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Entrevista

"No quiero ser imbécil: prefiero el humor a la solemnidad"

​Alicia Giménez Bartlett (Almansa, Albacete, 1951). Premio Planeta de 2015.

Antón Castro / Toni Iturbe. Barcelona Actualizada 18/10/2015 a las 00:11
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​Alicia Giménez Bartlett.Efe

“Vi ese jersey de cachemira en un escaparate al pasar por la calle. Pensé: es mono. Se me ocurrió comprarlo y lo llevé a la entrega del premio porque se me ocurrió así, caso como un acto un poco rebelde, ya que no voy a hacer la revolución a mi edad”, dice Alicia Giménez Bartlett (Almansa, Albacete, 1951), que se encuentra en el mejor año de su vida. Es fresca, simpática, capaz de decirle a Antonio Iturbe, el director de la revista ‘Librújula, nacido en Casetas (Zaragoza), con quien hicimos esta entrevista: “Estás guapo y joven, Iturbe, joder”. A las distinciones y honores que ha cosechado, incluido el elogio incondicional de Andrea Camillieri, se suma el Premio Planeta de 2015, dotado con 600.000 euros, que conquistaba la noche del jueves en Barcelona con su novela ‘Hombres desnudos’, que saldrá a la venta el 3 de noviembre con una tirada de 210.000 ejemplares.

Esa ‘merde’ de su jersey ha impactado tanto como la anécdota del secador, que le ha regalado un supermercado. También tenía algo de teatral, se suele decir “mucha mierda” antes de salir al escenario.
Es verdad. Triunfó, no se habla de otra cosa: de ‘merde’ y del secador, pero, en serio, ¿les ha gustado?

¿Qué hay en ‘Hombres desnudos’ de su novela ‘Vida sentimental de un camionero’, de la de La Pastora de Morella, ‘Donde nadie te encuentre’ (Premio Nadal), y de su serie sobre Petra Delicado?

Qué difícil... Hay más cosas de las que parece: la inquietud social está en todas, y la amistad, y las relaciones entre hombres y mujeres. En el fondo eso de que un escritor siempre escribe la misma novela, que parece una perogrullada, tiene algo de cierto: aunque intentes cambiar de tema, cambiarte de tus manías, te vuelven a salir. Así que, de algún modo, todas esas ficciones, están en ‘Hombres desnudos’.

Ha sorprendido mucho esa alusión a un procedimiento, que usted denomina naïf y que emplea en su novela, a la manera del teatro del Siglo de Oro o Shakespeare...
Es raro. Veremos si funciona o no. Está metido, impactado sin avisar, dentro de los otros parlamentos. No es que los personajes interpelen al lector, pero el lector ve lo que está pensando el personaje de lo que el otro le dice... Incluso cuando él acaba de decir quizá lo contrario. Es como si pudieras penetrar en el cerebro del personaje, como si pudieras ser un narrador omnisciente (el que todo lo sabe) que no lo es. Yo creo que no canta demasiado. Eso me lo dirán ustedes y la crítica.


Esta necesidad suya de epatar, de escandalizar, ¿no es un poco rara o postiza? Usted es doctora de literatura, podría dar más lecciones que otros que se empeñan en darlas... ¿Por qué se disfraza de pasota o de provocadora?
Lo que es solemne me repatea, me repatea, pero aún me repatea mucho más ver a colegas míos pontificando y reduciéndose a una imbecilidad insoportable. Yo no quiero ser imbécil, además no me tengo que forzar nada: no me creo nada en este show. Oye, el Olimpo para los olímpicos. Me joroba mucho eso, y quizá de ahí estas salidas un poco teatrales o algo histriónicas. La pedantería se me atraganta y me parece horrible. Y quizá me haya ido al otro lado: con el humor todos nos reímos y todo parece un poco más fácil.

La novela es la historia de un profesor de literatura que pierde su empleo, de un chico de arrabal y de los bajos fondos, Iván, y de dos mujeres. ¿Cómo son, qué nos puede contar de ellas?
Una chica es cuarentona y la otra es sesentona... Son dos pijas de ciudad. La más joven, atormentada por una serie de razones, y la otra es la típica pija, el personaje arquetípico que hay en el libro. Vive de la pensión del marido, está estupenda, tiene aventuras sexuales. Empiezan yendo a Zara; la otra, como ha estado currando en la empresa no sabe lo que es low cost y le encanta comprarse un pantalón que sabe que va a tirar a la basura de inmediato. Luego esas experiencias van aumentando... Y son ellas las que contratan los servicios, festivos o sexuales, de los dos protagonistas.

