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En Bélgica


Después de lanzar a Cataluña y a España a una grave crisis política, Puigdemont aún puede conseguir desestabilizar también un país extranjero. Los equilibrios políticos en Bélgica están siempre cogidos con alfileres. Entre otras razones, porque la permanente tensión territorial y lingüística entre la Valonia francófona y el Flandes de lengua holandesa complica las cosas tremendamente (hay también una pequeña minoría que habla alemán). Y el nacionalismo flamenco coquetea con la posibilidad de una secesión y alimenta en su seno tendencias xenófobas. Un Puigdemont agazapado en Bruselas les puede venir que ni pintado. Bélgica no es, de momento, más que un escenario secundario del drama que se desarrolla en España. Ojalá que no llegue a ser otra cosa. Pero el nacionalismo es una sustancia política altamente inflamable y el espejismo de una torcida solidaridad con el depuesto líder catalán puede poner en peligro la coalición de gobierno, laboriosamente trabajada, del primer ministro Michel. La Unión Europea, sensatamente, rechaza la independencia catalana y, aún más, el sabotaje contra un Estado democrático. Y cada vez tiene más razones para hacerlo.





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