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Arte

Pilar Fatás: "Las pinturas rupestres, como las de Altamira, también tienen memoria"

​Tras 15 años trabajando en el museo cántabro, la especialista zaragozana llega a la dirección del centro pensando en
continuar las líneas de trabajo ya emprendidas.

Mariano García Actualizada 24/09/2016 a las 14:39
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Fatás, el 15 de julio pasado en Santander, cuando se anunció su nuevo cargo.Pedro Puente Hoyos/Efe

Pilar Fatás (Zaragoza, 1971), es desde hace días la nueva directora del Museo de Altamira. Sucede en el cargo a otro aragonés, José Antonio Lasheras, que dirigió el centro durante 25 años y que falleció hace meses en accidente de tráfico. Fatás trabajó codo con codo con él.

¿En qué situación se encuentra Altamira?

Las pinturas están bajo permanente observación. Tenemos un plan de conservación preventiva y hacemos un seguimiento diario. Y esto nos permite tomar decisiones con rapidez antes de que aparezcan los riesgos. El arte rupestre de Altamira es muy frágil y tiene que estar permanentemente monitorizado. Hay expertos de la Universidad de Cantabria atentos a la situación de la cueva y las pinturas. Se vigilan los niveles de humedad, temperatura, radón... se analiza la contaminación atmosférica y se siguen sus efectos.

La cueva ha sufrido mucho en el siglo XX, más que en cualquier otro periodo.

Sin duda. Hay que tener en cuenta, además, que la cueva es frágil: primero porque geológicamente es muy antigua; y, segundo, porque durante la primera mitad del siglo XX se realizaron algunas modificaciones en ella, tanto para darle estabilidad como para acondicionarla para su visita. A partir de los años 50 del siglo pasado se convirtió en uno de los sitios y monumentos culturales más populares de España, con más de 170.000 visitantes anuales. Eso puso en riesgo las pinturas y los efectos de aquello los estamos viendo aún ahora. Cuando en 1979 se empezaron a controlar las visitas se recuperaron las pinturas, que ya habían sufrido algunos deterioros de coloración. Habían aparecido velos blanquinosos encima de algunas. Las pinturas rupestres, como las de Altamira, también tienen memoria.

La réplica era algo ineludible.

En realidad, la réplica en sí no aporta nada a la conservación del arte rupestre de Altamira, lo que hace, y ya es importante, es satisfacer el interés del público por contemplar la cueva. La original la recorren ahora 5 personas cada viernes, después de hacer un sorteo entre los visitantes. En total, unas 220-225 personas al año.

¿Son pocas, o muchas?

No hay una respuesta rotunda a esa pregunta. Es un límite muy bajo, lo reconozco, pero es el más adecuado para la situación en la que se encuentran las pinturas. Ahora mismo no apostaríamos por una ampliación de la cuota, que no es arbitraria. El número viene dado por un riguroso estudio científico, y cualquier cambio que se haga tiene que basarse, también, en criterios científicos.

¿En qué puede cambiar el museo de Altamira?

En muchas cosas. Hay varias líneas de trabajo en marcha. La principal quizá sea la renovación de la exposición permanente. El museo lleva abierto 15 años y creemos que ya ha llegado la hora de actualizar su discurso museográfico. El museo es un recurso cultural de éxito, recibe unas 250.000 visitas al año, pero no podemos quedarnos ahí.

¿Está todo dicho de Altamira?

En absoluto. Estamos trabajando aún en la mejora del conocimiento que tenemos, tanto del sitio en sí como del arte rupestre. La situación económica es la que es, e impide desarrollar programas in situ que sean muy ambiciosos, pero se sigue trabajando. Cuando yo me jubile, habrá todavía cosas por estudiar.

¿Cómo se explica Altamira?

El norte de la Península Ibérica y el sur de Francia es la zona geográfica donde explotó el arte rupestre del Paleolítico. Quizá las pinturas de Altamira podrían haber surgido igualmente en otra cueva a 100 kilómetros de distancia, pero el caso es que están allí, y que destacan por su calidad estética y por su excelencia. Son únicas.

¿Cuántas manos trabajaron en ellas?

Obviamente, muchas, porque estamos hablando de pinturas realizadas a lo largo de un periodo amplio, de 20.000 años. Las más antiguas son de hace 35.000 y las más modernas de unos 12.000 o 13.000 años atrás. Esa es una de las excepcionalidades de Altamira. Si nos centramos en los elementos más conocidos, los bisontes polícromos, es muy posible que sean de un mismo momento y, por qué no, de una misma mano.

Para los artistas contemporáneos, la cueva tiene un atractivo especial.

Han sido muchos los que la han visitado y han visto allí sus ancestros artísticos: Joan Miró, Antonio López, Miquel Barceló... han encontrado vínculos emocionales con las pinturas y se han enfrentado a ellas de tú a tú. En cierta manera se ven y se reconocen en esos primeros artistas.

¿Qué interpretación hay que darles?

Interpretar el arte rupestre es complicado, y quizá nunca lleguemos a estar absolutamente seguros del objetivo que perseguían aquellos hombres al pintar los animales, los signos abstractos o las manos. Lo que decimos es que detrás del arte paleolítico hay ideas, que esas pinturas son la expresión lógica de las ideas de la gente que las hizo. Siempre trabajamos con hipótesis: hay muchas interpretaciones y son solo eso. Interpretaciones.

 







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