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Opinión

¿Es el carbón el futuro?

No tiene sentido mantener la producción de energía eléctrica a base de quemar carbón, cuando hay alternativas más baratas y que generarían más desarrollo.

Fernando Ferrando, vicepresidente de la Fundación Renovables Actualizada 11/08/2016 a las 11:06

El pasado 4 de agosto, en una reunión de los socialistas turolenses, se exigió la puesta en marcha de medidas que hagan viable el funcionamiento de la central térmica de Andorra, de 1.050 megavatios (MW), que funciona en base al consumo de lignito extraído en la zona y que sin ayudas no es capaz de generar electricidad con costes similares a como lo pueden hacer otras fuentes de energía. En la reunión se llegó a solicitar la declaración de interés general y de utilidad pública de la central térmica, como única vía de salida para el desarrollo de la comarca, identificando como culpable al Partido Popular por no disponer de un marco de actuación.

Al Gobierno del PP se le puede reprochar no adoptar soluciones, de hecho es su práctica energética habitual: las cosas o se arreglan solas o se pudren. Pero no se le puede reclamar un posicionamiento a favor de los combustibles fósiles, ya que ha sido su línea ideológica en materia energética frente a otras opciones como las energías renovables.

Efectivamente, el Real Decreto 134/2010 establecía un marco de actuación de apoyo al carbón nacional, con el reconocimiento de un precio tasado hasta final de 2014, que permitía generar electricidad a precios muy por encima de los que fijaban otras alternativas. De hecho, para el caso de Andorra este estaba en 64 euros por megavatio hora, un 30% más que el precio medio del ‘pool’.

La cuestión a analizar es si la quema de un carbón económicamente no rentable y, como todos, contaminante, por mucho que sea autóctono, es la actividad en la que se debe basar el futuro de una región; o si se deberían buscar otras alternativas que garanticen no solo la actividad laboral y empresarial, sino que esta sea sostenible y pensando en el futuro. Bajo mi punto de vista, la región tiene posibilidades mucho mejores que apostar por una actividad sin futuro y no sostenible, basada en la necesidad de subvenciones para que sea factible; y estas deberían llevarse a cabo analizando las posibilidades inherentes a la zona.

En primer lugar, la región tiene un potencial eólico contrastado y capaz de generar energía eléctrica a precios muy inferiores a los que la central de Andorra ha estado haciéndolo en base a quemar lignito. El cierre de la central debería dejar una capacidad de evacuación importante, más de su potencia nominal de 1.050 MW, que se podría aprovechar en la instalación de parques eólicos.

Las dos principales empresas que sustentan la actividad de la central de Andorra, Samca como concesionaria y explotadora de las minas y Endesa como propietaria de la central, tienen importantes intereses y experiencia en el desarrollo de la energía eólica, en el primer caso a través de su filial Molinos del Ebro y en el caso de Endesa, potenciada desde la adquisición de la capacidad de generación de electricidad con energías renovables hasta ahora propiedad de forma mayoritaria de Enel Green Power. De hecho, Endesa debería incrementar su presencia en energías renovables, ya que su 7% de cuota está muy por debajo de su posicionamiento en el mercado.

Esta apuesta de instalar más de 1.000 MW de eólica, en la que participaran Endesa, Samca u otros agentes, debería llevar consigo el desarrollo de una industria auxiliar asociada que generaría más empleo que el que ahora depende de la central y de las minas. Por otro lado, la existencia de la central de Mequinenza y de otras iniciativas hidroeléctricas convertiría al complejo regional en un elemento de gestionabilidad interesante. Alguien puede pensar que apostar por la eólica es un elemento nuevo a solicitar a un Gobierno que siempre ha estado en contra, pero no hay que olvidar que de la planificación estratégica del 2013 al 2020 faltan 6.500 MW eólicos, que todavía no se han ejecutado y que deberían aprovechar zonas de alto potencial eólico y con capacidad de evacuación, como la zona de Andorra.

Además, la apuesta por un plan de recuperación medioambiental en base al desarrollo silvícola de la región, utilizando por supuesto especies autóctonas, debería ser un elemento de referencia para generación de valor. Situación que debería llevar consigo un plan específico de dedicación de apoyos de ámbito comunitario y de una política fiscal que sea capaz de dar viabilidad a una inversión con un carácter social de largo plazo y que tanto nos hace falta en España.

A estas dos iniciativas habría que añadir el potencial de emprendimiento demostrado por la región, capaz de poner en valor pequeñas iniciativas, muchas de ellas de carácter individual, que han convertido a Teruel en una referencia. El esfuerzo de recuperación social y medioambiental que Teruel ha llevado a cabo en muchos de sus pueblos, pensando en el futuro y ofertando disfrutar de una naturaleza aunque dura muy atractiva, no se puede hacer coexistir con la quema de carbón.

No se puede pensar en el futuro apostando por mantener un pasado en base a la reclamación de ayudas continuas de una actividad nociva, sino intentado aprovechar los recursos sostenibles, en este caso energéticos, que la región tiene.







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