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Islas Baleares

Culto de raíz aragonesa en El Pilar de la Mola, el paraíso de Formentera

El pueblo más apartado de la pequeña de las Pitiusas, que fuera santuario del movimiento hippy de los 60, recibe su nombre de la patrona aragonesa.

Mercedes Penacho. Zaragoza Actualizada 06/09/2015 a las 10:16
Interior de la iglesia

Es la más pequeña de las Baleares, una isla de pureza y magia vista aún como destino remoto, al ser la más meridional del archipiélago y accesible solo por mar. Formentera cautiva en sus paisajes polvorientos, sus playa cristalinas, en su quietud y en la esencia rural que aún pervive pese al ajetreo de turistas que en verano multiplican su población local, de unos 12.000 habitantes. Un territorio de sol y sosiego vendido, no en vano, por el marketing como 'el último de los paraísos del Mediterráneo'.

En el punto más apartado de este territorio diminuto la nómina y la tradición religiosa es de raíz aragonesa. El Pilar de la Mola -'la muela'-, es el término poblacional que ocupa todo el alto de la isla, una zona amesetada que alcanza los 200 metros de altitud, y donde el movimiento hippy de los años 60 encontró su santuario para vivir sus ideales de paz y amor en connivencia con la naturaleza. Pero en la Mola, quien reza lo hace a la Virgen del Pilar, advocación que se remonta al siglo XVIII, cuando era obispo de la Diócesis de Ibiza y Formentera el aragonés Manuel Abad Lasierra.

Hasta el Pilar de la Mola se accede por la carretera general que atraviesa la isla, de 19 kilómetros. El término comienza a partir del pequeño enclave costero de Caló de San Agustí, en un ascenso serpenteante entre pinares que lamen los acantilados y que ofrece un punto de parada obligada para los visitantes: el Mirador. Atestado en temporada por las oleadas de italianos que paran a inmortalizarse en 'selfies' con el paraíso de telón de fondo, este es el punto en el que se abraza la isla en toda su belleza y fragilidad, donde se sobrevuela sobre su cinturón de playas y el litoral irregular y entrecortado de un territorio reducido -83 kilómetros cuadrados, unas 33 islas harían la comarca de Los Monegros-, salpicado de construcciones dispersas.

Ya en el alto de la meseta, entre viñedos, chumberas y los característicos linderos de piedra que cuadriculan la piel de la isla como rémoras del hacer tradicional, se llega el núcleo del Pilar de la Mola, una veintena de casas y comercios de artesanía que se extienden a ambos lados de la carretera. Al final del pueblo se encuentra la austera iglesia encalada de Nuestra Señora del Pilar. "Cuando se constituyeron las parroquias se quería dedicar una a la tradición mariana, y siendo obispo un aragonés se decidió que fuera a la Virgen del Pilar", explica Miguel Ángel Riera, párroco de la Mola desde hace siete años.

Una capilla dedicada a San Valero

La imagen de la Virgen del Pilar preside un templo sencillo de una sola nave cubierto con bóveda de cañón, coro y ocho pequeñas capillas laterales. "A veces viene gente de Zaragoza y le llama la atención el tamaño de la virgen, esta es mucho más grande que la del Pilar", comenta el párroco, que desde hace tiempo abriga la idea de que los formenteranos conozcan más de las tradiciones de raíz aragonesa.

"Me gustaría organizar un viaje hasta el Pilar y pasando por las ciudades por las que pasó San Valero", explica, pues también el obispo zaragozano tiene culto en la isla, donde lo tiene como patrón el colectivo de la tercera edad. A él está dedicada la capilla más antigua de la isla, levantada en el siglo XIV en el principal pueblo de Formentera, San Francisco Javier. La fértil tradición oral y de leyendas que abunda en la isla alimentó la idea de que laberínticos túneles subterráneos comunicaban esta capilla con una gruta a la que dio nombre, la Cueva de San Valero.

La iglesia del Pilar de la Mola se terminó de levantar en 1784 para dar respuesta a las necesidades espirituales de la población que se había asentado en el lugar con la repoblación de la isla por parte de familias ibicencas en el siglo XVII. "Cuando no había iglesia los habitantes de la Mola, a la hora de la misa en el llano, se aproximaban físicamente lo que podían, iban andando hasta el mirador y allí rezaban", explica Miguel Ángel Riera, otra muestra de que su situación ha hecho tradicionalmente de la Mola una especie de mundo aparte dentro de la isla.

