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A pleno sol

Lee Miller

Fue una de las mujeres más bellas, sofisticadas y enigmáticas de su tiempo. Parecía una escultura griega. Amó a Man Ray y a Picasso. Un día decidió documentar el horror del nazismo. 
Estaba, con su cámara al hombro, en la liberación de París hace 70 años

Antón Castro 28/08/2014 a las 06:00
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Un retrato de Lee Miller, con bañador largo, en los años 30.Man Ray

El poeta Rainer Maria Rilke, un gran amante del amor y de las mujeres, escribió en las ‘Elegías de Duino’ que "la belleza es el principio de lo terrible", y añadía que "todo ángel es terrible". Esos versos se adaptarían bien a Elizabeth Lee Miller (Poughkeepsie, Nueva York, 1907- Sussex, 1977), una de esas mujeres que parecen haber vivido varias vidas en un cuerpo ideal que hacía volver la vista a quien pasaba a su lado. Era alta, juncal, de cabello dorado, ojos claros y de una elegancia intemporal  y perfil griego, clásica y moderna a un tiempo. 

En su infancia, durante una visita a la casa de su mejor amiga, sufrió una agresión sexual con apenas siete u ocho años que le dejó un rastro psicológico profundo y una gonorrea. Cuando reveló la violación de un adulto (quizá fuese un marino), los médicos le aconsejaron a su padre, el ingeniero mecánico Theodore Miller, que le hiciera fotos desnuda para asumir con naturalidad su cuerpo humillado. Extraña terapia parece, para así consta en varias biografías.

Poco más tarde, la familia visitó París y la joven, de apenas 17 años, se quedó encantada. París era como soñaba y como le habían contado. Un desafío para los ojos y para la imaginación. Quiso quedarse e intentó hacer arte dramático: un profesor, ya maduro, se enamoró de ella. Vivieron un tiempo como amantes, como Pigmalión y su musa. Sus padres se enteraron y la reclamaron. Regresó a Estados Unidos. El azar, como le iba a ocurrir casi siempre, corrió a su lado: un día, en Manhattan, Condé Nast, editor de revistas como ‘Vogue’ o ‘Vanity Fair’, la vio pasear por la calle. Era como un cisne entre la multitud. Se acercó y le ofreció posar para la revista. La retratarían algunos de los grandes maestros de la fotografía como Edward Steichen –con él hizo un escandaloso anuncio de compresas y fueron fugaces amantes-, Nickolas Muray o George Hoyningen-Huene, entre otros. Era radiante, sutil, de una hermosura incomparable. 

Fatigada, se marchó a París y decidió visitar el estudio de Man Ray, un norteamericano talentoso y surrealista. Sabía que él, huraño en apariencia, no aceptaba ayudantes ni aprendices. Ella, segura de sí misma, de su atracción y de su personalidad, le dijo: "A partir de hoy seré su alumna". Su alumna, su compañera de estudio (por un error, sería Lee Miller quien descubriese la solarización) y su amante. El surrealismo estaba en boga y con él diversas corrientes de vanguardia. Lee Miller, bellísima como una diosa enigmática de pequeños pechos (que sirvieron de modelo para una copa de champán), amó a Ray. Fueron tres años intensos de erotismo, de colaboración, de tensión y de muchos amigos, entre ellos Jean Cocteau, que le dio un papel en ‘La sangre de un poeta’. Man Ray la retrató en multitud de ocasiones, casi centímetro a centímetro. Esos tres años, entre 1929 y 1932, encarnan la impulsiva relación del artista y la modelo. Para entonces, Lee ya se consideraba fotógrafa. Hacía muy bien su trabajo: el retrato sobre todo. 

Abrió un estudio en París y luego en Nueva York, aunque la capital del Sena siempre le atraería. Era la ciudad de la creación, de la bohemia y de la búsqueda de respuestas a su dolor. La promiscuidad fue uno de sus rasgos, o quizá una necesidad, y puso distancia por medio porque Man Ray era muy celoso. Con la ayuda de Lawrence Durrell, el autor del ‘Cuarteto de Alejandría’, se marchó a El Cairo y allí conoció al millonario Aziz Eloui Bey, que se convertiría en su primer marido. En apariencia lo tenía todo: el lujo, las fiestas nocturnas, expediciones por el desierto, cacerías de serpientes, pero no era feliz. Algún tiempo después volvió a París. 

Por entonces, conoció al artista e historiador Roland Penrose, que se convertirá en su segundo marido, tras la II Guerra Mundial. Será ahí, en ese lapso tan importante para la historia, cuando ella adquiera gran protagonismo. Registró el eco de la contienda desde Londres, tras los bombardeos de los nazis, para revistas como ‘Vogue’. Y, cuando el ejército norteamericano entró en guerra con los aliados, logró incorporarse como corresponsal, en compañía de un nuevo amante, el fotógrafo David E. Scherman, y recorrió distintos lugares del frente: acudió a los hospitales de campaña, estuvo en la casa de Eva Braum y la de Hitler (se acostó en la cama de la pareja y se da un baño en su bañera; fotos que parecieron frívolas), visitó algunos campos de concentración como el de Dachau y contempló numerosas instantáneas del horror. Era consciente de que lo que documentaba su objetivo era cruel e insoportable. Por eso ponía, casi a modo de pie de foto general, una palabra: "Créanlo". Se integró en la 45 División de Infantería del Séptimo Ejército de los Estados Unidos y asistió, con su traje de militar, a la liberación de París el 25 de agosto de 1944, hace ahora 70 años. Nunca sería la misma.

Penrose y Miller se casaron y compraron una granja en East Sussex en 1949. La relación transcurrió entre soledades y naufragios (ahora el veleidoso era él, según se dice), a pesar de la llegada de su hijo Antony. En el desván de la casa, Lee guardó sus cámaras y sus negativos en cajas de cartón. Fue víctima del alcohol y de algún que otro desorden mental. Encontró algo de alivio en la gastronomía: dicen que se convirtió en una estupenda cocinera. Murió de cáncer en 1977. Marc Lambron la llamó ‘El ojo del silencio’ (Circe, 1996. Traducción de Juan Abeleira) en una biografía novelada. En ese momento, ya era un emblema del siglo XX y un icono de la belleza.








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