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Opinión

Suárez, ni de los suyos ni de los nuestros.

Andrés Aberasturi. Madrid Actualizada 23/03/2014 a las 16:37
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Desde el escasamente acertado "qué error, qué inmenso error" con el que recibió Ricardo de la Cierva el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno y sucesor de Arias Navarro, han pasado demasiadas cosas en este país que no pueden resumirse en unas cuantas líneas. Pero este es el momento, siempre complicado, de escribir la necrológica apresurada de alguien que a lo largo de su vida política vivió la deslealtad de muchos de sus seguidores y sintió siempre el dedo acusador de sus oponentes sobre su pasado. Durante años fue un traidor para "los suyos" y jamás llegó a ser "de los nuestros" y esa condición de lobo solitario a la que tuvo que enfrentarse tantas veces, marcó tal vez su vida para siempre.

Tuvieron que pasar muchos años, muchos silencios y muchas derrotas para que los que le acompañaron en la transición, a un lado y a otro, reconocieran su papel fundamental en el encuentro con la libertad en España. Siempre he pensado que ni Suárez ni el Rey tenían otra posibilidad que caminar hacia la democracia porque, muerto Franco, hubiera resultado suicida intentar mantener el franquismo ni aún suavizándolo o tratando de maquillarlo; pero de la misma forma pienso que ese camino hacia la única salida posible se pudo hacer de otra forma mucho más dolorosa y mucho más lenta aprovechando la inmensa fuerza que tenía aun en el interior el régimen del dictador tanto en el Ejercito como en la judicatura, las fuerzas de seguridad y hasta en quienes controlaban los resortes de la economía. Solo el terrorismo ciego de ETA sembró el dolor en aquellos años de plomo mientras toda la sociedad se felicitaba por la recuperación de unas libertades que muchos ni siquiera conocíamos.

La vida de Suárez no es seguramente ejemplar -como no lo es seguramente ninguna- desde todos los puntos de vista pero sí, en cambio, está llena de ejemplos. Es cierto que se enfrentó, defendiendo sus criterios, contra todos y contra todo y esta soberbia -tan necesaria quizás pero tan incómoda para muchos- le llevó a distanciarse de los que creía suyos pero que sólo estaban a su lado porque él tenía el poder. Tampoco el Rey, en determinado momento, le apoyó en aquella caída ya imparable porque para la Corona una presidencia socialista era una forma de legitimarse sin necesidad de otros vericuetos. Y Suárez se fue por sorpresa abandonado por los suyos e incomprendido aun por "los nuestros" Y esa dimisión, aquel discurso, es otro ejemplo de una vida tal vez no ejemplar. Como lo fue su posición en el vergonzoso 23-F y su valor para hacer oídos sordos a los ruidos de sable que sonaban sin cesar en los cuarteles.

El final de su vida política fue el pequeño fracaso de su CDS y las tragedias familiares que tuvo que afrontar. El tiempo ha ido haciendo justicia con este hombre que, sin llegar a ser nunca de unos ni de otros, hizo lo que tenía que hacer y ya está en la Historia.








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