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Montse C. C., de espaldas, ante tres máquinas expendedoras de comida y bebida... pedro etura
"Era una persona poseída. Pasaba de estar serena a sentir un hambre atroz. Entonces, comía lo que había, si no había, lo buscaba; si no lo encontraba, me lo hacía. No era un atracón repentino. Me daba miedo empezar a desayunar porque no sabía si iba a ser capaz de parar. Llegué a comer hasta 80 veces al día".
Montse C. C., 56 años, miembro de la Asociación de Comedores Compulsivos Anónimos de Zaragoza Amanecer, habla con normalidad sobre su condición de comedora compulsiva. No se esconde, aunque muchos de quienes sufren este trastorno sí lo hagan, o pese a que la sociedad ignore, premeditadamente o no, su existencia. Ella está enferma, lo sabe y lo acepta; como también que lo suyo es para toda la vida, al igual que quien es alcohólico o drogadicto.
Son enfermos capaces de comer alimentos congelados, comida rescatada de la basura o sobras de los platos ajenos en un restaurante. "Sentía asco de mí misma, pero sabía que la persona que realmente soy es incapaz de hacer lo que la persona que estaba dentro de mí me obligaba a hacer". Así que, después de "tocar fondo hace 13 años," con 172 kilos "y hasta arriba de comida", decidió poner fin a una espiral de atracones, remordimientos y baja autoestima.
La culpa (ella lo llama "el privilegio, la suerte") la tuvo la periodista Nieves Herrero, quien por aquel entonces presentaba un programa matinal de televisión al que llevó a un hombre que tenía el mismo problema que Montse. "Un hombre que se comía las papillas de su hijo", recuerda ella.
La periodista indicó los números de teléfono de asociaciones de ayuda y Montse llamó. Fue a una reunión y nunca dejó de asistir. "Me han dado libertad, ganas de vivir, me han enseñado que tengo que cuidarme y gustarme", explica, antes de aclarar, entre risas, que la agrupación, "no es una secta".
Reuniones semanales
Viernes, siete de la tarde, centro cultural Salvador Allende (antiguo matadero) de Zaragoza. Un número variable de asistentes (en torno a 15 la mayoría de las veces) hablan de sus problemas con la comida. Muchos de ellos ni siquiera están gordos. Son artistas induciéndose el vómito, pero los atracones están ahí. Cada semana, uno de los asistentes coordina la reunión. No tienen terapeuta, simplemente son enfermos que hablan de su enfermedad.
"Es duro -cuenta Montse-, poner tu vida sobre la mesa, afrontar tus miedos, tu vicio, es realmente duro". No todo el mundo lo aguanta. Hay quien va un día, dos, tres a lo sumo, y jamás regresa. "También son fáciles las recaídas. Una mujer dejó las reuniones, se abandonó, se rindió. Hace un par de años murió. Pesaba 300 kilos". Estremecedor.
Montse también ha vivido recaídas y bajos momentos. "El problema es el primer bocado, como la primera copa o el primer cigarrillo. Hay alimentos que, si no tienes cuidado, empiezas a comer y ya no paras", dice. En su caso, estos alimentos son el pan y, sobre todo el queso. "Soy adicta", reconoce.
Como en todas las adicciones, la ayuda externa es una gran aliada, y ella la tiene en su marido y en su hijo, de 25 años. "Con ellos he tenido muchísima suerte", asegura, aunque también sabe que la muerte de sus primogénitos, gemelos, a los pocos días de nacer tuvo mucho que ver con la manifestación de su enfermedad. "Me sentía culpable de todo", recuerda.
Trece años después de hacer aquella llamada, y con 130 kilos, Montse dice ser otra. Mejor dicho, ser ella misma, no ese monstruo devorador que también la devoró a ella. Ahora come tres veces al día, aunque todavía tiene que convencer a su mente de que no necesita sus kilos de más. "La mente de un compulsivo es muy delicada", cuenta. Pero está contenta. "La enfermedad te aísla, parece que tienes que ir por la calle pidiendo perdón por estar gordo. Solo pido que no se nos trate a la ligera. Somos algo más que grasa", concluye.
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