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Aventuras de verano / 4

"Sin vacaciones no hay nada que contar"

Begoña Oro es Premio Gran Angular con ‘Pomelo y limón’ (SM, 2012) y este año ha publicado ‘Croquetas y wasaps’ (SM, 2013). Es editora y lectora y una gran especialista en literatura infantil y juvenil. El humor es uno de sus registros.

Antón Castro. Zaragoza Actualizada 04/07/2013 a las 19:55
2 Comentarios
"Sin vacaciones no hay nada que contar"ZTV

-¿Qué hace una escritora para jóvenes en verano?
-¿Soy una escritora para jóvenes?


-¿Dónde suele veranear?
-¿Cuántos años hay que repetir un mismo destino para que se considere habitual?

-¿Es de playa, de montaña, de ciudad o de pueblo?
-Uf. Cuando me preguntan si quiero flan, helado, pudin o fruta, tardo unos diez minutos en responder. Tardaría un verano entero en contestar a tu pregunta. Esta entrevista me está quedando un poco gallega, ¿no?

-Por ahora sí. ¿Qué hace diferente al resto del año?
-A esto sí puedo responder: encerrarme a escribir. Lo que echo de más a mi hijo cuando pretendo escribir, lo echo de menos cuando estoy sin él un mes en verano. Es entonces cuando aprovecho para escribir por encima de mis posibilidades.

-¿Cuáles son el viaje y la ciudad de su vida?
-Mi ciudad del verano podría ser Santander. Me he buscado miles de excusas para asistir allí a los cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, en el Palacio de la Magdalena. Dedicar el verano a aprender, y en palacio, es un lujo difícilmente superable.

-El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia. ¿Cómo ha sido esa época?
-Intensa. Recuerdo a mi pérfida prima Marta obligándome a caminar descalza por el rastrojo y a un perrazo enorme que me daba miedo y que se llamaba Whisky en una finca junto a Luna; recuerdo los veranos lluviosos en el País Vasco; recuerdo perderme en la playa en Torredembarra; recuerdo los campamentos en Boltaña en los que mi tío Lorenzo se transformaba en “don Lorenzo”; recuerdo los viajes familiares en coche, camino a algún congreso internacional de química, con el maletero abarrotado de maletas, la tienda de campaña y una bolsa entera llena de latas de atún y de sardinas; recuerdo la frustración de haber querido ser y no llegar a ser ‘majorette’ en Tabuenca; recuerdo ir a esquiar con mi familia varios veranos a Tignes y celebrar allí el 14 de julio como si nosotros sí quisiéramos ser franceses...

-¿Cuál es su mejor recuerdo de entonces, el que más le persigue?
-Todos los veranos hacíamos un viaje familiar muy largo en coche por varios países europeos. Me recuerdo sentada durante horas al borde del asiento de en medio (no había sillitas ni cinturones), bebiéndome el paisaje, con las rodillas encajadas entre el hueco de los asientos de mis padres mientras mis hermanos dormitaban atrás, recostados en mi asiento. Eso sí, cuando llegábamos a una frontera (había fronteras), ya estábamos los tres incorporados estirando el brazo para ver quién era el primero en cruzarla.

-¿Cuál sería el menú ideal de un día perfecto?
-Un día perfecto de verano no es un día de menú, es un día a la carta, con plena libertad para hacer algo, todo, o absolutamente nada. Un día perfecto de verano comienza abriendo el ojo a la hora que me dé la gana, encontrando algo interesante al lado, quedándome un ratito más en la cama… Y luego todo sigue así, en ese agradable tránsito entre la pereza y las ganas de hacer algo.

-¿Cómo recuerdas la primera vez?

-La primera vez que pasé hambre fue un verano en Inglaterra, en Sheffield, siendo niña. Pasé un mes con una familia comiendo exclusivamente patatas asadas con mantequilla y pan negro. Pasaba tanto frío y tanta hambre que una noche escribí una carta a mis padres y les dije, por primera vez también, que los quería. Al día siguiente, me compré una chocolatina y, con el estómago lleno, me avergoncé terriblemente de aquella carta lastimera. Pero ya estaba dentro del buzón.

-¿Cuál ha sido el gran personaje de tus veranos?
-Fue una casa, la casa de mi familia materna en Miravalles, cerca de Bilbao. Era una casa con escaleras hechas a la medida de las chisteras, parqué de madera crujiente, pianos con pianola, pabellón de apicultura, anexo para los jardineros, cuartos para el servicio… Pero de toda esa opulencia no quedaban más que las estancias, algunos retratos, la arrogancia incombustible de un tío abuelo que se paseaba con canotier y traje de hilo por el jardín, y los árboles, incluida una maravillosa secuoya que partió un rayo una noche de tormenta. Era un escenario alucinante para hacer el salvaje, una especie de ‘okupación’ infantil que intentaba controlar en vano otra tía abuela, una monja medio francesa de exquisitos modales y escasa tolerancia al gamberrismo que, sin embargo, nos permitía referirnos a ella como “la tía Marimonja”.

-¿En qué han cambiado los veranos con el móvil, el Ipod, el ebook...? ¿Y con la crisis?
-Me temo que el mayor cambio está en el relato. Antes nos guardábamos cosas para contar a la vuelta. Ahora esta conexión y difusión permanente de lo que hacemos nos priva de hermosos relatos y de la selección de qué olvidar y qué recordar. Ya está todo contado, todas las fotos subidas, los vídeos colgados… Respecto a la crisis, se produce el mismo drama pero en grado absoluto. Las vacaciones son la cara B del trabajo. Si no hay cara A, tampoco hay cara B. Si no hay vacaciones, no hay nada que contar, solo las míseras monedas que nos quedan. Tener que contar el dinero quita las ganas, y la posibilidad, de contar nada más.

-Si tuviera que resumir el espíritu del verano en un ‘tuit’, ¿qué diría?
-“Always Coca-Cola”. Es tu culpa, Antón, que después de la pregunta anterior, esta respuesta suene sarcástica.

-Tiene razón. ¿Cuál es la mejor anécdota veraniega vinculada a su profesión?
-Hace unos años fui ‘mayordoma’ de mi pueblo Aquarius, ese que uno se busca para decir que tiene pueblo: Egea, en el Valle de Lierp. Los mayordomos son los responsables de montar las fiestas. Entre otras cosas, organizamos un concurso literario al que se presentaron bajo pseudónimo los vecinos y lo ganó una oriunda del valle. Resultó ser... Luz Gabás; fue antes de que publicara ‘Palmeras en la nieve’. Yo tengo el honor de ser campeona absoluta de la carrera de sacos y la mujer de todo el Valle de Lierp con la cabeza más grande, medida por un psiquiatra experto en mediciones craneales. Palabra. Soy Premio Gran Angular y Premio Hache, pero dudo que llegue a ganar nada que supere a aquel premio estival a mi "cabezudismo".


  • Teo04/07/13 00:00
    Y que lo digas, Pepego. Y qhe clase de respuestas son las tres primeras? Total, para llegar a la tercera, donde nos enteramos de que el erano lo dedica a aprender y escribir por encima de sus posibilidades, y que suele veranear en Snatander.
  • Pepego04/07/13 00:00
    Que frase más irresponsable, tal Begoña !!!!! Díselo a los miles de Españoles que ya no pueden pasar esos dias de vacaciones que hacían antes, porque no pueden hacerlo debido a problemas económicos. Pero tú no caes en ello. Es verdad, la mitad de los españoles no tendrán nada qué decir en el otoño......... Aunque.......mejor estar callado que decir estupideces.


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