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Política

La democracia transversal

Si no quieren someter a Cataluña a un bloqueo político autodestructivo, los partidos independentistas deberían reconocer que es necesario un acuerdo de gobierno transversal, que conecte a fuerzas políticas nacionalistas y no nacionalistas.

Antonio Papell 02/01/2018 a las 05:00
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Hace ya más de una década que José María Ruiz Soroa explicaba en los medios las teorizaciones de Arend Lijphart sobre los dos modelos de democracia que la investigación empírica en la historia de Europa ha puesto de manifiesto: uno es la ‘democracia según la regla de la mayoría’ (el modelo Westminster); el otro, la ‘democracia consociativa’. En el primero –decía el analista político–, el partido mayoritario debe gobernar y el minoritario dedicarse a hacer oposición. Es típico de los sistemas bipartidistas, con representación electoral mayoritaria y, sobre todo, que actúan en sociedades muy homogéneas y cohesionadas, en las que existe un amplio acuerdo básico y nadie pretende una mutación radical del sistema. El segundo modelo es apropiado en sociedades segmentadas y profundamente divididas en torno a una o varias líneas de fractura (‘cleavages’ o clivajes). "En este caso –escribía Ruiz Soroa–, como se comprueba históricamente en Holanda, Bélgica o Suiza después de la primera Gran Guerra, la regla de la mayoría hubiera frustrado la posibilidad misma de subsistencia del régimen democrático, porque algunas de las diversas subculturas existentes hubieran sido marginadas, con su consiguiente frustración antisistema. La solución fue el gobierno de coalición de todos los sectores significativos, la práctica sistemática del acuerdo cruzado y el consenso como método decisional, así como el reconocimiento del veto mutuo (sí, el veto) en las materias sensibles para los segmentos enfrentados. Y es que, escribía Lijphart, las sociedades segmentadas y muy divididas solo pueden optar entre ser democracias consociativas o no ser democracias en absoluto".

Son consociacionales las democracias de Bélgica y de Holanda (la magnífica serie ‘Borgen’ ha popularizado el funcionamiento del modelo en Dinamarca), en que dicho sistema ha servido para conciliar pulsiones nacionalistas, credos religiosos y diferencias étnicas. Y es también consociacional el sistema de Irlanda del Norte tras el proceso de paz, cuando cogobernaron el reverendo Ian Paisley, ferviente unionista y líder del DUP, y Martin McGuinness, líder del Sinn Fein y antiguo comandante del IRA.

La traducción a Cataluña de semejantes tesis resulta, de entrada, sorprendente, porque en España no existe tradición en este sentido, al menos desde el consenso constituyente de 1978. Miguel Ángel Aguilar, en un artículo publicado en vísperas de las elecciones, proponía, no sin cierto sentido del humor, que, si se confirmaban las encuestas, se formase un dúo entre Inés Arrimadas y Marta Rovira. Parece descabellada la fórmula y ni siquiera tendría demasiado sentido el mencionarla en serio en los escenarios políticos, pero esta idea sirve para abonar una tesis que sí es digna de ser tomada en consideración: Cataluña solo puede actualmente aspirar a la estabilidad si acierta a dotarse de una solución transversal.

Es cierto que la pulsión nacionalista ha llegado muy lejos, pero si los vencedores del 21-D se paran a pensar serenamente en el futuro, llegarán probablemente a la conclusión de que no tiene demasiado sentido mantener un frente que ha acabado estrellándose en la irreductible legalidad vigente y que volvería a hacerlo si fuera necesario. La ligazón entre Juntos por Cataluña y ERC es oportunista, como lo demuestra el hecho de que, en 2010, cuando Artur Mas ganó las elecciones con 62 escaños, no completó la mayoría con ERC (diez escaños) sino con el PP (18 escaños). Lo que parece demostrar que, salvo en la cuestión ‘nacional’, la familiaridad de la antigua Convergencia con la derecha española era un hecho incontestable.

Quiere decirse, en fin, que el bloque independentista tiene un frágil engrudo interno, y que la obcecación nacionalista no debería cegar todos los caminos posibles de avanzar. Cataluña no se merece que una propuesta fanatizada agrave la fractura interna al tiempo que destruye su progresión en todos los sentidos.





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