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Estados Unidos

El macabro juego del gato y el ratón de la frontera entre México y Estados Unidos

En lo que va de año fiscal, en el sureste de Texas la Patrulla Fronteriza ha detenido a más de 132.000 individuos por tráfico de personas y drogas.

Efe. Falfurrias Actualizada 03/09/2015 a las 00:33

Si se colocasen los 3.000 agentes de la Patrulla Fronteriza del sector de Río Grande a lo largo de la frontera, a cada cien metros habría uno y aún así, seguramente, los grupos dedicados al tráfico de personas encontrarían la manera de escabullirse.

Pero hay que hacer turnos, dividir tareas y controlar zonas de difícil acceso a lo largo de los tortuosos meandros del río Grande (Bravo, en México), según explica a Efe Óscar Saldaña, uno de los portavoces de la Patrulla Fronteriza.

En lo que va de año fiscal, en esta zona del sureste de Texas la Patrulla Fronteriza ha detenido a más 132.000 personas, unas 400 diarias y más que toda la población de la ciudad de McAllen, la más importante frente al Río Grande.

Para mejorar la vigilancia, la Patrulla Fronteriza cuenta con helicópteros, sensores de movimiento, torretas y con hasta varios dirigibles que flotan sobre la línea divisoria entre México y Estados Unidos aportando "ojos" las 24 horas del día.

"Es una de las herramientas más útiles", señala Saldaña, en el Parque de Anzalduas, un humedal azotado durante la mayor parte del día por un sol inclemente y más de 40 grados de temperatura.

Para los agentes, muchos de ellos de origen hispano o con fuertes vínculos con México, lo más difícil es saber quién es un inmigrante necesitado de auxilio, un "coyote" (encargado de las mafias para cruzar a inmigrantes indocumentados) o un traficante de drogas.

"Lo más difícil de patrullar la frontera es que te puedes tener que enfrentar a narcos peligrosos y armados, o tener que arrestar niños que vienen sin padres o familias y se entregan voluntariamente...obviamente la reacción es diferente", reconoce Saldaña.

Señalando las aguas verdes del caudaloso Río Grande, Saldaña asegura que la apariencia pacífica del cauce es engañosa y lleva a muchos a fallecer ahogados arrastrados por corrientes o enredados en maleza.

Una vez en la otra orilla, los inmigrantes, normalmente guiados por "coyotes" y, en ocasiones, obligados a cargar droga para obtener el derecho de pase desde México, deben esquivar varias líneas de vigilancia.

Los que no son arrestados se enfrentan a un periplo aún más peligroso cien kilómetros tierra adentro cuando los traficantes de personas los abandonan a su suerte antes de llegar al control de Falfurrias, uno de los más de 30 controles tierra adentro de la Patrulla Fronteriza.

Este control, que muestra orgulloso a su entrada el número de indocumentados y libras de drogas capturadas en lo que va de año, intenta cortar el paso de vehículos con inmigrantes indocumentados en su camino hacia Houston.

"Los contrabandistas los bajan de los coches antes de llegar a Falfurrias y les dicen que caminen por el campo y que en dos o tres horas estarán en Houston", afirma el agente, quien recuerda que para llegar a esa ciudad hay que emplear más horas en automóvil.

Esta segunda frontera y lo inhóspito del terreno han convertido los alrededores del Falfurrias en un campo de muerte del que se desconocen sus auténticas dimensiones, y que en 2014 llegó a ser la tumba de, al menos, 61 personas.

El cementerio de Falfurrias esconde bajo la tierra la muestra del descarnado juego de despistar a la Patrulla Fronteriza para comenzar una nueva vida en Estados Unidos, en la que la virtud de pasar desapercibido será esencial.

Allí, en tumbas anónimas, investigadores de la Universidad de Baylor han hallado una fosa donde las autoridades locales han depositado durante años a los fallecidos en su camino hacia Estados Unidos.

El número puede ser de varios centenares y se mantiene como el testamento de una ruta de escape de latinoamericanos de la miseria que sigue sin desvelarse totalmente, desde México a Texas.




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