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opinión

¿A qué está jugando este hombre?

La historia, a lo largo de más de dos siglos, ha situado a muchos tipos de hombre en la presidencia de Estados Unidos. Pero el perfil de Donald Trump no tiene precedente.


La presidencia de Estados Unidos es una institución política única en el mundo, por más que se haya imitado con escaso éxito en otros lugares. George Washington, desoyendo voces que le incitaban a proclamarse rey, solo quiso ser presidente de la nueva república y por tiempo tasado, inaugurando la saga presidencial americana, que dura hasta nuestros días. Ni siquiera admitieron los padres fundadores la existencia de cualquier tipo de aristocracia que no fuera la natural, que Jefferson juzgaba como "el más precioso don de la naturaleza para la instrucción, la confianza y el buen gobierno de la sociedad".

El juego combinado del sistema, de riguroso invento americano, de presidente, Congreso con FPTP (‘first-past-the-post’), federalismo y fuerte revisión judicial ha producido un tipo de democracia que pudo ser catalogada por Hannah Arendt como la democracia ‘par excellence’. En ella el presidente es la pieza clave, todo gira en torno a él; y, sin embargo, es tan efectivo el juego de los ‘checks and balances’ (frenos y contrapesos) que no cabe considerarlo un autócrata ni ha degenerado nunca en el contramodelo del dictador. Ha habido de todo, desde figuras señeras y estelares, como Jefferson, Lincoln o Roosevelt, hasta hombres (nunca todavía una mujer) de configuración media, pragmáticos y de escaso brillo, pasando por algunos otros francamente inadecuados e insuficientes (Carter, Ford, Bush). Pero nunca, en esa larga y polícroma saga presidencial, se había producido un caso tan singular y extraño como el del actual presidente, Donald Trump. Por mucho que se retuerza el pasado, se suavicen las exigencias mínimas o se abran las compuertas de la comprensión máxima, no es posible encontrar un presidente americano que recuerde ni de lejos la idiosincrasia, las maneras, la pose y los comportamientos del actual inquilino de la Casa Blanca. Los agudos e incisivos columnistas americanos (toda una institución) se han permitido en el curso de los años decir que "en Estados Unidos cualquiera pueda ser presidente (Truman)", e incluso, que "Estados Unidos no necesita presidente (Eisenhower)"; pero en el momento actual no han logrado plasmar el matiz que retrate de cuerpo entero la anomalía presidencial que representa Trump. Un hombre público único en el mundo, nada más y nada menos que el presidente de Estados Unidos, que juega con los aparatos digitales, utiliza el lenguaje de un adolescente, tiene la visión del mundo que podría tener un estudiante de secundaria, rebaja todas las cosas a los niveles de la vulgaridad y la intrascendencia, reacciona políticamente como una persona que no estuviera en sus cabales, es primario en sus juicios, valores y apreciaciones, desconoce la idea del ridículo y resulta absolutamente incapaz de entender, aceptar y ejercer los deberes mínimos e irrenunciables que entraña su suprema magistratura, se nos muestra en la más alta plataforma política mundial y nos sume a todos en la incertidumbre, la angustia y el desconsuelo. Puede producir cualquier cosa aciaga, puede distorsionarlo todo, puede generar una hecatombe y puede precipitar al mundo a los albañales de la historia. ¿A qué está jugando este hombre, cómo se tolera un comportamiento tan extravagante y cuándo será reconducido o excluido por el severo aparato político americano? Si Jefferson, Emerson, Dewey, Holmes, Lipp-mann o Galbraith levantaran la cabeza no se creerían lo que sucede en Estados Unidos.

 

 





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