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Vuelta a África

Una Navidad diferente

Los dos viajeros relatan un nuevo capítulo de su periplo africano. Ahora ponen rumbo a Lokichokio.

Álvaro Blanchard y Cristina Uriarte 31/12/2014 a las 06:00
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África es sin duda el continente más desconocido para el turismo, ya que sus infraestructuras no tienen los estándares a los que estamos acostumbrados (carreteras infernales donde el mínimo desplazamiento supone varias horas y hoteles donde cuesta encontrar un nivel de higiene decente que no sea a precios prohibitivos), pero una vez que aceptas esos inconvenientes y te decides a conocer las tripas de nuestro vecino del sur, las sorpresas se suceden y si no te importan esas “incomodidades” es un continente que te atrapa y te enamora.

Y una de las joyas que esconde Africa es sin duda Lalibela, la que llaman la Petra Africana. Resumiendo brevemente, Lalibela fue la capital que surgió tras la conquista del reino de Axum por los árabes. Para evitar pasar por las mismas vicisitudes que su antecesor, el rey Gebre Mesquel Lalibella, devoto cristiano que había peregrinado a Jerusalén, decidió construir en los estertores del siglo XII una réplica de la capital de la cristiandad que no fuera destruida por los infieles del norte. Por lo que en vez de construir iglesias que se erigieran hacia los cielos, las construyó al revés, empezó a tallar la roca, todo recto hacia abajo, y acabó edificando 11 iglesias que son sin duda una de las maravillas de la humanidad. La más grande tiene 36 metros de ancho por 15 de alto y es la iglesia excavada en la roca más grande del mundo. No han sido construidas a base de bloques o ladrillos, sino que son una pieza única, tallada con una paciencia y un arte inigualable. Las once iglesias que hay en la ciudad de Lalibella están repartidas en 3 grupos y representan lugares sagrados de Jerusalén y Belén, siendo la más famosa la de San Jorge, la más estética y última en construirse.

Nuestro guía afirmaba que 40 ángeles bajaban todas las noches de los cielos a ayudar al rey de Lalibella a construir las iglesias. Cuando yo le preguntaba que por qué no bajaban ahora para acabar de construir las carreteras etíopes, se partía de risa.

Sin duda Lalibella es como Varanasi en India, una ciudad repleta de ancianos (parece que todos los longevos etíopes se encuentran en esta localidad), al ser la ciudad más sagrada del país vienen aquí a pasar sus últimos momentos, y al entrar en las iglesias impresiona ver ancianos acurrucados en sus mantas en oscuros rincones, dando la impresión de que están más en el otro mundo que en este…

Nos da pena abandonar Lalibella, pero hemos quedado el día 21 con Angel, un misionero que nos va a enseñar el trabajo que están haciendo en una misión al sur del país. Al arrancar el coche, comprobamos que pierde algo de aceite. Vamos al mecánico local (un chico sordo, tremendamente sonriente y muy meticuloso en su trabajo) donde en 5 horas de trabajo nos desmonta el eje delantero para arreglar un problema de transmisión que arrastramos desde antes de comenzar el viaje. Su taller es un chamizo al aire libre, pero da gusto ver con que precisión desmonta las piezas y las limpia una a una, ayudado por su hijo de 11 años, tratando de hacerse entender acerca de la operación que está haciendo a nuestro “Ferdi”.

El viaje hacia el sur nos llevo tres largos días de 10 horas de conducción diarios. Abandonamos definitivamente el Nilo Azul y el segundo día, como no llegamos a la localidad del Nekemte, acampamos en un terreno ganado al bosque en una de las curvas de la montaña que atravesamosa a unas decenas de metros de la carretera. Una vez que hemos encendido el fuego y comenzamos a preparar la cena, nos alertamos al comprobar que unas linternas se aproximan a nosotros. Resulta ser una familia compuesta por padre, madre y tres hijos de unos 18, 14 y 8 años que regresan de las tareas del campo.

La comunicación es complicada, ya que no hablan inglés, pero el padre hace gestos desaprobatorios sobre nuestra acampada. Al final, se van él y su hijo mayor y pequeño y la hija y la madre se quedan atendiendo nuestro fuego. Nosotros no entendemos muy bien que pasa, y lo único que podemos hacer es ofrecerles unas galletas y algo de agua. Al cabo del rato, regresan los tres portando pesados troncos que meten en el fuego y se despiden de nosotros con grandes sonrisas. No sabemos muy bien si hay varias hienas merodeando por los alrededores o no veían bien que dos farangis durmieran a la intemperie, pero una vez más nos sorprende la amabilidad de estas gentes y como se preocupan de dos desconocidos. Al día siguiente, nos ponemos en ruta al alba, y a los pocos kilómetros nos encontramos al padre de la familia junto con el hijo mayor que regresan a sus quehaceres diarios. Nos saludan muy efusivamente y se despiden calurosamente de nosotros… Nos da que pensar, esta familia, que regresa de noche de trabajar y al alba ya están de nuevo en marcha, sin festivos, sin regalos de Navidad, sin cenas de empresa, pero que por el contrario se desviven por dos farangis cuya máquina de fotos tiene un valor mucho mayor de lo que toda la familia gana en un año de duro trabajo… ¡Cuánto nos queda por aprender!

