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Real Zaragoza

El precedente de Calatayud

El último Zaragoza-Alcorcón se jugó en pretemporada en la ciudad bilbilitana.

P. G. Zaragoza Actualizada 21/04/2016 a las 08:44

Esta vez, el último choque entre el Real Zaragoza y el Alcorcón en campo aragonés no es el de la pasada liga, que se jugó a finales de marzo de 2015 en La Romareda y concluyó con empate a uno, con tantos de Willian José y Fausto. Esto es así porque, ambos clubes, que mantienen una buena relación institucional, concertaron el pasado verano un amistoso de pretemporada que cuya disputa se ubicó, en la calurosa tarde del 4 de agosto, en el campo de San Íñigo de Calatayud. La ciudad bilbilitana acogió con agrado un partido de fútbol profesional, llenando los graderíos de su pequeño estadio en un duelo preparatorio que ganaría el Real Zaragoza por 1-0 en los minutos finales.

El gol lo marcó Ortuño, en el minuto 86, tras un grave error en una salida con los pies fuera del área del portero serbio Dmitrovic, que jugaba sus primeros minutos con el Alcorcón y había parado un penalti a Pedro en la recta final de la primera parte. Fue el primer tanto del fugaz ariete zaragocista de esta temporada y, asimismo, la primera victoria estival de un Zaragoza que venía firmando partidos muy espesos con un equipo aún por tener un rostro definido.

El análisis de aquel bolo veraniego de Calatayud ofrece una lectura interesante para ver cómo de exigente y singular es la competición de la actual Segunda División. En aquella jornada de la canícula agosteña, el Alcorcón viajó hasta la ciudad del Jalón con un equipo que va a ser casi el mismo que se podrá observar este domingo en La Romareda. No ocurrirá lo mismo con la formación zaragocista.

Todo porque el perfil y el método de funcionamiento de los alcorconenses se encuentran situados en las antípodas de los criterios bajo los que se rigen las exigencias del Real Zaragoza. Los amarillos del sur de Madrid se mueven bajo el halo de la modestia, de presupuestos recortadísimos en un club con evidentes limitaciones de todo tipo, el continuismo en la plantilla y el cuadro técnico como sostén de un estilo de juego, cuyo objetivo cada año es asegurar cuanto antes la permanencia en Segunda (un premio desde que subieron de Segunda B hace un lustro) y, a partir de ahí, quedar lo más arriba posible en la tabla. El Zaragoza, todo lo contrario. Su registro es el de un histórico del balompié español, con aires de grande en una categoría impropia como es la Segunda, con un presupuesto que es el segundo más alto de la división y con la obligación perenne de recuperar la élite en cuanto le sea posible, mejor hoy que mañana, con el estilo y los protagonistas que sean necesarios en cada fase de la temporada.

Del antecedente de Calatayud hasta nuestros días sale la prueba del nueve de cómo, en las actuales coordenadas de funcionamiento de la Segunda División, tuteladas por la LFP, este tipo de diferencias de filosofía y comportamientos societarios no generan grandes distancias en la clasificación. De hecho, Real Zaragoza y Alcorcón van a jugar el domingo en La Romareda igualados a todo. A 52 puntos, a victorias (14), a empates (10), a derrotas (10), uno 5º clasificado -el Zaragoza- y otro 6º -el Alcorcón- por un minúsculo matiz de diferencial goleador (+5 los aragoneses por +3 los madrileños).

En Calatayud, el Alcorcón jugó con sus clásicos de los últimos años: David Rodríguez, Óscar Plano, Máyor, Rubén Sanz, Chema Rodríguez, Bellvís, Martínez, Toribio, Fernando Román, Fausto, Álvaro Rey... los más nuevos Pastrana, Campaña, Razvan, Nierga. En las gradas de la tribuna de San Íñigo se sentaron Djené y Nelson, aquejados entonces de sobrecargas musculares propias de la precampaña; pero allí vieron el partido de paisano. Solo faltaban por llegar el exzaragocista Natxo Insa y Collantes. El resto, eran el compacto equipo de los últimos muchos meses.

El Zaragoza, sin embargo, en nada va a parecerse al de ese día bilbilitano. En primer lugar, Popovic y Martín González, entrenador y director deportivo de aquella fase inicial del curso, hace ya días que no ejercen en La Romareda. De la alineación zaragocista de aquel bolo de verano, hay jugadores que ya no pertenecen al club: el goleador Ortuño, el japonés Aria Hasegawa o Lolo. Otros, apenas han tenido participación regular durante el año o han visto devaluado su peso específico con la revolución de enero, casos de Alcolea, Marc Bertrán, Rubén, Diamanka... El polaco Wilk vio arruinada su campaña por una grave lesión de rodilla. Otro ejemplo: aquel 4 de agosto, Freddy Hinestroza aún no había fichado por el Zaragoza, como tampoco lo había hecho el lesionado Jaime, que estaba desterrado por el Udinese entrenando en custodia forzosa con el Granada. Álamo aún no había sido pasaportado al Girona, ni Fernández al Oviedo, y entrenaban cada día aunque no jugaban los amistosos para no arriesgarse a frustar su obligado adiós. Solo firmaban autógrafos en la banda vestidos de calle. Por supuesto, como es obvio, los seis refuerzos de invierno -Dongou, Ros, Campins, Lanzarote, Guitián y Culio- ni soñaban aquellas noches de verano con jugar un día en el Zaragoza actual.

El Alcorcón mantiene su cascarón, su carrocería, su interior y sus accesorios fundamentales. Es casi gemelo al de Calatayud de hace ocho meses (y en buena medida, al de hace dos años). Sin embargo, el Real Zaragoza, en estos últimos 240 días, ha sufrido su enésima metamorfosis sobre la marcha en busca de una identidad ganadora, de un ascenso que prima por encima de todo y evita planteamientos tranquilos y planes medianamente estabilizados. Eso sí, al final, con una teoría y su contraria, la desembocadura es la misma. La clasificación lo dice.







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