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Opinión

Paradojas de la globalización

La globalización ha supuesto una gran expansión del capitalismo. Pero se da la paradoja de que el gobierno de la principal potencia capitalista, Estados Unidos, reniega de ella, mientras que los líderes comunistas de China la defienden.

Vicente Pinilla 29/12/2017 a las 05:00

Donald Trump mostró en el viaje a China que realizó el pasado mes de noviembre una rotunda postura antiglobalización, que contrastaba con la posición contraria del presidente de la República Popular China, Xi Jinping. El líder de la principal potencia capitalista mundial marcaba una posición escéptica, cuando no abiertamente contraria al proceso globalizador, mientras que el secretario general del partido comunista más poderoso del mundo alababa los logros y ventajas de aquel. No sorprende por ello que fuese Xi Jinping el invitado de honor en la última cumbre de Davos, un símbolo del capitalismo mundial, encargado también de hablar a favor de la globalización y a la vez mostrar el compromiso chino para respaldar su continuación.

No es difícil explicar algunas claves de esta aparente paradoja. Por un lado, se ha señalado hasta la saciedad que los trabajadores blancos del medio oeste, de los estados con una tradicional potencia industrial mayor, fueron claves en el éxito electoral de Trump. En las últimas décadas, Estados Unidos ha perdido millones de puestos de trabajo en el sector industrial. Hacia 1980 este país alcanzó una cifra récord de casi veinte millones de trabajadores empleados en el sector manufacturero. Desde entonces hasta 2010 se habían perdido casi ocho millones de empleos en el sector. Estos trabajadores han conseguido nuevos empleos, pero la mayoría lo han hecho en el sector servicios, con salarios normalmente inferiores y condiciones de trabajo peores que en la industria, sin duda el sector económico que estaba más sindicalizado en Estados Unidos. A la vez, los salarios reales de los trabajadores sin formación universitaria han descendido desde mediados de los años setenta. Mientras, el ingreso per cápita o la productividad del trabajo han aumentado de forma extraordinaria. El malestar de muchos norteamericanos y su añoranza por un pasado que consideran mejor es una buena explicación para entender a esa base electoral de Trump, dispuesta a culpar a la globalización, o a los inmigrantes mexicanos, de sus males. Sin embargo, la realidad es más compleja. Se han perdido muchos puestos de trabajo en las manufacturas, pero el país retiene las posiciones más ventajosas en las cadenas de producción globales. La economía ha crecido mucho, pero la creciente desigualdad en la distribución de los ingresos es una explicación mejor para ese malestar de la clase trabajadora norteamericana.

China nos ofrece la otra cara de la moneda. Integrarse en la economía global fue uno de los elementos clave del programa de reformas desarrollado en el país desde comienzos de la década de los ochenta. Inicialmente fueron sobre todos ‘chinos de ultramar’ (Taiwán, Hong Kong o Singapur) quienes invirtieron en las zonas económicas especiales habilitadas para recibir los capitales exteriores. Aprovechaban el bajo coste de la mano de obra china y el encarecimiento de los salarios en algunos de los milagros económicos del este de Asia en las décadas anteriores, como Taiwán, Hong Kong o Corea del Sur. Más tarde llegaron también las multinacionales y el gobierno chino extendió las facilidades para recibir esta inversión exterior al conjunto del país.

El enorme mercado chino se abría a cambio de transferir tecnología, normalmente a través de empresas conjuntas, y exportar una parte sustancial de la producción. Como consecuencia, las exportaciones chinas se dispararon, creciendo en términos nominales más de cien veces desde principios de los noventa y la producción industrial se cuadruplicó. Cientos de millones de chinos han salido de la pobreza, dejando de vivir con menos de uno o dos dólares diarios, y a cambio de su duro trabajo han visto mejorar sustancialmente sus niveles de vida. La legitimidad del sistema político chino, que es extremadamente autoritario, depende en gran medida de la mejora continua de los niveles de vida de su población y el motor de su modelo económico sigue siendo, en gran medida, su sector exportador. No es extraña entonces, la devoción comunista por la globalización.





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