinera’. Cien años antes lo había hecho el turolense Francisco Tadeo Calomarde, ministro que, tras recibir una buena bofetada de una infanta, soltó aquello de «manos blancas no ofenden», manera un sí es no es cursi de aliviar la regia guantada.

Y cuarto. El arco del Deán de Zaragoza data de 1292, o sea, de hace siete siglos y cuarto. Cuatro y cuarto se cumplen de la muerte de san Pascual Bailón, natural de Torrehermosa y de las Cortes de Tarazona en las que Felipe II (I en Aragón) hizo sentir al reino su dura mano, tras decapitar al Justicia en 1591. Cuatro y cuarto ha hecho la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis, creada en 1792. Y, por hablar de cosas que hace poco eran recientes, el 23 de abril de 1992 ­esto es, hace veinticinco años–, más de cien mil conciudadanos se manifestaron en favor de la autonomía plena para Aragón. De ahí ha acabado naciendo el nuevo Estatuto aragonés, que ha cumplido su primer decenio.

Rodríguez. Hay más. Pero, de todo lo restante, me quedo con el tercer centenario del nacimiento de Ventura Rodríguez, el arquitecto de Fernando VI que dejó en Zaragoza una de las más elegantes joyas del barroco español: la Santa Capilla del Pilar. Fue un genuino regalo de Reyes. ¡Gracias, Don Ventura!

Que 2018 nos sea benévolo.





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