Como en Zaragoza, en torno al 12 de octubre el Pilar de la Mola celebra sus fiestas patronales. El día grande se procesiona por las calles del pueblo con todos los santos y se sirve un vermú popular a base de licores y dulces típicos. En los últimos años el párroco apuntala una nueva costumbre, la de presentar ante la virgen el sábado anterior al Pilar a los niños nacidos en ese año en la isla.

A la procesión del día del Pilar ha repicado durante décadas Bartolomé Tur, uno de los más viejos del lugar. "Años atrás había procesión todos los meses", rememora el anciano, buen conocedor del devenir de la Mola al ser de los payeses que se aferraron a la isla y no emigraron de las miserias de la postguerra. "Yo aquí he sido de todo, fui el primero que puso viñas en la Mola, fui constructor y arquitecto, me hice mi propia casa, y hasta practicante sin tener ni idea de poner una inyección", bromea Tur sobre la dureza para prosperar en una tierra insular marcada por la escasez de agua. "Antes se iban a América a trabajar y luego de América vinieron aquí", dice Tur.
 

Bob Dylan, Pink Floyd y Julio Verne

El movimiento hippy de los 60, que llevó a la isla a numerosos jóvenes americanos que huían del reclutamiento de la guerra de Vietnam, encontró en la virginidad y en el aislamiento de Formentera el escenario balsámico para sus nuevos ideales de libertad. Entre el espectro de personajes místicos y creadores que pasaron por allí se encuentran miembros del grupo del llamado rock progresivo de los 70 King Crimson, autores del tema 'Formentera lady', y de Pink Floyd, banda que inmortalizó en la portada de su disco 'More' (1969) el viejo molino de trigo de la Mola, hoy rehabilitado con orgullo como muestra del patrimonio etnográfico .

También se cuenta que por la isla pasó Bob Dylan, teorías a veces discutidas al no haber documentos que lo corroboren. El anciano Bartolomé Tur, ahora ya menos activo en la vida parroquial, se mantiene aún como vigía de la virgen del Pilar desde el cercano porche de su casa, en el que ve discurrir las tardes ensimismado con el soniquete de las vespas que enfilan, una tras otra, hacia el otro gran reclamo de la zona, el Faro de la Mola.

Distinto del cinematográfico faro de Barbaria -fondo de la erótica e inquietante 'Lucía y el Sexo' de Medem-, este es un faro de bellos amaneceres al que llegan a ver el alba los que alargaron las felices noches de estío. Elevado en un imponente acantilado sobre la inmensidad del mar, esta torre marca el fin, el 'non plus ultra' de la isla por oriente, en el que también se inspiró Julio Verne para recrear su novela 'Héctor Servadac', como recuerda una placa.

El mercado de la Mola

El 12 de octubre, mucho más que la fiesta patronal, traza una línea imaginaria en el calendario 'molero', el del fin de la temporada, tras el que el que la Mola recuperará su leve latido natural hasta que vuelva el bullicio del siguiente verano. El del Pilar es siempre el último día que se celebra su popular mercadillo de artesanía que se empezó a organizar con los hippys de hace tres décadas, un muestrario de creatividad en el que abundan los iconos de la isla transformados en infinidad de recuerdos y joyas: las higueras que salpican el paisaje, la singular silueta de Formentera y la largartija pitiusa, reptil endémico de un llamativo verde intenso que se cruza a cada paso de la isla.

Dos días por semana, más de 50 artesanos ofrecen sus creaciones en este hervidero de arte y música en vivo al que se acercan visitantes de toda la isla, avivando la tranquilidad del enclave. "Después del mercado mucha gente se va, aquí quedamos muy pocos, pero el payés ya está acostumbrado", dice Mateo Marcial, artesano argentino afincado en la isla desde hace 15 años.

El silencio de Formentera propicia la creatividad, una calma que desnuda el alma e intensifica detalles y vivencias. "¿Cómo se vive aquí? Pues la isla te lo potencia todo", dice Marcial, vehemente. "Si vos venís fallando en algo malo, te lo potencia en malo, y si es bueno, te lo potencia en bueno", comenta. "Esta isla atrapa, esta isla te pica, y ¿quiere que le diga algo? - insiste, con ese acento argentino, arrastrado y engatusador-, a vos ya le picó".




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