LA CLAVE ESTABA EN JULIO VERNE
Durante los 17 días que permanecen desaparecidos, el grupo de mineros atrapados en la mina de oro y cobre San José consigue sobrevivir a base de unas pocas latas de atún, cuidadosamente racionadas cada 48 horas. En cuanto al agua potable, enseguida se agota y es reemplazada por la almacenada en tambores, contaminada por el aceite de las máquinas. A partir de su localización, la sonda que comunica el campamento Esperanza con la mina se convierte en el cordón umbilical que les mantendrá con vida. Las últimas técnicas en monitorización del cuerpo humano junto con un fuerte apoyo psicológico, atenuarán los efectos del terrible aislamiento.
Sin embargo, en el mundo exterior todavía quedan incógnitas por resolver. Mientras los mineros reciben los primeros cuidados, el ministro chileno de Salud, Jaime Mañalich, busca posibles soluciones. Enseguida le viene a la mente la imagen de un submarino y de una estación espacial: lugares confinados de los que resulta imposible salir y en los que el gran Julio Verne, padre de la ciencia ficción, ya se atrevió a soñar hace más de cien años.
Una analogía que tiene su lógica para el teniente coronel Jesús Jiménez, jefe de Medicina Logística del Hospital General de la Defensa de Zaragoza. “Las situaciones de atrapamiento en ambiente submarino y en una mina presentan aspectos coincidentes. Los más significativos son la falta de renovación del aire, la dificultad para la eliminación de residuos corporales, así como la falta de luz y el racionamiento de víveres, junto con la aparición de problemas en las relaciones personales”.
De ahí la perfecta alianza de la Armada chilena con la Nasa, el mejor socio tecnológico con el que podía soñar este grupo de mineros. Gracias a su asesoramiento, el desierto de Atacama se transforma en un improvisado hospital de campaña en el que no faltan los ‘gadgets’ más avanzados en comunicación por fibra óptica y monitorización de constantes vitales. Se convertirán, con su inmediatez y fiabilidad, en una herramienta fundamental para el equipo médico, decidido a concentrar las amenazas en cuatro frentes.
MEDICINA DE CAMPAÑA
En primer lugar, preocupan las enfermedades de barrera. Armando Cester, jefe del Servicio Médico del Cuerpo de Bomberos de Zaragoza, nos adelanta algunas claves: “Con 30 grados y una humedad superior al 80%, se produce un aumento de la sudoración, la piel se macera y pueden surgir foliculitis, inflamación de los folículos pilosos. Además, es el ambiente perfecto para la proliferación de hongos”. Para mejorar el estado de su piel, los mineros reciben cremas y unos calcetines con fibras de cobre entretejidas. Un metal de propiedades bactericidas con un futuro prometedor en la industria textil gracias a su capacidad para detener a virus, gérmenes y hongos.
Otro de los problemas se sitúa en los ojos. “Los seres humanos -aclara Cester- podemos adaptarnos a vivir en la oscuridad. Nuestra retina es mixta, contiene tanto conos como bastones, los responsables de transmitir información con baja intensidad lumínica. De ahí que, tras el rescate, hayan tenido que utilizar gafas de protección para readaptarse a la luz solar”.
El segundo flanco se localiza en el sistema digestivo. La calidad del agua, junto con la deficiente comida y la suciedad, son el criadero perfecto para enfermedades gastrointestinales. Para calmar las frecuentes diarreas -durante el periodo de aislamiento cada minero pierde una media de ocho a diez kilos- los médicos comienzan una primera fase de rehidratación y realimentación en la que no faltan los sueros con glucosa. Después, reciben alimentos sintéticos de última generación, cortesía de la Nasa. Pequeñas dosis concentradas en proteínas, similares al menú al que están tan acostumbrados los astronautas. El objetivo: que ninguno de ellos sobrepase los 90 centímetros de abdomen, necesarios para introducirse sin problemas en la cápsula Fénix que les devolverá a la superficie.
Otro punto clave se encuentra en el aparato respiratorio. “Es el sistema más vulnerable para cualquier minero. Posiblemente, muchos de ellos tenían patrones previos de silicosis, una afección fibrósica-pulmonar de carácter irreversible”, puntualiza Cester. Para evitar complicaciones en las vías respiratorias, las ‘palomas’ lanzan vacunas contra la gripe, la difteria y el neumococo, una bacteria capaz de provocar enfermedades como la meningitis y la neumonía.
Yonny Barrios, familiarizado con las agujas por la diabetes que padecía su madre, se convierte en el ‘enfermero’ encargado de inyectar a sus compañeros las vacunas del tétanos, cuyas bacterias proliferan en ausencia de oxígeno, y de la difteria, enfermedad infecciosa que pasa factura a las vías respiratorias y digestivas. Durante 69 días, este veterano minero vela por la salud de todos. Realiza un máster acelerado en primeros auxilios, ocupándose personalmente de monitorear y supervisar los cuestionarios médicos. Objetivo cumplido.