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Gastronomía
Gastronomía

Feliz piscolabis de campo y playa en 1940

Así se asociaba en 1940 la felicidad con el comer y el beber.

Francisco Abad Alegría. Zaragoza Actualizada 05/08/2016 a las 11:11
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Obra de Ricardo Opisso publicada en la revista 'Menaje' en agosto de 1940.

La imagen en cuestión (revista ‘Menaje’, nº 116, año X, agosto de 1940, página 32) es una síntesis desbordante de alegría sencilla, de una jornada mixta de campo-playa en día festivo.

Al tiempo, se observa que la gente que disfruta, salvo alguna excepción que mencionaré, son personas sencillas, del pueblo común, eso sí, ataviados con púdicos bañadores, ellos y ellas, y completamente vestidos quienes no están en la playa, salvo los dos bañistas que ascienden hacia el prado cubiertos con discreto albornoz. No ha transcurrido ni año y medio desde que acabó la pesadilla de la Guerra Civil y la alegre escena reflejada es mucho más un desiderátum que una objetiva descripción: la gente no está para mucho jolgorio en un momento de carencias objetivas generalizadas. Pero justamente eso es lo interesante: recoge la situación ideal, no la real.

Dos datos curiosos. El autor de la ilustración es Ricardo Opisso Sala (Barcelona, 1880-1966). Colaboró con Gaudí en los diseños de la Sagrada Familia y preservó de la quema muchos de los bocetos originales del gran arquitecto cuando un grupo de anarquistas barceloneses intentaron destruir toda su documentación. Formó parte del famoso grupo de artistas de ‘Els Quatre Gats’ y desarrolló su labor como pintor, dibujante y, sobre todo, ilustrador de todo tipo de publicaciones. Fue colaborador importante de la publicación ‘TBO’ para niños; a pesar de que no es el autor de la popular historieta de contraportada ‘La familia Ulises’ del citado tebeo (el dibujante era Mariano Benejam), el perrito que vemos al borde del barranco en la parte alta de la viñeta, es prácticamente igual al popular Tresky de la familia.

La revista ‘Menage’ marcó el momento de la divulgación culinaria de altura entre las personas aficionadas a la cocina, básicamente mujeres. Por el mismo tiempo, ‘El gorro blanco’ hacía un papel importante en la conformación de la cultura culinaria, aunque mucho más dirigido a profesionales del ramo.

La revista se editaba por V. Sociats, dedicado desde 1860 a la venta de artículos de menaje de cocina, y fue dirigida desde 1931 a 1946 por José Rondissoni, discípulo de Escoffier. Rondissoni, además, era profesor de cocina en el Institut de Cultura de la Dona, fundado para la promoción integral de la mujer, aunque realmente era más una entidad elitista privada de la buena sociedad barcelonesa.

Las lecciones prácticas de cocina del Instituto a través de la publicación ‘Minerva’, iniciada en 1914, fueron pronto desplazadas por la actividad de ‘Menage’. Al tiempo, Rondissoni emitía por Radio Asociación EAJ un curso de cocina práctica a mediodía. La recopilación de todas las recetas, escritas y radiadas, ampliada, se publicó por Rondissoni en su obra ‘Culinaria’, editada en 1945, ya retirado de la revista y propietario de una espléndida mantequería-charcutería barcelonesa desde 1942. En 1940, aún se editaron números de ‘Menage’, ya dirigidos por G. Bosch Bierge.

Vamos a la escena. Observémosla en sentido antihorario, desde la parte alta, girando hacia la izquierda, porque eso nos va a enseñar mucho. Arriba del todo, un cartel promociona la revista (que hacía sorteos y ventas con descuento de utensilios y productos de cocina para las suscriptoras -dice "las", no los suscriptores en general-). Bajo él, sestea un individuo con pantalones bridges y a su derecha dos parejas, ellos con gorro marinero, se disponen a tomar la comida; ellas muy recatadas y el pollo del extremo pendiente de una espigada chacha con delantal que parece llevar una cesta de comida que saca del automóvil que hay a sus espaldas y al lado de la motocicleta con sidecar que seguramente han empleado las parejas mencionadas.

Luego encontramos a una familia con mesa bien puesta, sorprendida por la gamberrada que hace con el disparo de tapón de champán su hijo mayor. A la espalda de éste un solitario excursionista saca la pitanza de la mochila.

Tras él, un orondo matrimonio se prepara a degustar lo que llevan en la cesta de merienda, observados atentamente por el perrito (¿Tresky?) que espera que algo le caerá.

Siguen unos muchachos haciendo alpinismo por el talud de la playa, otro derrengado excursionista y una pareja en la que él empina el codo directamente de la botella mientras la mujer muestra gesto de aburrimiento. Detrás, unos ilusos se apoyan solidariamente para sacar del agua un minúsculo pez que se les antoja Moby Dick y de cuya captura seguramente darán cumplida y exagerada noticia en el trabajo, el lunes.

Una breve y empinada cuesta da paso a una elegante joven con pamela y amplia falda-pantalón, con botella y bocadillos y a dos bañistas que se retiran, cubiertos con albornoz. A la izquierda del borde de la playa, dos señoras con aspecto de hermanas talluditas, dan buena cuenta de una botella de champán y algo dispuesto en un plato.

Ya en la playa, desde la punta, extremo derecho, vemos alguna sombrilla con gente reposando o en pie, una alucinante escena de chacha con delantal y cofia sirviendo asado a un orondo señor que se sienta al lado de un cubo con champán en su interior que se está refrescando, un hirsuto caballero gozando de la comida en el umbral de la caseta de lona, una gentil señora refrescando a base de españolísimo botijo al repantingado caballero, que seguramente es novio, porque el marido se habría puesto como una pantera ante la bromita.

Mucha comida y mucha bebida
Sigue otra caseta de lona con una feliz familia afanada en comer y que simultánea el porrón de vino con la botella de champán, detrás una pareja con aspecto de mortal aburrimiento y, ya en el ángulo inferior izquierdo, una familia numerosa, con cesta de comida, nene de papilla, jovencita de falda-pantalón, un par de zánganos libando y una señora gorda con aspecto de suegra al lado de un joven con cara de bobo, que debe de ser el hijo soltero.

Tres jóvenes se asombran de la langosta recién atrapada y, por fin, ya siguiendo el límite de las olas, un trío familiar se afana en la comida, provisto incluso de termo para la bebida.

Hay dos comunes denominadores en toda la escena: mucha comida (12 cestas y fuentes) y mucho champán (ocho botellas) que seguro que era cava. La felicidad a través del ocio y del piscolabis; algo que seguramente en ese momento era el deseo insatisfecho de la inmensa mayoría de la sociedad española. Un bello sueño.

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