Desde Jima llegamos a Mizan Tefari, la última población civilizada de este rincón de Etiopía… y siguen sin tener gasolina. Desde Lalibela nos hemos encontrado todas las estaciones de servicio desabastecidas. Afortunadamente aguantamos con nuestro segundo depósito hasta la pequeña población de Aman, donde nos llenamos hasta los topes y emprendemos el camino hacia el oeste del río Omo. Esta es una zona perdida, salvaje, donde tan solo algunos viajeros vienen para visitar los poblados de la etnia Surma, vecinos de los Mursi, y conocidos por llevar las mujeres un plato de arcilla incrustado en el labio inferior.

Poco antes de llegar a la localidad de Dima, vemos a una leona cruzando la carretera que se queda apostada entre las hierbas contemplándonos fijamente. Nos estábamos preguntando por qué ya no se ve a nadie paseando por la carretera y ahora entendemos el por qué. Pero nada más decir estas palabras y a escasos 200 metros de ver a la felina, nos cruzamos con 3 jóvenes que regresan de trabajar el campo. Les decimos que acabamos de ver a un león, pero solo nos entienden cuando les enseñamos la foto en la cámara. Los pobres de arrejuntan, sacan sus azagayas y estiran el cuello tratando de ver entre las altas hierbas. Ahí los dejamos, de regreso a su casa y me viene a la mente la frase del joven etíope que conocí en Jartum: La vida es un reto, y eso es algo que en Africa se vive cada día….

Dima es un pueblo duro, como sacado del salvaje oeste… Allí donde acaban las carreteras, una de esas localidades cul de sac, donde solo acuden busca-vidas o gente que quiere esconderse de la civilización… Nos alojamos en uno de los dos hoteles de la ciudad, el que tenía menor pinta de prostíbulo. Las habitaciones son de suelo de tierra y con camas conquistadas por una animada fauna autóctona y sábanas con más carisma que un diputado. El baño emplazado al final del patio donde campan a sus anchas varias cabras y un burro, es comunal y consiste en un apestoso agujero en la tierra al que accedes apartando una lámina de uralita que hace las veces de puerta. Cenamos una deliciosa injera y charlamos con Philippe, el simpático camarero que nos confiesa que trabaja todos los días de la semana por un sueldo de 300 birr al mes (12€) y sin ninguna esperanza de salir de ese agujero…. Sin duda uno de esos lugares duros, donde éramos los únicos blancos y todos te miraban con aire sospechoso.. Si estuviera en una película de Clint Eastwood, me calaría el sombrero y me ajustaría el colt 45 al cinto…

Pasamos una buena noche hasta que el gallo local le da por cantar su mejor repertorio a las 5 de la mañana. Tras el desayuno nos acercamos a la policía, ya que el padre Angel nos había comentado que solicitáramos escolta policíal, ya que los surma andaban revueltos… La policía nos dice que ellos no se encargan de este tema, que a las afueras del pueblo hay un control de la policía Surma, y que les peguntemos a ellos.

Allí que nos vamos, y se nos suben dos policías en nuestro coche. Solo tenemos 3 asientos, así que los dos se apretujan en el asiento del copiloto y Cristina se sienta en el tercer asiento, en la fila de atrás. Emprendemos la ruta de 2 horas que nos separan de Kibish, localidad donde ya acaba el dominio surma y tras la cual ya no hay problemas de seguridad, junto a 2 policías con sus respectivos kalasnikovs comprimidos en un solo asiento. Cuando llevamos media hora de viaje, se intercambian unas palabras entre ellos, amartillan sus ametralladoras, uno se sienta en el quicio de la ventana con el arma apuntando hacia la derecha, el otro la saca por mi ventanilla, apoyándome el cañón literalmente en el bigote, y me dice: speed, speed (velocidad, velocidad). En ese momento no sé qué latió más rápido, si mi corazón o los cilindros de nuestro Toyota. Creo que Carlos Sainz estaría orgulloso de cómo conducía a cien kilómetros por hora por esa pista del sur de Etiopía. Al cruzar un río, incluso uno de los policías me gritó para que fuera más rápido.