Usted vivió un año en Zaragoza. Pasó inadvertida... ¿por qué?
Estaba preparando la serie de televisión de Petra Delicado con Ana Belén. Yo no hacía los guiones, entre otras cosas porque no sabía, pero sí redactaba una especie de sinopsis de cada capítulo. Cada cierto tiempo venían dos guionistas de Madrid y dos guionistas de Barcelona y nos reuníamos en Zaragoza a trabajar. Fue un tiempo intenso. Vivía con mi marido, ingeniero, en la plaza de Los Sitios. Y a mí me venía perfecto.

¿Qué lugares frecuentaron?
No muchos. Él siempre estaba currando y yo también. Es donde yo aprendí a tomar cafés a mitad de mañana, iba a la calle Costa, a la misma plaza. No tuve amistades. Casi no conocí a nadie, sabía que era un año justo el que iba a estar allí y tampoco tenía mucho sentido. Estaba, además, atareadísima.

Su vínculo aragonés también lo da la figura de Teresa Pla Meseguer, ‘La Pastora de Morella’. ¿Viajó por el Maestrazgo?
Sí. Aparte de que está muy cerca de Vinaroz, donde vivimos ahora, tenía un guía en Vallibona y él nos llevó un día a Castellote, a las Parras de Castellote, a Pitarque, a esos lugares del Maestrazgo donde la naturaleza es salvaje y tiene un puntazo. Me quedé fascinada.

Podemos saber qué le ha llevado a Vinaroz.
Mi marido ya está jubilado y allí estoy en santa paz. Creía que vendría mucho a Barcelona (vengo y veo a amigas como Cristina Fernández Cubas, Mercedes Abad), pero allí estoy, feliz, a siete kilómetros de la ciudad... Por la mañana trabajo hasta las cuatro de la tarde, tengo mis dos perrazos, los saco a pasear. En mi nueva vida hay una cosa genial: a las ocho de la noche ya hemos cenado y me pongo a leer. He recuperado la pasión de la lectura. Me espera libro... Estoy con Emmanuel Carrère y ‘El Reino’ (Anagrama): es extraño, bestial. Soy lectora de novela policiaca pero no como los friquis que solo leen eso... Intercalo mucho. Ayer compré a Elena Ferrante, a Joyce Carol Oates, que está como una cabra, y hace unos finales de culebrón que me llevan a preguntarle: “tía, aquí, ¿por dónde vamos?”.¡Tiene una intensidad, te mete en un ambiente y empiezas a sudar la gota gorda!

¿Lee a colegas españoles?
Sí, claro que sí.

Quizá pueda parecer que su novela tenga un cierto parentesco con las novelas de Rafael Chirbes, el escritor realista contra el pelotazo y la crisis. ¿Podría ser?
Es un gran escritor y encima leía a Petra Delicado. La última vez, poco después de haber estado juntos con el escritor Fernando Delgado en Valencia, me dijo: “Sí hija, sí hija, créeme, yo disfruto mucho con tus libros. Pienso de repente que ya sé quién es el asesino. Pues no. Me engañas, me engañas”. Era una bella persona. Pero yo creo que sus libros son directamente sociales, duros, lúcidos, tienen una prosa mucho más cuidada que la mía. Yo me dejo llevar más por la historia, por lograr la verosimilitud, él era un estilista de la lengua española...

¿Y usted?
No, yo no lo soy. Creo que no. No encontrarán grandes fallos en mi prosa porque escribo desde hace un montón de años, pero nunca sacrificaré un buen pasaje narrativo, una buena incisión en un personaje, por un párrafo bien escrito.

¿Por qué no ha situado su novela en ningún lugar concreto?
En Petra Delicado está siempre Barcelona, pero aquí tenía mucho interés en que fuera una ciudad española sin nombre porque resulta que hay una serie de historias en las que nos parecemos muchísimo catalanes, vascos, zaragozanos... La crisis nos ha afectado a todos, el valor del dinero como única clave nos ha afectado a todos, hay muchas cosas comunes y de ahí mi elección. Y no quería que se incidiera en que esto es la burguesía catalana... No, no, esta es la burguesía de todos los lados. La burguesía burra que puede estar en cualquier parte.

Fernando Delgado, miembro del jurado, dijo que en el tratamiento de los bajos fondos, ‘Hombres desnudos’ era muy realista. ¿Se ha documentado ‘in situ’, ha palpado...?
Sí, a palpar no he llegado, pero no por falta de ganas, ja, ja, ja. Aquí en Barcelona había un estriptís, en la Zona Franca, y tuvo un éxito enorme. Solo se le permitía la entrada a parejas y a mujeres. A hombres solos no. Y eran unos hombres guapísimos que hacían desnudos integrales y las mujeres al final se desmadraban, metían mano claramente pero todo tenía un aire más festivo que sexual o puramente morboso. Y después he estado en un estriptís más privado en Italia y en uno en Francia...

¿Son diferentes los hábitos allá?
Aquí en España, en la cosa del despelote, primaba más el cachondeo. En Italia y Francia iba algo más en serio y tampoco se permitía la entrada a hombres solos.







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