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Entrevista

"La minería era durísima y la gente, pese a todo, era feliz"

Carlos Balbuena. Director de ‘Cenizas’, que se proyecta este sábado en Las Armas.

Antón Castro. Actualizada 30/10/2015 a las 18:52
Carlos Balbuena

‘Cenizas’ es una de esas películas extrañas, fascinantes, que transcurren entre la realidad, la memoria difusa y el sueño. Ha seducido a los críticos y al público de festivales. Carlos Balbuena (Léon, 1975), que se crió en Zaragoza y se formó aquí, en Antena Aragón, ha mirado hacia los paisajes de su niñez leonesa para contar una historia, en blanco y negro, una historia de las minas. Asegura: “No conozco bien la minería aragonesa, pero me da la sensación que son paisajes intercambiables, desde el punto de vista estético y desde el punto de vista del conflicto y la tragedia”. La película, de 57 minutos, se proyecta este sábado, a las 20.00, en Las Armas.

Pregunta- Si no le importa, recuérdenos tu paso por Aragón...
Respuesta- Nací en León, precisamente en la comarca que aparece en la película, Santa Lucía, Valle de Gordón, pero nos trasladamos a Zaragoza, concretamente a Villanueva de Gállego, cuando yo tenía nueve años. En un momento dado, abandoné la carrera de empresariales y comencé un grado superior en realización de Audiovisuales en el centro CPA Salduie, vinculado a la entonces televisión local Antena Aragón, donde hice mis prácticas y llegué a trabajar en algún programa como operador de cámara. Entre ellos, ‘Que viene el lobo’ y ‘Viaje a la luna’...

P.- Creo que esta película nace de una imagen: una vía y un tren. ¿Qué emociones despertó en usted?

R.- Es cierto. Tengo desde siempre una especie de obsesión enfermiza por las vías y los trenes. Me parecen fascinantes para rodarlos, creo que son muy plásticos. La casa de mis abuelos que aparece en la película está a escasos cinco o seis metros de la vía y el sonido constante de los trenes era de los más cotidiano (por cierto, cada vez es menos constante...); curiosamente en Barcelona, donde resido desde hace algún tiempo, yo vivo muy cerca de otras vías. Una cosa me hizo evocar la otra y los recuerdos comenzaron a convertirse en imágenes que quería filmar...

P.- A partir de ahí ¿cómo se fue gestando la película? ¿Qué ideas, qué reflexiones querías abordar?
R.- Al principio iba a ser una exploración de mi memoria, de mis recuerdos. Imágenes concretas que quería rodar. Me interesaba la idea de registrar hoy los mismos lugares de mi infancia, vacíos, sin mis seres queridos y ver qué eran capaces de evocarme. Tenía la intención (y eso lo he mantenido hasta sus últimas consecuencias) de respetar absolutamente lo que fuese a encontrarme allí, de no recrear nada. Esa especie de filmación de la memoria, a través de lo real, ha llevado inevitablemente a construir una película sobre las ruinas. Las ruinas de una idea de lo rural enmarcada en una explotación brutalmente capitalista como es la minería.


P. -¿Ha querido hacer una elegía? ¿Cómo era su localidad leonesa, su atmósfera?
R.- Era un pueblo como tantos en este país. Este ha sido siempre un país rural, no urbano. La minería es, era durísima, y antes lo era aún más, pero tengo la sensación de que la gente, a pesar de todo, era feliz. Y los niños siempre son felices, y más en ese ambiente rural de absoluta libertad. La idea de la mina siempre estaba por ahí flotando, de una forma que a mí me parecía amenazante, pero era algo que asumías, el negro del carbón era parte del paisaje.