En una centésima de segundo miré por el retrovisor y alcancé a ver a Cristina que había conseguido encajarse en el piso del coche y se cubría la cabeza con las manos. Al cabo de unos 5 minutos (¿o fueron 2 horas?) el policía que estaba sentado en el quicio de la ventanilla y no sé cómo no se había caído en la carrera, se sentó en el coche y nos dijo que ya había pasado el peligro. Al cabo de unos días nos enteramos que los surma estaban decididos a recaudar fondos farangis e incluso habían disparado alcanzando en la mandíbula a la mujer del padre John, un misionero protestante que lleva trabajandi en la zona más de 20 años.

Llegamos a Kibish Surma, y llamamos desde allí al padre Angel. Quedamos 3 horas más tarde en el río Kibish, que dista 40 kilómetros de la localidad donde nos encontramos (una hora y media de viaje). Aprovechamos para tomarnos una merecida cerveza y pasear por la aldea surma, donde los hombres, todos altos y espigados, van desnudos y tan solo ataviados con mantas de cuadros verdes o azules, armados con una vara de madera y con pintura blanca decorando su cuerpo. Las mujeres llevan numerosas pulseras metálicas en brazos y tobillos y en edad adulta se hacen una incisión en el labio inferior donde en ocasiones especiales se colocan un plato de arcilla de cada vez mayores dimensiones. En los días de diario, el labio les cuelga desagradablemente de la boca.

Tras casi dos horas de viaje, llegamos 20 minutos tarde a nuestra cita con el padre Angel. El lugar es idílico, tan solo se oye el rumor del río mientras varios babuinos cruzan chapoteando el río Kibish bajo la atenta mirada de un cocodrilo. Como queda poco tiempo para el atardecer, salimos al encuentro de Angel, al que nos cruzamos a la media hora (es el único coche que vemos en lo que llevamos de día).

El padre Angel resulta ser un chaval de 39 años, barba descuidada, pelo rubio rizado y profundos ojos azules. Viene acompañado de dos ayudantes y un escolta armado con un rifle para defenderse de los numerosos leones que vagan por la zona. Nos saludamos y emprendemos viaje a la misión que acaban de construir en Kakuta, en la zona de Nyangaton, al oeste del río Omo, donde ni el propio gobierno etíope se ha acercado nunca. Y es que esta zona remota, perdida, entre las fronteras de Sudán del Sur, Etiopía y Kenia es uno de esos rincones perdidos del planeta, desérticos, aislados, sin recursos minerales ni naturales, donde tan solo unas pocas tribus nómadas (en este caso los Nyangaton) luchan por sobrevivir y defenderse de los ataques de las belicosas tribus vecinas.

Angel nos cuenta que a los 19 años viajó por primera vez al lago Turkana, en Kenia y vio lo que la comunidad de San Pablo Apóstol estaba haciendo por sus gentes. Y desde entonces regresó los veranos hasta que decidió quedarse permanentemente, ordenándose sacerdote hace unos pocos años. Ahora están empezando una nueva misión en territorio etíope, a 150 km al norte de la misión principal (en Kenia). El día que llegamos acaban de instalarse una ducha (un bidón con una alcachofa manual) y la misión era todavía una tienda de campaña en medio de un cercado de ramas de acacia para guarecerse de los animales salvajes y con una letrina en una esquina.

Nos contó que lo primero que habían hecho era construir 3 pozos de agua con la ayuda de un zahorí congoleño extrayendo agua a más de 80 metros de profundidad, y lo siguiente será una guardería (para asegurarse que los niños coman al menos una vez al dia) y cuando tengan más fondos un ambulatorio, ya que esta gente tiene el hospital más cercano a más de una semana de viaje a pie (nadie tiene automóvil y no existe el transporte público en este lugar perdido del mundo). De hecho, el padre Angel, con la ayuda de un libro titulado Where is no doctor (Donde no hay médicos) trata de dar atender en la medida de lo posible a las personas que cada día se agolpan en la puerta de su misión en busca de un remedio para sus dolencias.

Pasamos 3 días visitando la zona y el trabajo que hace Angel (y salvo el nuestro y el de Angel, no vemos ni un solo vehículo a motor) La capital de la zona, Kangaten, es una aldea polvorienta donde tan solo funcionan un par de generadores para enfriar las cervezas del restaurante del pueblo, un lugar que parece la cantina de los estudios universales de Hollywood: en una mesa hay unos militares con los rifles apoyados en la silla comiendo injera con carne cruda, en la otra unas mujeres nyangaton, desnudas de cintura para arriba y con un centenar de collares al cuello, en la otra unos trabajadores chinos del puente que están construyendo sobre el rio Omo, y en otra un misionero español con dos turistas despistados.

