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opinión

Aragón, Cataluña, Valencia

Para mantener su desarrollo y su liderazgo económicos, Cataluña necesitará llevar inversiones productivas a las comunidades limítrofes, como Aragón y Valencia.

José Ramón Lasuén Sancho 09/01/2018 a las 05:00

Cataluña sufre tentaciones independentistas heredadas, muy asentadas, como han mostrado las recientes elecciones autonómicas, que están empeorando, y pueden hacerlo aún más, su comportamiento económico con las regiones vecinas, Aragón y Valencia. Ello se debe a la anómala conjunción en el secesionismo catalán de sus otrora antagónicas sociedades burguesa y campesina. Y, consiguientemente, de los partidos políticos de derecha y de izquierda que históricamente han creado esas sociedades. La sorprendente coalición de los autonomistas y los independentistas, tras la Transición, se ha consolidado, no solo por su culpa sino, sobre todo, a causa de la mala gestión de los gobiernos liberal-conservadores y socialistas españoles. Los cuales, para obtener el apoyo electoral del catalanismo en las elecciones nacionales, les han dejado gestionar su comunidad sin apenas limitaciones. Más aún, intercambiando competencias excesivas a cambio de su apoyo al gobierno nacional resultante.

Una vez controlado improvisadamente el primer brote separatista, ingenuo e irresponsable, cabe esperar que el proceso se modere y racionalice. Sobre todo si los partidos constitucionalistas colaboran entre sí. Pero no es probable que disminuya pronto, como en Madrid aún se confía en que ocurra. De hecho, la constatación reciente por parte de la burguesía catalana de que, debido a la protección que ofrecen los servicios de bienestar y de seguridad social actuales, las grandes crisis económicas, como la última sufrida, no generan ya el anarquismo violento de hace tres cuartos de siglo, es muy probable que hoy la alianza de independentistas y regionalistas de izquierda y de derecha no se derrumbe, como sucedió al principio del siglo XX, sino que se mantenga inalterada. Con tensiones internas, por supuesto, y con el fin de impedir que los partidos ‘españolistas’ gobiernen en la comunidad autónoma.

Ello mantendrá una constante, pero más contenida, emigración de las empresas catalanas, porque la burguesía regionalista tratará de minimizar el coste que sus aventuras políticas vayan a tener para sus fortunas. Se tratará, por ello, no de la marcha de empresas existentes, como hasta ahora, y no solo de sus directivos y con fines únicamente sociales o fiscales. Lo que veremos serán proyectos de ampliación o de creación de nuevas actividades productivas en las comunidades autónomas circunvecinas donde existan factores de producción, especialmente de trabajo cualificado no inmigrante, pero cuyo voto no altere su ‘statu quo’ político, y que posean espacios bien comunicados, suministros, residencias, etcétera de calidad y a bajo coste.

Macroeconómicamente, Aragón y Valencia pueden cumplir esos requisitos. Además de ser limítrofes, envolventes, del Principado, son sus mayores importadores, absolutos y netos. Como es sabido, Aragón es el mejor cliente de Cataluña, no solo nacional sino mundialmente; mayor que Francia. Y Valencia, el segundo nacional. Son también sus mayores importadores netos. Entre estas dos comunidades autónomas comprarán este año cerca del 45% de las ventas que hará Cataluña al resto de España; y le venderán aproximadamente el 40% del total de sus compras, según las cifras previsibles, redondeadas para ilustrar en grandes rasgos el análisis.

El déficit, que es lo que se divulga, es un porcentaje pequeño, el 5%, pero que oculta una magnitud crítica, que no se destaca como merece: como Cataluña vende últimamente al resto de España un poco más del doble de lo que compra de ella, en cifras redondas en torno a 43.000 millones de euros en 2017, el superávit de Cataluña con el resto de España será del orden de 19.000 millones de euros. Pues bien, alrededor del 50% de los mismos, 10.000 millones probablemente, serán la suma de sus superávits con Aragón, 7.000 millones, y con Valencia, 3.000 millones de euros. Dicho brevemente, casi la mitad de su saldo comercial positivo con el resto de España lo obtendrá Cataluña, como en años previos, de sus dos comunidades contiguas.

Lo que para ella es básico, porque el comercio exterior catalán, aunque es el mayor de las autonomías españolas y significa el 25% del total nacional, es deficitario en alrededor de un 20%; es decir, en torno a 13.000 millones de euros anuales aproximadamente. Déficit que normalmente se compensa gracias al superávit doméstico, los 19.000 millones citados. Es decir, gracias a Valencia, a la que Cataluña vende casi tanto como a Italia, y, especialmente, gracias a Aragón, porque el superávit comercial de Cataluña con Aragón, mayor que el que tiene con Francia, alrededor de 10.000 millones de euros, le permite financiar cerca de la mitad de su déficit internacional.

Puede afirmarse, por ello, que el comercio interno dentro de la parte continental de la antigua Corona de Aragón ha servido y sirve para financiar la necesaria expansión comercial internacional catalana y española. Y que no puede seguir haciéndolo indefinidamente en la magnitud necesaria si Aragón y Valencia no aumentan sus exportaciones a Cataluña o reducen las importaciones desde la misma. Eso es lo que debería haberse hecho en Aragón y en Valencia con las importaciones catalanas menos competitivas: sustituirlas con producciones locales. Que normalmente habrían de haber iniciado los propios productores originarios catalanes, de la misma forma que la mayor producción automovilística en el mundo la han hecho inicialmente las empresas de Detroit.

No se hizo así, por torpeza de todos. Ahora hay un nuevo factor del cual se pueden aprovechar las dos partes. Los empresarios catalanes deben invertir, como salvaguarda política, fuera de Cataluña. Y tanto Valencia como Aragón deben facilitarles que lo hagan en beneficio de ellos mismos y de todo el país.

En otros artículos, he apuntado qué medidas deberían poner en práctica Aragón y Valencia para cumplir ese papel de destino de las inversiones que Cataluña precise realizar fuera de su propia tierra. Obviamente, no es necesario justificarlas, porque eventualmente se venderán solas por sus frutos. Pero sí es necesario destacar que habría que facilitar esa labor, explicando de forma concisa pero frecuente la necesidad de ayudar a Cataluña a perseguir sus objetivos económicos, que pueden conducir, paradójicamente, a su reintegración emocional con España. Como ha sucedido, a pesar de todos los tropiezos, en el último milenio, secular y cíclicamente.





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