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La comparecencia en el campo de Ander Herrera y Sergio Canales era una promesa de que algo distinto se podría ver en El Sardinero; pero ambos quedaron enterrados en el tremendo gris del partido
Del encuentro de ayer entre Real Zaragoza y Racing de Santander se esperaba más. De entrada cabía, al menos, la esperanza de que se viera algo distinto por obra de Ander Herrera y el joven Sergio Canales, ya futbolista del Real Madrid, y cuya irrupción en la liga de las estrellas ha sido espectacular. Pero ni uno ni otro ofrecieron nada de particular. Quedaron envueltos en el gris del que se impregnó el partido entero, prácticamente desde los mismos orígenes.
El talento fue ahogado por los miedos distintos que camparon por El Sardinero: el miedo mayúsculo a la derrota, el miedo permanente a arriesgar, el miedo ocasional a quedar descubierto en la zona de atrás, el miedo individual a perder el balón, el miedo al miedo... Tanto se encogió el espíritu que se anuló cualquier principio creativo, cualquier posibilidad real de que se cumplieran otros designios.
Los jóvenes sobradamente preparados que aportan luz a uno y otro equipo se perdieron en el laberinto de temores, precauciones y órdenes de que nada se desordenara. Portugal, entrenador del Racing, supo cómo anular a Herrrera, ya jugara en paralelo a Edmilson o por delante del brasileño y Abel Aguilar. Gay, por su parte, le respondió con un movimiento de similar naturaleza: la desactivación de Sergio Canales, que no encontró espacios siquiera cuando tomó la pelota entre líneas. Nunca le cupo levantar la cabeza para escrutar el horizonte y ver donde la mayoría no ve o no lo hace de manera tan rápida. Canales quedó desdibujado.
De alguna manera, la hechura del partido que firmaron Ander Herrera y Sergio Canales fue la prueba convincente de lo que sucedió con el conjunto entero, con la globalidad del encuentro, se viera éste desde la perspectiva local o desde la visitante. Privados Real Zaragoza y Racing de Santander de las aportaciones de sus jugadores más diferentes, el fútbol discurrió metido en un corsé. Al margen de los referidos temores, la sujeción la organizaron otros clásicos frenos del fútbol: el conservadurismo de los entrenadores agobiados por la necesidad inmediata y la tipología dominante en los futbolistas que se utilizan por estos fondos del fútbol de élite.
Mandaron esta vez la disciplina y el orden como argumentos defensivos, como armas con las que impedir que surgiera algo vistoso y de interés. Brotó, así, del césped de El Sardinero un encuentro rebajado, con más emoción contenida que jugadas liberadas de amarras y maromas.
Aun así, de todo ello pudo redimirse Ander Herrera en los últimos minutos si hubiera marcado el gol que tuvo en sus pies, frente a frente con Coltorti, el guardameta suizo del equipo de Miguel Ángel Portugal. El espigado portero, sin embargo, le ganó la partida, el duelo librado en la inmediación, sin distancias ni tiempo. No se dejó sorprender con el túnel concebido por el jugador zaragocista, de la misma manera que cerró con siete candados su portería durante toda la tarde. Allí se abortó el posible momento de gloria de Herrera, que deambuló por el partido en un tono menor.
Murió también en ese mismo momento la opción final y definitiva de un triunfo que José Aurelio Gay deseaba con un canto a la eficiencia, a la suprema eficacia, consciente de las dificultades que entraña el siguiente tramo de Liga. Marco Contini, que siguió la jugada desde la atalaya, en la esperanza de que su labor destructiva fuera refrendada por un fogonazo de inspiración postrero, se dirigió a Herrera en un tono que fue un híbrido de sentimientos recriminatorios y paternalistas.
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