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El primer ministro belga, Yves Leterme, se volvió a enfrentar ayer con sus peores fantasmas. El político democristiano flamenco, elegido en noviembre pasado para el cargo, tuvo que constatar nuevamente lo difícil que es poner de acuerdo a valones (francófonos) y a flamencos (neerlandófonos).
El expediente 'caliente' del distrito electoral de Bruselas-Hal- Vilvoorde (BHV), al norte de la capital belga, teóricamente bilingüe pero disputado por los flamencos, le ha vuelto a estallar en las manos y ha puesto al Gobierno al borde del precipicio. El líder del partido liberal flamenco Open-VLD, uno de los miembros más destacados de la coalición de gobierno, Alexander de Croo, decidió ayer salir del gabinete por la falta de acuerdos para solventar el conflicto de BHV, que consideran "esencial" para sus intereses.
Si el rey de los belgas acepta la dimisión del gabinete Leterme-II (es la segunda vez que Leterme asume el Gobierno), sería la constatación de un sonado fracaso para el político flamenco, ex ministro de Exteriores, que en cinco ocasiones ha tenido responsabilidades políticas y en todas ellas ha fracasado. A pesar de los esfuerzos conciliadores del ex primer ministro belga Jean-Luc Dehaene, por acercar posturas entre flamencos y valones, ayer arrojó la toalla y con ello reabrió el conflicto.
La 'rentrée' política de Leterme, de 49 años, integrante de la formación democristiana CD&V, se produjo en noviembre pasado más por la fuerza de los acontecimientos que por los méritos cosechados cuando era primer ministro, y gracias también a la labor de mediación del ex primer ministro belga y presidente del Partido Popular Europeo, Wilfried Martens.
La prensa belga ya mostraba en noviembre sus dudas por su vuelta al Gobierno. El periódico flamenco 'De Standaard' titulaba: 'Laatste kans voor Leterme' (La última oportunidad para Leterme).
Su llegada al Gobierno se produjo debido a la salida del Gobierno federal del ex primer ministro belga, Herman Van Rompuy, quien pasó a ser el nuevo presidente estable del Consejo Europeo.
La elección de Leterme no provocó precisamente el entusiasmo de sus compatriotas. En su primera etapa como primer ministro tuvo que dimitir tras haber sido acusado de intentar ejercer presiones sobre la Justicia belga en relación con una decisión sobre la venta del grupo bancario Fortis, en plena crisis financiera internacional.
Leterme tampoco fue capaz de cerrar las profundas heridas por la división política entre las dos principales comunidades lingüísticas del país. Ambas comunidades se mantienen unidas con palillos, gracias -entre otros elementos- a la labor de cohesión que representa la monarquía en un país que existe como tal desde 1830.
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