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Entrevista

Luis Mateo Díez: “La Europa de ahora mismo es el espejo de su propia degradación”

El escritor leonés participó este miércoles en el ciclo Conversaciones con el autor, en la DPZ.

P. Zapater. Zaragoza 17/03/2016 a las 06:00
Luis Mateo DíezP. Z.


El escritor y académico de la RAE Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) participó este miércoles en una nueva sesión del IV ciclo literario Conversaciones con el autor, organizado por la Diputación Provincial de Zaragoza. El autor de 'La fuente de la edad', 'La ruina del cielo', 'El reino de Celama' o 'La soledad de los perdidos' prepara la publicación de 'Vicisitudes', una nueva novela que verá la luz en 2017.

En su literatura mezcla la imaginación con lo propio, lo vivido, el “inventario biográfico”. Como usted define: “La vida es la materia de la novela”...
Todos tenemos un poco la sensación de que la novela nació como un correlato de la vida. Si de alguna forma la vida tenía que expresarse narrativamente, tal vez lo que más se acomodaba era la novela. La tradicional idea stendhaliana del espejo en el camino creo que define muy bien lo que es la novela, que da fe de la vida y a la vez la recrea y transforma en ficción. Se me hace difícil pensar en otro compromiso que no sea novela y vida. Escribir novelas es contar la vida.

Para contar una historia, para ser escritor, además de esos ingredientes ¿qué mas hace falta?

La parte sustancial es una mirada peculiar. Hay seres humanos que nacen con una mirada que se transforma en materia narrativa, que se diluye en las palabras que cuenta. Puede ser aséptica, inocua o fría, nutrida por la imaginación, que transmite desde lo que ve lo que puede o no puede ser, lo que se inventa, la ocurrencia de algo que se conecta de una manera muy natural con la memoria. Sería ese desván personal que todos tenemos donde se ha acumulado el patrimonio de lo que se ha vivido. Estoy muy de acuerdo con esa frase clásica que dice que “la imaginación no es otra cosa que la memoria fermentada”.

La vida, ¿también se vive contándola?
Es el riesgo que existe cuando uno se da cuenta de una forma un tanto contradictoria y un poco precaria de que le interesa más la vida que cuenta que la que vive. Esa disyuntiva crucial es un fruto enorme de novelistas que tienen vendida la vida a la ficción. Es un problema de vitalidad, no de vitalidad reducida, sino de vitalistas. Uno es tan extremadamente vitalista que sin llegar a la categoría de vividor ve que lo que da de sí la realidad y lo que le toca vivir no es suficiente, y tiene que inventar. Esa invención tiene desde luego unos elementos de placer extremos. Pienso que en la novela y en las ficciones, no solo en las literarias, es lo que hermana también muy intensamente al lector con el que crea. Escribir es una pasión a veces un poco desordenada y es más fácil venderle el alma el diablo al escribir que al leer. En un momento concreto de mi vida lo hice y ahora el diablo ya no me da alternativas.


La soledad del escritor, aunque rodeado de sus personajes, ¿es un mito?
Es una idea romántica, muy bonita de contar porque el escritor, cuando tiene que contar qué le pasa y por qué lo hace, tiene una propensión un poco mitificadora de dar avales de la dignidad de serlo. Y entonces se inventan muchas cosas. Soy un contador de historias pero una parte crucial de ellas son los personajes que me acompañan. Es verdad que eso es un gran aliciente. Pero ese aliciente, más que en la soledad, está en el reconocimiento que te hacen desde fuera. En eso yo he tenido mucha suerte desde una novela muy antigua que era 'La fuente de la edad', de ser, diríamos, un escritor al que mucha gente reconoce por sus personajes.

Comenzó escribiendo poesía pero nunca volvió a ella desde que abordó la narrativa...
Siempre fui un narrador. No daba más de sí. Pero en un momento concreto de mi vida, por este encuentro que uno tiene con los amigos, una serie de malos amigos que tuve, que son al final a los que más agradecido puedes estar, me llevaron a donde no debía. Ellos eran poetas, creo que alguno hasta poetastro, y me hicieron ver un mundo en el que empecé a escribir poesía siempre con una sensación de haber ido donde no debía. Era como un narrador poético y un poeta narrativo que derivaba en poetastro. A la poesía le tengo mucho respeto, es el grado límite de la expresión literaria. De los grandes poetas es de los que nos alimentamos todos los que escribimos. Hay una diferencia tan abismal entre los grandes, los medianos y los menores en poesía... es terrible. En narrativa, todavía te puedes bandear un poco. Una novela que funciona es una novela honorable; un poeta que solo es mediano es desastroso porque los grandes son demasiado grandes. ¿Con quién te comparas?

Ha afirmado que “El español es un música con muchas melodías”, aunque tiene algunas voces disonantes…
Seguro que no la inventé yo porque la frase es tan buena que no me puede pertenecer (risas). Lo importante, y la RAE ha hecho ahí una importantísima labor, es orquestar una conciencia común. Desde esa conciencia común, sabemos que nos pertenece a todos y que suena con melodías muy variopintas que contribuyen a enriquecerla. Este contraste de la viveza, la riqueza y la fascinación del español lo ves cuando viajas por América. Es verdaderamente maravilloso cómo suena el español en rincones donde te puedes sentir totalmente concernido, como si hubiera explosiones de descubrimiento, como si las frases que dice la gente en la calle tuvieran esa expresividad y ese colorido. No creo que esto ocurra en otras lenguas de esta manera tan peculiar. Eso es el español. Limitarlo sería el colmo.

