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Capítulo 5

La gran quebrazón

Maracaibo, la considerada capital de la Arabia Saudita de América Latina en los setenta y los ochenta, el pulmón económico de Venezuela gracias al petróleo, no es ni sombra de lo que fue.

Maracaibo (Venezuela) Actualizada 18/09/2017 a las 16:41
Niños paseando por la restaurada calle Carabobo de Maracaibo (Venezuela)Gervasio Sánchez

El vendedor de cocos que regenta un negocio ambulante a unos metros de la entrada de la catedral resume el estado de ánimo que se respira en el centro del casco histórico de Maracaibo con una escueta frase: “Es la gran quebrazón”.

La inseguridad, la degradación y la desolación se han instalado en las calles de una ciudad que acaba de cumplir los 488 años de su fundación y que se supone que es el pulmón económico del país gracias al petróleo de su gran lago, es decir la capital de un estado que en los años setenta fue conocido como la Arabia Saudita de América Latina.

A las cinco y media de la tarde los pocos negocios que no han sucumbido a la crisis económica ya están cerrados y los maracuchos, tal como se conocen popularmente a los habitantes de Maracaibo, se alejan de sus calles mucho antes de que anochezca.

Casi nadie visita la Casa de la Capitulación, el único edificio residencial colonial que queda en la ciudad restaurado hace unos años, emblemático porque los españoles firmaron aquí su rendición en agosto de 1823 tras una derrota naval, dando origen a la independencia de la Gran Colombia.

Sólo cuatro personas están presentes en la última misa del día y otra veintena se han atrevido a comprar la entrada para ver la película La La Land, la gran ganadora de los últimos Oscar, en el imponente teatro Baralt, de estilo art déco, con 683 asientos, a pesar de que sólo vale 2.000 bolívares, menos de lo que cuesta una cerveza. La salida de la sesión coincide con la noche cerrada y el miedo a ser atracado invalida cualquier oferta cultural.

Los bancos de la Plaza Bolívar están vacíos. Sólo he visto escenas parecidas en Ciudad de Guatemala y en algunas ciudades peruanas durante sus guerras civiles. Es raro encontrar las plazas de Armas vacías en América Latina cuando todavía queda un par de horas de luz. En Venezuela es bastante generalizado.

El único negocio abierto es el bar La Palma que vende como si fuera una tienda de abastos. Los clientes se toman las últimas cervezas. Unos mendigos revuelven varias bolsas de basura y tres prostitutas, entre ellas una india guajira, miran la escena sentadas sobre el bordillo de una jardinera.   

Ofrecen su lista de precios a los curiosos que se atreven a merodear por la zona. “Puedes pagar el servicio con tarjeta de crédito en el bar sino tienes efectivo”, ofrece la más guasona  a un potencial cliente que se acerca a preguntar. “El dueño luego nos paga el mismo valor con harina u otro artículo de primera necesidad”, responde la prostituta cuando se le pregunta sobre este singular sistema de pago.

La Gobernación ha prometido un plan integral llamado Maracaibo Limpia y en Paz para restablecer el orden y la seguridad, recoger las montañas de basura acumuladas por todas partes, eliminar el comercio informal y ordenar las rutas del caótico sistema de transporte. El alumbrado es inexistente y la llegada de la noche convierte el centro de la ciudad en el lugar ideal para los asaltos a mano armada. Un nuevo plan que sustituye a otro que se proyectó en 2015 y que no sirvió para poner fin al caos urbano.

Por suerte está Santa Lucia, un pequeño barrio alejado un par de kilómetros del centro colonial donde se puede comer buenas hamburguesas mientras se escucha Gaita, la música de Maracaibo, y se bebe cerveza helada Polar. El barrio parece un pueblecito inmerso en una caótica, ruidosa y calurosa ciudad y me recuerda Coyoacán a pequeña escala, el barrio mexicano de los intelectuales y bohemios, donde vivió Diego Rivera y Frida Kahlo y  fue asesinado León Trotsky.

La Gaita es un género musical declarado Bien Patrimonial de Interés Cultural y Artístico de Venezuela. Una banda clásica incluye una guitarra de cuatro cuerdas, una tambora (gran tambor), un furruco (especie de zambomba gigante) y unas maracas. Los intérpretes componen canciones desde temas religiosos y amorosos a letras de denuncia política y social y parodias.

A que Luis es el local por excelencia de la Gaita pero hoy hay fútbol del clasificatorio del Mundial y juega Venezuela contra Argentina. Venezuela tiene un equipo muy joven con mucho futuro después de conseguir el subcampeonato del mundo Sub20. Los monitores están divididos entre el futbol, sin sonido, y las bandas de gaita a todo volumen. Hay muy poca gente. Un par de grupos de jóvenes y algunas parejas.

Una joven se me acerca cuando voy a pagar unas cervezas: “¿Te importa que pague yo lo que debes con la tarjeta y tú me das el efectivo?”. Ante mi sorpresa me explica que cada día es más complicado conseguir efectivo, que los cajeros de los bancos apenas dan 10.000 o 20.000 bolívares después de hacer largas colas, cantidades equivalentes a menos de medio euro o un euro, que no sirven ni para pagar un almuerzo barato. El efectivo lo utilizará para pagar el taxi que la lleve a casa.

De Maracaibo se sale como se llega: utilizando el puente General Rafael Urdaneta, que tiene una longitud de 8.678 metros y está asentado sobre 134 pilares, el segundo más largo de América Latina. Está construido con cemento, un material menos costoso que el acero. Embarcaciones de 45 metros de alto pueden pasar por debajo. Toda la luz que falta en el centro de la ciudad se derrocha en este puente, reconvertido en el símbolo de Maracaibo.

Venezuela, fuera de foco / Diario de Gervasio Sánchez 

Capítulo 1 El puente de los lamentos

Capítulo 2 Desayuno criollo

Capítulo 3 El rey camión

Capítulo 4 Policías acostados

Capítulo 5 La gran quebrazón 

Capítulo 6 Corrupción endémica





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