P.-. ¿Qué le duele en realidad: la mina perdida, el abandono, la infancia lejana?
R.- Con la mina perdida, tengo sentimientos ambivalentes: desde muchos puntos de vista, no creo que tenga ningún sentido que siga adelante. Lo que pasa es que en la mina trabajan muchas personas, el 80 % o más de los hombres de la comarca. Cerrar y abandonar la mina implicaría la miseria absoluta de la zona. ¿Por qué no ha habido planes alternativos? Seguramente, como pasa siempre, porque demasiada gentuza ha estado amasando cantidades ingentes de dinero gracias de la mina, y eso implica a costa del paisaje, del medioambiente y de la vida de muchos trabajadores. Eso me duele y por eso se ha convertido en un tema central en la película. Respecto a todo lo demás, lo que siento es nostalgia.

P.- -Háblenos de ese protagonista, Jorge: ¿en qué medida es usted o tantos y tantos que han perdido raíces, espacios, recuerdos?
R.- Soy yo, sin ninguna duda. Pero también el propio actor, Jorge Tejerina, que fue minero durante muchísimos años y ahora ya está prejubilado. Y, sin duda, puede extenderse a todos los que han perdido sus raíces. La película -en su puesta en escena, su narrativa, su ritmo, etc.- está pensada para que la gente la habite y decida qué quiere sentir. No creo que sea una película que dé respuestas (espero que no), y sí plantea algunas preguntas, aunque tampoco excesivamente concretas.

P.-  ¿Por qué ha elegido el blanco y negro y una estética donde mandan la lentitud, el silencio?
R.- Para contemplar, para escuchar, para que el espectador habite los espacios y los sienta. Eso es importante: hay que darle tiempo al espectador para que reflexione sobre lo que está viendo y oyendo. El sonido y la música son también elementos de una gran densidad en la película. El tema del blanco y negro tiene que ver con ese contraste entre el carbón y la nieve, entre el pasado y el presente. Pero también con esa ambigüedad que se juega en la película entre sueño y realidad, entre vivos que parecen muertos y no sabemos si lo son.

P.- A veces usa el desenfoque. ¿Es eso también una forma de sugerir que estamos en el sueño?
R.- No de sugerir que “estamos” en un sueño, sino la posibilidad de que estemos en un sueño. Me interesa esa ambigüedad.

P.-Tengo la sensación, en ocasiones, de que cuenta un cuento, a la manera de Juan Rulfo...
R.- Absolutamente. Cuando preparaba la película tenía en la cabeza muchísimas referencias cinematográficas, que luego vas olvidando y descartando y que pueden o no aparecer en la película, pero solo tenía una referencia literaria: Juan Rulfo. Releí su obra, tan breve, ‘El llano en llamas’ y ‘Pedro Páramo’ y poco más, e incluso en algún momento llegué a plantearme que la película fuese una adaptación de su novela ‘Pedro Páramo’ en clave minera. Y algo de eso queda, ¿no?

P.- Ya estaba adaptada por Carlos Velo, con dirección artística del aragonés Julio Alejandro. ¿Qué significa para usted hacer cine de autor? ¿Sería esta película una tentativa?
R.- No tengo muy claro qué es cine de autor. El concepto está un poco pervertido. En todo caso sí intento que todo lo que hago tenga que ver conmigo, con mi personalidad, con forma de ver la vida (y el cine), que no es poco.

P.-¿En qué proyectos anda metido?
R.- Voy a empezar a rodar en diciembre por la zona de Bielsa. Otra película sobre la memoria (esta vez histórica), vinculada a la Bolsa de Bielsa, ese episodio de la Guerra Civil española. Rodaremos una parte ahora en diciembre y otra el próximo verano. Estoy ilusionadísimo, porque, además, como ya pasó en ‘Cenizas’, lo voy hacer con un equipo pequeñito y todos amigos.

P.- Recordando a Larra, ¿hacer cine en España es llorar?
R.- Dedicarse a la cultura es llorar, ¿no? Y, visto desde otro punto de vista, si, como es mi caso, intentas hacer un cine de eso que antes llamaba lo real, si de verdad eres honesto, no te queda más remedio que sufrir mientras escribes, ruedas y montas, porque el paisaje es desolador.







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