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El futuro campo de fútbol del Real Zaragoza, en el barrio de San José, será la obra más importante a la que se ha enfrentado Joaquín Sicilia en sus 30 años como arquitecto. Se convertirá en un nuevo icono de la capital aragonesa tras las gestas arquitectónicas conseguidas durante la Expo de 2008
Joaquín Sicilia, en su estudio de la Vía Pignatelli, posa apoyado en las cajas que contienen el proyecto del campo de fútbol de San José... JOSÉ MIGUEL MARCO
De chaval, a Joaquín Sicilia (Zaragoza, 1954) le gustaban más los indios que los vaqueros. En eso, no ha cambiado. "Esa percepción de la naturaleza o de la tierra, que tiene la filosofía india, que es mucho más profunda de lo que parece, me ha encantado de siempre", dice. En la sala de reuniones de su estudio, un pequeño muñeco a caballo, que bien podría representar la efigie de un jefe navajo, devuelve a este arquitecto zaragozano a la infancia. Pero conserva de su niñez otro tesoro como oro en paño: una enorme curiosidad.
Preso del horror vacui, ha llenado su estudio de objetos, desde unas colmenas de abejas hasta pequeñas conchas marinas, que convierte en referencias simbólicas de sus obras. Y decenas de cuadros. "Soy un fetichista", admite. "A pesar de que los fetiches atan mucho, hay que estar en permanente movilidad. Hay mucho cachivache y mucho trasto pero mañana los dejas y a hacer puñetas", resuelve con aire inquieto.
Vive un momento dulce. Entre manos tiene el diseño del campo de fútbol de San José y en pocos meses abrirá sus puertas la Escuela de Artes del Actur, que también lleva su firma. Sus proyectos le devuelven también a su origen, a la tradición hostelera de su familia en los balnearios de Jaraba. "La hostelería bien aplicada tiene un paralelo con la arquitectura, sobre todo una forma de entender el bienestar. Mima la calidad de vida de la gente", afirma.
Sicilia nació "por accidente" en la avenida de Madrid de Zaragoza, en Las Delicias. Pero su infancia fue Jaraba. "Cuando se ha vivido cerca de un paisaje tan fuerte, con tantas sugerencias, esos hallazgos que tienes de la infancia los intentas reflejar luego. No diferencio mucho la arquitectura con ninguna otra actividad en la vida. Es una forma de entender la vida", dice.
En el viejo colegio Maristas de San Vicente de Paúl, tuvo su primer contacto con la arquitectura. "Vino a una charla al colegio Paco Alós. Habló de un libro, que era 'Charlas con un arquitecto', de Sullivan. Me gustó mucho. La arquitectura tiene que ver con pensar en la gente. Me pareció una profesión de curiosos, en la que siempre tienes que estar aprendiendo cosas. En el fondo no sabemos de casi nada", recuerda.
En Madrid conoció a su maestro, Francisco Sáenz de Oiza. "Él decía que era un disfrute abrir una ventana, sentir cómo se ventila la casa, cómo las sábanas se tornan frías y luego te vuelves a echar. Hablaba de arquitectura como a mí me gustaba. Es la arquitectura de los sentidos, la intangible". Dice que "Oiza tenía una concepción de la arquitectura muy humanista" y que la mezclaba "con todo tipo de disciplinas vitales".
En 1979 se instaló en Jaca. En aquella época ni siquiera tenía un tablero de dibujo. Su estreno fue con unos pisos sociales en Fraga y después reconvirtió una nave de cerdos de Jaca en la discoteca Bulevar. "Fue una referencia de los moderneras de Barcelona. Actuó Mecano, Tequila?", destaca. Regresó a Zaragoza en el 87. Trabajó primero en Ponzano, donde el estudio incorporó una galería de arte, después en María Moliner y al final en Vía Pignatelli.
Su obra se resume en el terreno de los sentidos. "La arquitectura que a mí me interesa es muy escultórica y provoca muchas sensaciones", predica. El objetivo, señala, "es conseguir espacios en los que no sabiendo por qué, se está bien". Pero los sueños no le hacen renunciar al cumplimiento de los programas y a pensar en que "no se pueden matar moscas a cañonazos", en referencia a los delirios de ciertos arquitectos. "La arquitectura debe ser un arte, pero un arte lógico y un arte construible", comenta. "Debe ser un arte social", zanja.
Sicilia se pasea por su estudio y habla de sus materiales -vinculados con el reciclaje y la industria- de luces y sombras, de la música, de las texturas, de la estrategia de 'naturar' sus obras introduciendo piezas simbólicas vinculadas con el entorno, de la arquitectura nómada... Se detiene ante una jaula de grillos o ante un mechero, otras fuentes de inspiración. Como el gran jefe navajo. Y se acuerda de lo que siempre le dice a sus hijas: "Mi vida es una eterna vacación".
Genial que un aragones sea el arquitecto y diseñador del futuro campo del Zaragoza. Ya esta bien de que gente agena a nuestra tierra diseñen nuestra arquitectura de la ciudad
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