LOS expertos, los organismos y los mercados internacionales expresan una desconfianza creciente hacia la economía española. La equiparación con Grecia es, sin duda, injusta, pues el potencial de España es muy superior en todos los aspectos —desde el geográfico al tecnológico— y la situación de sus finanzas públicas, aunque mala, está muy lejos del marasmo griego; baste considerar al respecto el peso relativamente moderado, aunque en aumento, de la deuda pública sobre el PIB. Sin embargo, la posibilidad de un contagio de la crisis griega resulta cada vez más verosímil y los acontecimientos en los mercados financieros pueden evolucionar desfavorablemente con una extraordinaria rapidez. La fortísima caída sufrida ayer por el Ibex no puede dejar de relacionarse con las alarmadas advertencias de los últimos días procedentes del FMI o de la Comisión Europea. El problema de fondo es que si la desconfianza hacia España se instala en los mercados, el coste de financiar la deuda se incrementará, lo que podría a-_proximarnos a una espiral sumamente peligrosa en la que el control del déficit sería muy difícil. Restablecer la credibilidad internacional de la economía española es una urgente prioridad. Pero para demostrar que España es un país ‘serio’ es indispensable que su Gobierno actúe con seriedad y que sepa capitanear con firmeza y convicción las reformas necesarias.