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Arte

​La primera muestra de retratos de Goya revela una mirada profunda e incisiva

La exposición en la National Gallery de Londres reúne unos 70 de los 150 retratos que se conservan del aragonés.

Efe. Londres Actualizada 06/10/2015 a las 17:58
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La primera muestra dedicada a la faceta de Goya como retratista revela la mirada profunda e incisiva del pintor español, que logró captar con sutileza la esencia de sus modelos, de reyes a familiares, sin restarles empaque y dignidad.

'Goya: los retratos', que abre entre mañana y el 10 de enero en la National Gallery de Londres, reúne unos 70 de los 150 retratos que se conservan del aragonés, que en su larga carrera documentó "con visión mordaz" los cambios de la sociedad española, según señaló hoy el director de la galería, Gabriele Finaldi.

Finaldi, que acaba de incorporarse a la pinacoteca británica procedente del Museo del Prado, destacó "los importantes préstamos" -entre ellos diez cuadros del museo español- que han hecho posible esta inusitada exposición, que recorre la historia de España desde mediados del siglo XVIII hasta principios del XIX.

Un pequeño autorretrato de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) a los 34 años inaugura el amplio recorrido por siete salas, que concluye precisamente con el último cuadro que pintó, en 1827, un retrato de su adorado nieto Mariano Goya y Goicoechea, hijo de Javier, el único de sus siete hijos con Josefa Bayeu que llegó a adulto.

Una de las estrellas indiscutibles de la muestra es 'La duquesa de Alba' (1797), donde aparece la exhuberante aristócrata española vestida con traje típico y mantilla negros y un dedo apuntando al sueldo, donde dice: "solo Goya".

Asegurar la presencia de este lienzo, que solo ha salido una vez antes de Estados Unidos, "fue uno de los momentos más emocionantes de preparar esta muestra", declaró hoy el comisario, Xavier Bray, durante la presentación a la prensa.

Aunque quizás es más conocido por sus series de trágicos y sombríos grabados, lo cierto es que Goya, que en 1799 se convirtió en pintor principal de la corte española, dedicó buena parte de su carrera y un tercio de su producción al retrato.

Reyes, mecenas y aristócratas, así como familiares y amigos, posaron para el artista, que "se esforzaba por conocerles y pasaba tiempo con ellos" para llegar al fondo de su personalidad, explicó Bray.

El primer encargo importante que recibió, ya con 37 años, fue el retrato del conde de Floridablanca, que puede verse en esta muestra junto a "La familia del infante Don Luis de Borbón" (1783-4), donde él se incluye dentro del lienzo, influido por Diego Velázquez.

Su capacidad para mostrar a personajes formales como humanos y accesibles y su honestidad se evidencian en "Carlos III vestido de cazador" (1786-8), que subraya la nariz grande y sonrisa pícara del monarca, aparentemente sin intención satírica.

Ya como pintor oficial del rey, elaboró uno de sus retratos más singulares, "El duque y la duquesa de Osuna y sus hijos" (1788), de la liberal familia Osuna, donde capta con maestría "la inocencia de la infancia", apuntó el comisario.

En 1805 volvería a pintar a una de las dos niñas de esa familia, ya una mujer casada, a la que en "La marquesa de Santa Cruz" muestra reclinada en un diván en posición sugerente, lo que demuestra, según Bray, "la confianza que le unía a la modelo".

Como pintor oficial de la corte y ya afectado de sordera, pintó a "Carlos IV vestido de cazador" (1799) y a su esposa, la reina María Luisa, a quien captura con gran ternura pese a ser en esa época una mujer desdentada y envejecida prematuramente tras trece partos.

Junto al general de Napoleón Nicolas Philippe Guye o el británico Duque de Wellington, retratados tras sus victorias españolas, figura "Fernando VII con manto real" (1814-15), el hijo de Carlos IV que restauró la Inquisición y la monarquía absoluta.

Tal vez en una indicación de lo que sentía por este monarca, que le hizo investigar por su ideología liberal, Goya le pinta como un personaje algo ridículo, ataviado con capa y cetro pero con la cabeza extrañamente ladeada.

La honestidad del aragonés como artista se muestra sobre todo en los retratos de su familia y amigos, algunos de los cuales realizó en sus últimos años de exilio con otros intelectuales en Burdeos.

Destaca el óleo de su gran amigo Martín Zapater, de 1797, con quien se carteó toda la vida, y dibujos de su esposa e hijo, así como un autorretrato de 1820 en el que aparece, desaliñado y exhausto, en compañía del doctor Arrieta, quien le ayudó a recuperarse de una grave enfermedad.







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