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DEPORTES FIN DE SEMANA

Ridículo ante el Sevilla (5-0)

CHEMA R. BRAVO, desde Sevilla| 24/02/2008 a las 08:19    

Un gigantesco Sevilla goleó al Real Zaragoza con un fútbol desatado y espectacular. Los aragoneses, con una defensa de papel, se metieron dos en el colmo de las desgracias. Diogo vio la roja

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Mlito, brazos en jarra, mira cómo los sevillistas celebran un gol.. ESTHER CASAS Mlito, brazos en jarra, mira cómo los sevillistas celebran un gol.. ESTHER CASAS
Miramos al estado del césped por si había que tirar de las excusas. El tapete del Ramón Sánchez Pizjuán estaba empapado como un bidé, con los charcos en plan traidor, unas veces tragándose la pelota y otras acelerándola. De principio, el campo se inclinaba hacia el lado del equipo local, con músculos más robustos para escapar del pesado fango. Pero no. Las causas del bochornoso partido hay que situarlas en el fútbol puro y duro. Y al Zaragoza ayer le devoraron el fútbol y la dignidad. Lo hizo un Sevilla estratosférico, desatado y renacido. Volcado sobre la espalda de Luis Fabiano, que mordió al Zaragoza los huesos como si de una piraña se tratara y que se llevó el publicitado duelo de tetragoleadores. Diego Milito y Oliveira ni desenfundaron.

Realmente, el Zaragoza se puso a jugar como viene haciéndolo lejos de La Romareda. Marginado de la portería rival, con el pulso tembloroso, el centro del campo fundido de ideas y sin remate. Posiblemente, eso sea lo peor. El afán de equilibrista de Jabo Irureta lo pagan los únicos que funcionaban como la seda. La delantera ha perdido filo y se ha deprimido. Si la intención era arropar la defensa, el despropósito de anoche destroza cualquier argumento.

Queda en favor de los habituales en la muralla la jugada crucial del partido. La lesión de rodilla de Sergio Fernández obligó a Irureta a incluir a Pavón. Hasta ese punto, el Zaragoza contuvo el dominio sevillista con una defensa alineada y sincronizada. Abrigados por el calor de Luccin y Zapater, los dos centrales vigilaron y sujetaron a los pistoleros sevillistas sin problemas de envergadura. El Zaragoza era un furgón blindado. Pero el cambio de centrales lo ametralló. Pavón y Ayala se incomunicaron, y por la rendija abierta en la muralla se coló Luis Fabiano. No conviene nunca descuidar a hombres como él. Por mucho que la noche anterior unos cacos entraran en su casa para levantarle la colección de bisutería. El brasileño recogió un regalo de Navas, le quitó el lazo y subió el gol.

El Sevilla funciona como una olla exprés. Va silbando, lanzando avisos y subiendo la intensidad antes de detonar. Juega tan mecánico y vertiginoso que asusta. Por si le fuera poco, se apoya en un físico descomunal e inagotable que oprime al rival. El gol venía advertido con dos incursiones de Navas, pero la sustitución en la zaga del Real Zaragoza resultó mortal.

Con el Sevilla en ventaja, se rompió el partido en mil pedazos. Bueno, en realidad, se acabó. La defensa agravó sus penurias, abriéndose en canal. Cándidos y sin apenas agresividad, Pavón y Ayala descuidaron de nuevo a Luis Fabiano. El Fabuloso construyó un gol dorado. Recibió, pisó zona peligrosa, vio a César salirle y escogió la sutileza. Levantó y la pelota cayó domada dentro de la portería. Como debía, la incandescente grada del Pizjuán sacó los pañuelos. El Zaragoza estaba reventado, con las tripas fuera.

Delante, con una sobredosis de adrenalina, el Sevilla se agigantó. Tiene dos futbolistas por los que lloramos en Zaragoza. Dos bandas intrépidas, descaradas, afiladas, incontenibles a veces. Navas y Capel son el barrio en fútbol. Pura calle. Desborde sin pausa. El vivo ejemplo de que en los callejones de Sevilla aún ponen los abrigos como postes y se rompen las rodilleras de los pantalones.

Ambos maltrataron al Zaragoza, pulverizando a sus pares, Juanfran y Diogo. Más bien el abuso era colectivo. En el carril de Capel, nació el tercero. También nació el tramo hilarante del Zaragoza, con dos goles en propia puerta separados por la bisagra del descanso.

Ayala se metió el primero después de una zancada de Kanouté. El balón salió rebotado contra el Ratón, quien se resignó a verla marchar. Al poco de salir de los vestuarios, Diogo se tropezó con otra pelota que acabó clavándose en la espalda de César. La jugada venía dudosa por posible fuera de juego, pero lo peor fue ver cómo entraba. Silenciosa y riéndose. Al poco, Diogo, desquiciado por Capel, vio la roja. Con inferioridad, temimos un terremoto mayor.

A esas alturas del partido, comenzando la segunda mitad, el Real Zaragoza había disparado la friolera de una vez. ¡Una vez! ¡Y fuera! ¡Y sin pisar el área! Fue Zapater en un tiro desviado.

Para solucionar lo imposible, Irureta metió a Celades en un intento de aligerar el centro del campo. Pero un muerto ya no late. Matuzalem, por su parte, se hacía un sudoku en el banquillo, con la confianza del entrenador desconectada.

El Sevilla aprovechó para rebajar el ritmo. Quiso gustarse pero sin obviar la defensa transparente que buscaba frenarle. De un lanzamiento de falta lateral vino el quinto. Keita se elevó y cabeceó ante la desesperación de César, quien con dos manos benditas salvó al Zaragoza de salir en la sección de sucesos.

El partido se desinfló, sonó el "Obí, obá" por las gradas, vino la ola y el arbitro, oportuno y preciso, silbó en el 90. Nadie quería ver más. Por fin, el ridículo había concluido.

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