El día 24 cogemos los coches para viajar a la misión principal, en territorio Keniano, no sin antes luchar desesperadamente más de una hora para sacar nuestro coche de la arena a 39 grados, sin una sola sombra donde guarecerse y con un ojo en la nuca vigilando que no se acercara algún león buscando la cena de Nochebuena.

No existe puesto fronterizo entre Etiopía y Kenia al oeste del río Omo y el lago Turkana, por lo que entramos de ilegales al país. Ya sellaríamos nuestro pasaporte en Lokichokio, fronterizo con Sudán del Sur, donde hay un puesto de inmigración. Pasamos 4 días junto a Angel y el padre David, de la misma edad que Angel. David, al igual que Angel, es también alegre, de charla fácil, lenguaje coloquial y cercano, totalmente alejado del estereotipo de sacerdote que podemos tener en la cabeza. El día de Navidad, quisimos acompañar a Angel a la misa que daba en una aldea Turkana. Se celebraba en una pequeña iglesia a una hora en coche de la misión principal.

El sencillo edificio se encontraba a rebosar de mujeres turkanas ataviadas con numerosos collares y coloridos kangas (telas estampadas) y de jóvenes y ancianos de la aldea. La misa fue curiosa, diferente, divertida, más musical, más alegre y vivida que las misas que conocemos, donde Angel finalizó la ceremonia saltando y cantando junto a sus feligreses.

La comunidad de San Pablo está compuesta por una decena de jóvenes españoles, otra media decena de alemanes, 3 chicas mejicanas y el resto etíopes y kenianos. Llevan 30 años desde que el padre Paco, fallecido el año pasado, decidió construir una misión en uno de los lugares más abandonados del planeta, quemado por el sol y barrido por el desierto, a orillas del lago Turkana. Desde entonces han construido entre el norte de Kenia y el sur de Sudán del Sur y Etiopía, centenares de pozos de agua, presas, escuelas, dispensarios y han contribuido a elevar notablemente la calidad de vida de estas gentes, que ya no tienen que andar 2 o 3 horas diarias para ir a buscar algo tan basico para vivir como el agua. Angel y David, con los que más tiempo hemos compartido, son alegres, amantes de la música rock y de charla coloquial y han decidido dejar una vida fácil en España por ayudar a los olvidados de este mundo. Apenas celebramos la Navidad.

Una pequeña obra de teatro donde nos echamos unas buenas risas, un poco de arroz y unos frijoles acompañados de estofado de camello (llegamos tarde para el pan con tomate) y unas cervecitas frías bajo las estrellas. Lejos quedan las luces de neón y las tiendas abarrotadas. La Navidad a orillas del lago Turkana tiene sin duda otro color.

Es sin duda una Navidad diferente. Sin cenas con amigos, sin copas hasta la saciedad, sin comida desbordante. Aquí estamos a 40 grados (refresca hasta los 33 por la noche), con gente de la etnia turkana, andando descalzos, medio desnudos, portando pesados bidones amarillos acarreando agua y pastoreando unas pocas cabras como toda pertenencia. Angel, David y compañía no conocen fines de semana (aquí todos los días son iguales) se preocupan por la gente que se acerca a ellos a pedirles ayuda, consejo, alejados del confort de nuestra vida moderna, tan solo con el firme propósito de ayudar…. Para que os hagáis una idea, un pozo de agua cuesta 15.000 €. Acaban de construir una escuela de primaria con fondos recaudados entre un grupo de personas de Zaragoza, y todo lo que reciban será bien recibido, ya que aún queda mucho por hacer… Así que si esta Nochevieja decides no tomarte esa última copa y quieres colaborar con estos proyectos que desarrollan Angel y compañía en el Turkana, puedes realizar una aportación a través de su fundación Emalaikat (www.fundacionemalaikat.es) o directamente en la cuenta FUNDACION EMALAIKAT 0182-2012-98-0201528472. Sin duda los niños turkana os lo agradecerán.

Ayer abandonamos la misión de Nariokotome y hemos puesto rumbo a Lokichokio, donde hay una oficina de inmigración donde sellar nuestro pasaporte de entrada a Kenia. Y de allí, nuestra intención es ir a Uganda donde pasaremos el año nuevo.. ¡Ya veremos donde nos toca! Aquí, las fiestas navideñas, se viven de forma diferente….







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