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LUTIERES

Los talleres que dan vida a la música

GUILLERMO ARAGÓN| Actualizada 09/07/2010 a las 20:38     0 Comentarios

    En la provincia de Zaragoza todavía quedan personas que se dedican a fabricar de manera profesional desde gaitas hasta tambores, pasando por dulzainas, violines, clavicémbalos y zambombas. Practican una profesión casi romántica que corre peligro de desaparición.

    Convierte trozos de caña en gaitas de boto, dulzainas aragonesas y chiflos. Una vez, hasta creó un pito estilo indio americano que le valió un tratamiento dental gratuito. Nacho Martínez lleva más de diez años ejerciendo de lutier, siempre de forma artesanal. Cuenta que de niño no soñaba con este trabajo, en el que comenzó por casualidad, pero que hoy le gusta tanto que hasta le ha contagiado la pasión a su hijo: "Es el único crío que de mayor quiere tallar flautas".

    Nacho es uno de los pocos lutieres que ejercen en Aragón, donde solo hay registrados seis lutieres profesionales."En el Bajo Aragón se especializan en tambores, pero ahí todo es más informal", explica Javier Sierra, el único de la provincia zaragozana especializado en la percusión. Su fábrica, Crisvier, exporta bombos, cajas, timbales y parches desde 1985. "El 80% de las cofradías aragonesas tienen instrumentos míos", comenta.

    Él lleva más de 40 años en este negocio. Antes de tener su taller trabajó en la fabrica de Mariano Biu, "una compañía pionera en el mundo musical de Zaragoza", ya que varios de los que estuvieron allí montaron sus propios talleres. "Ellos ya no fabrican, solo venden. Y puede decir que ahora son clientes míos", afirma Javier, que administra su empresa junto a su esposa, Cristina Campos. Hoy en día, distribuyen cerca de 500 instrumentos por toda la península. Incluso han enviado algún bombo a Guinea.

    La crisis
    En los últimos años, la crisis ha reducido las ventas de Crisvier en un 15%, porque la gente no "puede darse esa alegría, se retienen porque hay que pagar otras cosas". De momento, los parches son el principal insumo de exportación, aunque también les va bien con la venta de pequeñas piezas (en Aragón, solo ellos tienen capacidad para fabricarlas) a otros percusionistas del Bajo Aragón, donde muchas veces el mercado es "más informal", afirma Sierra.

    "Nos pasa a todos los lutieres, estamos acostumbrados, pero nos afecta mucho que alguien decida, por ejemplo, fabricar una dulzaina en su garaje. Nosotros estamos establecidos como empresa, somos profesionales, cualquiera no puede hacer estos instrumentos", se queja Nacho Martínez.

    En su taller, los productos se fabrican basándose en planos y dibujos antiguos, como manda la tradición. "Todo se lo debemos a Mario Gros", dice el lutier, refiriéndose a uno de sus dos socios, que a principios de los noventa recorrió varios pueblos de la comunidad y recolectó información de instrumentos folclóricos.

    Gros, que es ingeniero, dibujó sus esquemas e impartió clases de cómo fabricar los instrumentos que había descubierto. Fue en una de esas clases cuando conoció a Nacho. "Me licencié en Magisterio, pero me gustaba la madera y fui a aprender algo nuevo. Entonces se hablaba muy bien de las gaitas de Mario Gros. Era una cosa muy romántica, casi las fabricaba por nostalgia, y tenía tantos pedidos que hasta había lista de espera", relata el lutier.

    En 1999, ellos dos y Rafael García crearon Tremol Gaitería. Una década más tarde, del taller salen al año unas 20 gaitas, 60 dulzainas, 100 flautas de caña... Todo hecho de forma artesanal.

    De hecho, en sus estanterías se acumulan lijas, trozos de madera, pieles de cordero para las gaitas y muchos instrumentos: desde los más típicos como las zambombas ("Que todos recuerdan, pero pocos compran", en palabras de Nacho Martínez) hasta los de fabricación china, que a veces les sirven de inspiración.

    Según Nacho, su oficio les gusta tanto que no solo se preocupan por vender: "Intentamos investigar y mostrar a todos nuestro patrimonio". Tanto disfrutan que hasta satisfacen encargos que no tienen nada que ver con el folclor aragonés: "Un señor nos dijo que era fanático de los western y que quería un silbato de hueso de águila, como los de los indios en las películas. Le tallé uno y no sabía ni cuánto cobrarle, así que hicimos un trueque. Como él era dentista, me hizo una limpieza dental y me reparó un empaste".

    Javier Sierra, en cambio, sí tiene sus límites bien claro. "He hecho el típico traje de hombre orquesta, pero lo que más me piden son bombos gigantes. Y me he negado varias veces, 80 centímetros de longitud es mi tope. Pedir más que eso es buscar solo el espectáculo, no es un asunto musical".

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