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En el centro de San Marcelino de Champagnat viven 32 niños, además de cuatro religiosos maristas españoles y seis voluntarios rumanos. Han llegado después de ser abandonados y haber pasado por varias instituciones del Estado, escapando de los malos tratos, la pobreza extrema y las condiciones de insalubridad más atroces.
Los religiosos maristas españoles acogen, cuidan y vigilan a los niños abandonados o desatendidos por sus familias en un centro que dirigen desde 2006 en la periferia de Bucarest.
En el centro de San Marcelino de Champagnat viven 32 niños, además de cuatro religiosos maristas españoles y seis voluntarios rumanos. Han llegado después de ser abandonados y haber pasado por varias instituciones del Estado, escapando de los malos tratos, la pobreza extrema y las condiciones de insalubridad más atroces.
El pasado mes de diciembre, Traian, de 11 años, volvió a ver a sus padres. Ni siquiera les recordaba, porque no los veía desde que tenía cuatro años.
Poco antes, un muchacho de 17 años se había presentado en el centro San Marcelino, en el que vive Traian, preguntando por el niño. Era su hermano, y gracias a su interés Traian pudo reencontrarse con su familia natural.
Desde entonces, Traian y los cuatro maristas españoles que llevan el centro han descubierto que el niño tiene seis hermanos.
Dos de ellos han sido acogidos por los maristas debido a la situación de abandono que sufrían. Una hermana vive en la calle y no tiene contacto con la familia.
De los otros dos, sus padres desconocen el paradero, y ni siquiera entran en sus cómputos cuando alguien les pregunta cuántos hijos tienen.
La situación de pobreza y de desarraigo social convierten el abandono y la desatención infantiles en prácticas corrientes en los segmentos más desfavorecidos de la población rumana.
Autoridades públicas y fundaciones, ONG e instituciones privadas como el centro San Marcelino de Champagnat luchan por buscar una salida digna a casos como el de Traian.
"Intentamos darles un medio lo más parecido posible al familiar. Le enseñamos hábitos de limpieza y estudios que desconocen, y un trato humano que muchos no han visto nunca en sus familias naturales", explica el hermano Juan Carlos Sanz, uno de los maristas del centro.
Progresos evidentes
Los progresos de los niños en el centro son evidentes. "Acuden a terapias psicológicas y se acostumbran al nuevo medio. A los pocos meses juegan y se relacionan con normalidad, y hacen los deberes todos los días", añade Santos.
Pero algunas veces esos progresos se frenan bruscamente.
Una de las premisas de la política del Estado es intentar la vuelta de los niños separados de sus padres con familiares de primer o segundo grado que estén preparados para acogerlos.
"Las condiciones que han de cumplir los familiares son muy laxas. A menudo basta con que obtengan un sueldo, aunque sea muy bajo, y haya voluntad por las dos partes", afirma Antolín Santos.
Hasta el momento, los hermanos maristas se han opuesto a todos los casos de reintegración que han tenido en el centro, por considerar que el ambiente familiar que esperaba a los niños no cumplía los requisitos mínimos.
"Por desgracia, la experiencia nos ha dado la razón, pero no tenemos poder para decidir", afirma su compañero Juan Carlos Sanz.
"Chicos que iban a la escuela con regularidad han dejado de ir a clase. Algunos han vuelto a recibir malos tratos, han vuelto a mendigar en la calle y a vivir en la insalubridad que dejaron al entrar al centro", afirma.
La sensación de extrema vulnerabilidad es una característica común en todos los niños del centro. "Después de haber sido abandonados, algunos han pasado por dos o tres instituciones del Estado. Cada cambio es para ellos como un nuevo abandono", explica Santos.
Pese a las penalidades sufridas, esperan con impaciencia las visitas de sus familiares. "Viven en un estado de espera permanente", explica Sanz.
El pasado agosto la madre de Dana le prometió que iría a verla al centro el dos de septiembre. La niña tiene diez años y lleva dos en el centro.
En septiembre estuvo desde la mañana nerviosa y excitada. No quiso salir al parque con el resto por si llegaba su madre. Pasó el día asomada a la ventana, anunciando jubilosa a todos que venía su madre desde Italia.
Se hizo de noche y la madre de Dana no había aparecido. Triste pero esperanzada, le dijo a uno de los hermanos: "no ha venido al centro, pero hace un ratito he visto en el cielo el avión en que mamá venía desde Italia".
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También a mí se me nublan los ojos al leeros y recordaros, Juan Carlos, Antolín, José Luis, Dionisio. Seguid valientes e ilusionados con vuestro trabajo "pascual". Que esos niños experimenten, junto a vosotros, la alegría de vivir y se llenen de ESPERANZA.
Me alegra leer noticias como esta, de verdad que me hace sentirme mas persona, mas humano. Gracias a los que trabajais tan cerca de los que lo pasan mal. Gracias por recordarnos la importancia de ayudar a los otros. Espero que vuestra lucha contra el abandono sea tambien una lucha contra las situaciones de injusticia que lo provocan. GRACIAS ANTOLIN SANTOS Y GRACIAS JUAN CARLOS SANZ por recordarnos que hemos de trabajar por el bien de los otros.
Somos rumanos. Conocemos bine niños camine , Felecitari. Somos contentos de lo que hacen con niños abandonati la Bucuresti. Mersi si curaje.
Gracias por vuestro servicio a los más pobres de Rumanía. Juan Carlos, ánimo y adelante
Preciosa experiencia y servicio a los niños. Enhorabuena por vuestro trabajo y dedicación. Me siento unido a vosotros. Todo mi aliento y apoyo
Juan carlos, me haces llorar... Se hizo de noche y la madre de Dana no había aparecido. Triste pero esperanzada, le dijo a uno de los hermanos: "no ha venido al centro, pero hace un ratito he visto en el cielo el avión en que mamá venía desde Italia" Ánimo, con vuestro trabajo ayudais a mucha gente a tener una vida menos dolorosa, incluso feliz. En nombre de ellos y en el mío propio, gracias.
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