Poco a poco,
Manolo Jiménez va dando con la tecla. Tras seis partidos al frente del
Real Zaragoza, el técnico de Arahal consiguió su primera victoria en el siempre complicado
campo del Espanyol. Tres puntos que supieron a gloria en la sedienta boca de los zaragocistas, que acumulaban 14 fechas sin paladear el siempre dulce sabor del triunfo. Manjar esquivo que permite afrontar la vida con mayor optimismo y energía.
Hasta llegar al punto deseado,
el preparador sevillano tuvo que dar varias vueltas a su libreta de apuntes. Hacer encajar las piezas de un equipo animicamente destrozado y cuyos refuerzos habían llegado, por norma general, faltos de ritmo competitivo. Así, el entrenador blanquillo preparó su pequeña revolución de manera paulatina, al mismo tiempo que, probablemente, descubría el verdadero estado de la plantilla que debe liderar.
Solo tres hombres han permanecido inamovibles en todas las alineaciones que Jiménez ha diseñado a lo largo de sus seis primeros partidos al frente del león rampante.
Roberto, Da Silva y Luis García son sus puntales. Aquellos que siempre han encontrado un hueco en los planes del míster hispalense.
Un portero, un central y un atacante. Todos ellos con experiencia, veteranía, galones y personalidad. Valores importantes para Jiménez, absolutamente necesarios en tiempos de crisis. Junto a ellos, se podría colocar a un cuarto integrante de este selecto grupo, Apoño. Desde su llegada, el malagueño se ha convertido en el hombre clave en el centro del campo aragonés. La manija en la que el técnico delega para llevar el juego del equipo.
Variantes de sistema
A pesar de no contar con ningún tipo de margen de erro,
la irrupción de Jiménez resultó paulatina y constante. Así, en su primer partido, en Santander ante el Racing, no quiso variar los esquemas que, hasta la fecha estaba usando su sucesor. En aquel once formaron gente como Juárez o Meira, hoy fuera del club. Además, apostó por un sistema con bandas que, lejos de funcionar, repudió en su siguiente compromiso.
Tras el encuentro en Cantabria,
el entrenador zaragocista intentó innovar con la implantación de un rombo en el centro del campo y la convivencia de dos puntas en ataque. Fue ante el Getafe y el conjunto mostró una sensible mejoría a pesar de no ganar. En aquel choque, el único fichaje que disponía era Aranda, al que dio entrada en la segunda mitad. La revolución, por lo tanto, debía esperar una jornada más.
Frente al Levante, con Apoño y Dujmovic sobre el verde durante el pitido inicial. Llegar y jugar, quizás el cambio más drástico de los realizados. El equipo volvió a empatar y
la visita al Berbanéu invitaba a realizar pruebas. Así, en la casa blanca, el
Real Zaragoza formó con un 4-3-3. Un sistema con el que también se encontró cómodo y que, encima, le permitió adelantarse en el marcador. Sin embargo, el batacazo sufrido la siguiente jornada, ante el Rayo Vallecano, animó al de Arahal a realizar un nuevo cambio.
Finalmente, el doble pivote, formado por Apoño y Pintér, y la vuelta de las bandas, aunque con jugadores que suelen cortar hacia dentro como Lafita y Edu Oriol, supuso el dibujo de la victoria.
La última vuelta de tuerca en un conjunto necesitado de soluciones rápidas y contundentes.