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A mesa puesta

Restaurante El Rincón de Talamantes: brasa, horno de leña y una cocina amable

La brasa y el horno de leña consiguen sacar la esencia de los productos que se trabajan. Es lo que a diario logran en este restaurante con el ternasco de Aragón y el cochinillo, dos de sus productos estrella.

Alejandro Toquero. Zaragoza Actualizada 03/07/2013 a las 14:48
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Ángeles, Rafael, Mercedes y María Jesús, en El Rincón de Talamantes.AF

A veces, da la impresión de que son mayoría los asadores típicos aragoneses que se concentran en la Zaragoza más céntrica, allí donde el cliente de trabajo o de negocios y el turista ocasional tienen más fácil acceder a esta oferta gastronómica. Pero en la periferia también hay vida y el rincón que en esta ocasión se acerca es un buen ejemplo. Responde su nombre al de un pueblo del Moncayo, Talamantes, de cuya belleza da fe la enorme fotografía que se puede contemplar en el exterior del establecimiento

En Talamantes tienen sus raíces las dos hermanas que se encargan de los fogones, María Jesús y María Ángeles Morera, que hace cuatro años decidieron volcar en este proyecto sus más de 25 años de experiencia hostelera. Lo hicieron en la margen izquierda de Zaragoza, junto a la Azucarera, en un barrio joven alejado del turismo y de las comidas de empresa, pero, al mismo tiempo, a escasos quince minutos andando de la plaza del Pilar.

Su propuesta gastronómica es como su modelo de negocio: familiar y cercano; una cocina tradicional y amable que encuentra en productos muy concretos y en un horno de leña los ingredientes necesarios y suficientes para expresarse con rotundidad. El ternasco de Aragón es, sin duda, una de sus señas de identidad, con la paletilla como la pieza más visible. Se presenta sobre una cama de patatas y la ración, si antes ha habido un par de centros en la mesa, es más que suficiente para dos personas.

Cochinillo y codillo comparten protagonismo con el ternasco en el horno de leña, mientras que la brasa es la otra posibilidad para el resto de las carnes: solomillo y entrecot de ternera, chuletón y costillas de ternasco. Estos productos, si el cliente lo desea, se acompañan de una piedra caliente para que los pueda terminar de hacer a su gusto.


Para empezar

Los entrantes responden, igualmente, a conceptos muy tradicionales y la mayor innovación tal vez llega de la mano de los carpaccios de solomillo de ternera con queso de oveja y de bacalao. Por lo demás, las alcachofas naturales salteadas con jamón ibérico y foie merecen una nota muy alta, y de la media docena de ensaladas que hay en la carta, la templada de perdiz escabechada y piñones es una de las más sugerentes y atractivas.

La tradición vuelve a hacerse un hueco a la hora de hablar de otro de los platos estrella de la casa: los caracoles a la brasa. Sal, aceite de oliva, pimienta… y algún ingrediente secreto más para dar con una receta de la que seguro van a disfrutar los muy aficionados a los moluscos gasterópodos. En estos momentos no aparece en la carta uno de esos platos que ha dado que hablar en este peculiar rincón: el rulo de manitas de cerdo deshuesadas con salsa de boletus, pero seguro que algún día regresa. En cuanto a los pescados, la oferta no es muy amplia y se ciñe a los dos o tres que el mercado y la temporada ofrecen en mejores condiciones.


Menú diario a 10,50 euros

El precio medio de la carta está entre 30 y 35 euros, en función del vino. Uno de los caldos que aparece como referencia estrella es el Borsao Tres Picos 2011, una apuesta segura que encaja perfectamente con las carnes asadas o preparadas a la brasa. El Rincón de Talamantes también ofrece a diario un menú por 10,50 euros, mientras que el del fin de semana cuesta 19.50. En él , de alguna forma, se ha querido expresar la esencia de la carta pero en raciones más pequeñas, de forma que pueden aparecer la paletilla de ternasco o el entrecot.

En fin, que en una ciudad como Zaragoza también hay que prestarle atención a la periferia y tenerla en cuenta, no solo como una opción para los vecinos más cercanos, sino también como una posibilidad para el resto de la ciudad. En este tipo de escenarios, un poco alejados de la Zaragoza más ruidosa, uno tiene la sensación de que se disfruta de la comida de otra forma, más pausada, como si el tiempo y el reloj avanzasen más despacio.


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