¿Qué opina del periodismo en Internet, donde se emplea un lenguaje apresurado y abundan las erratas?
No sé si las nuevas tecnologías han perjudicado al periodismo pero sí lo han sitiado demasiado. A mí me parece un género narrativo extraordinario. Parece que la tecnología está por encima del uso por eso, por la urgencia, por la celeridad... A veces uno echa en falta ese viejo periodismo de indagación, de reflexión, de gran reportaje cuidado en el que parece que había un grado de conocimiento de las cosas mucho más hondo y profundo.

Lo de la celeridad no solo afecta a los medios digitales. Un ejemplo reciente ocurrió durante la retransmisión televisiva del Congreso Internacional de la Lengua Española, en la que apareció sobreimpresa una errata real: 'Su Magestad'.
Fue una cosa divertida, penosa pero divertida. Si estuviera vivo García Márquez diría: “¿Veis como era verdad lo que yo decía? Se lee lo mismo con la g que con la j”. Era muy destructivo para la ortografía (risas). Lo que está claro es que hay que luchar un poco por favorecer el grado límite de la expresividad y de la conciencia de ser dueño de una lengua que hay que usar bien. Es un patrimonio enorme.

¿A usted le asusta el empleo de las nuevas tecnologías?
Hay que saber usarlas. Proporcionan armas muy buenas. Escribía mis novelas a máquina y cuando llegaron los ordenadores encontré un alivio enorme para dejar de teclear y andar con un típex enguarreciendo el folio.

Ocupa el sillón I, el mismo que Santiago Ramón y Cajal, aunque él nunca tomó posesión. ¿Por qué?
No lo sé exactamente. Ramón y Cajal es el gran personaje del siglo XX. Cuando te nombran académico tienes que hacer el discurso de ingreso para tomar posesión y eso ha acarreado a veces problemas con algunos miembros que lo han ido dejando, ha pasado el tiempo y se han muerto. No creo que hubiera problema de ningún tipo con Ramón y Cajal. No le pasó lo que a otros a los que les sobrevino el franquismo. Hubo académicos que quedaron en el trance de estar ya nombrados y leer el discurso y tener que irse al exilio. Ahí, la Academia fue muy exquisita, aunque hubo presiones por parte del Gobierno para que todos esos académicos quedaran borrados. La RAE dijo no. Es el caso de Salvador de Madariaga, que leyó su discurso de ingreso 48 años después de haber sido nombrado, cuando volvió del exilio.

La situación actual de los refugiados que tratan de llegar a Europa, ¿entronca de alguna manera con su novela ‘La soledad de los perdidos’?
Hasta en su título. Luego tiene muchos elementos simbólicos, un poco de los destinos, de extravío, de la gente que ha sufrido el oscurantismo, la extranjería en la vida por circunstancias políticas, personales... en fin, por sucesos variados. Este camino de predicción desde luego que tiene un reflejo simbólico en mis novelas. Muchas se pueden leer con una lente actual para ir a un mundo extraño donde pretendo escribir fábulas que tengan tal vez un sentido más eterno, más sin límites. Vivimos en un mundo donde la condición de perdido, de extraviado, de dejado de la mano de Dios, de que no haya una solidaridad que te acoja es uno de los elementos cruciales de un mundo precisamente tan informado y tan cohesionado.

Estamos mirando para otro lado.
Este espectáculo es lo que somos: la Europa de ahora mismo, llena de tantas cosas interesantes e importantes y a la que todos contribuimos, es a la vez el espejo de su propia degradación. La realidad de los países ajenos que están en otro punto quedan en la soledad de su perdición, abandonados, excluidos... Debiéramos tomar conciencia de que esta es la preocupación que tendríamos que tener, y más en nuestro país. Qué nos preocupa: el paro, que deja a mucha gente perdida; y la insolidaridad de hacerte un poco a un tipo de vida egoísta, de refugiado interior y de ver que ahí fuera están esos dramas. Es terrible que un país tenga más preocupación por buscar identidades que reafirmen quién eres, tu nacionalidad, tu sentido romántico y eximio de las cosas, que por lo que sucede ahí fuera, que es como un residuo o un desperdicio de esto en lo que vivimos.

España, en la actualidad, ¿difiere mucho de cómo la retrató Cervantes hace 400 años?
Leer a Cervantes, que es el más grande de todos, leer el Quijote, acercarte un poco a su destino personal y a tantas aventuras desgraciadas es inquietante. La grandeza de Cervantes es la belleza de sus fábulas, el monumento lingüístico que construye verbalmente, ese mundo que sobrepasa los siglos, lo inquietante que sigue siendo y lo moderno que es en las inquietudes que te puede provocar. Es como Shakespeare. Los clásicos eternos nos conciernen de una manera poderosa, y una parte crucial de lo que nos transmiten y lo que nos cuentan tiene ahora un tipo de evaluación y de emoción inquietante y sí, ahí hay algo profundo de lo que somos. Es un espejo fascinante y terrible.







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