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Sociedad

De inquisitiva a inquisitorial

Igual que ocurrió al comienzo de la Transición, la nueva izquierda está ahora renunciando a la actitud inquisitiva para adoptar ademanes inquisitoriales.

Javier Delgado Echeverría 29/12/2017 a las 05:00
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Buena parte de los hombres y de las mujeres de mi generación nos formamos en el seno de una izquierda clandestina que sobrevivía gracias a sus dotes inquisitivas, unas dotes que los veteranos nos animaban a ejercitar ante cualquier fenómeno social que pudiera dar noción de un cambio en la coyuntura, por más que fuera un minúsculo cambio en el interior de un taller o de un consejo de redacción... o en la parada del tranvía.

Pero cuando comenzamos a levantar cabeza sin grave riesgo, en la Transición, los espíritus de nuestros jefes políticos dejaron sueltas sus grandísimas ansias inquisitoriales: el resultado fue una escabechina histórica y la huida de miles de militantes. Eso, más que otros factores (o por lo menos a igual rango), contribuyó fatalmente a que los resultados de la pugna política acabasen con una victoria de la derecha en la dirección de la nueva y primera fase de la naciente democracia española. En esta ocasión el ejército rojo había quedado cautivo y desarmado... por sus propios dirigentes.

En 2011 pareció que el movimiento del 15-M ponía los ojos de una nueva generación (y de una parte de las anteriores) ante la realidad con las mismas ganas de preguntar por lo nuevo en lo viejo y por lo viejo en lo nuevo, después de unos largos años de ceguera o de sueño. Sin embargo, pocos años después, muy pocos años, da la impresión de que la mayoría de los muy despiertos hayan bebido la misma pócima venenosa que aquellos antiguos dirigentes de la izquierda: su actitud inquisitiva se ha transformado en una actitud inquisitorial.

Desde que la izquierda ha vuelto a tocar poder en algunas instituciones del país, nuevos aprendices de Torquemada se han apuntado a la nefanda tarea de perseguir herejes por campos y villas de España. Nada, por más mínimo que sea, debe ocultarse a sus miradas con superpoderes populistas, estalinistas o simplemente de bobos de Coria con mando en plaza o designados por delegación.

Una vez más, en la historia de la lucha de ideas vuelven a imperar esos cerebros que, al no comprender más allá (o acá) de las consignas del momento, arremeten fieramente contra toda expresión que no se ajuste al plan ideado por sus jefes o no contenga las palabras mágicas del encantamiento.

Algunos de mi generación, hartos ya de ver la misma cara revestida bajo nuevos disfraces, optan por callar. Unos, en sus casas y otros, en las reuniones a las que aún sienten el deber de acudir. Otros optamos por seguir diciendo y publicando lo que nos viene en gana, con el tonto pertinaz convencimiento de que a alguien le servirán nuestras palabras: bien para no dejarse meter en sacos terreros en defensa de los nuevos jefes parapetados tras ellos, bien para hacerles frente con más argumentos. Escribimos para todo el mundo, estén organizados o encuadrados o censados o lo que sea que estén, mirando más allá del pequeño enfebrecido círculo de la iluminación y del pequeño poder local. Nos dirigimos a cualquiera que nos pueda leer, sin distinción de credo, raza, sexo ni carné. Eso, al parecer, es lo que más les molesta a estos nuevos inquisidores y lo que menos perdonan. Entre otras cosas, porque la mayoría de ellos, teniendo hecha la mano al manejo del látigo, apenas sabe ya hacer la o con un canuto.

Pues tengan por seguro que sus pequeños podercillos (semejantes al de aquel rey que paseaba desnudo) perdurarán mucho menos que nuestras pequeñas palabras. Y que cuando ellos mismos se hayan lanzado unos a otros a los diversos basureros de la historia previstos para la ocasión, otros seguiremos mirando fijamente al mundo con ojos de inquirir, de querer saber, de preguntarnos siempre por lo que está ocurriendo, insatisfechos intelectualmente siempre de las cambiantes versiones oficiales y moralmente preparados para soportar ruedas y potros y otros ingenios de tortura que utilicen, estúpidamente convencidos de que actúan al servicio de ‘la Verdad Revolucionaria’.





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