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Real Zaragoza

Cuando los navarros no dudaban en ser zaragocistas

La peña de Andosilla y su charanga fueron santo y seña de La Romareda durante 20 años, en las décadas de los sesenta y los setenta

Paco Giménez. Zaragoza 18/02/2016 a las 06:00
Artículo de Heraldo dedicado a la Peña Zaragocista de Andosilla, en marzo de 1974, tras un Real Zaragoza 3-Athletic de Bilbao 0.Heraldo de Aragón

En la segunda mitad de los años sesenta del pasado siglo, en plena efervescencia del equipo de los Magníficos, infinidad de aficionados al fútbol de Navarra se fueron haciendo fijos en las gradas de la nueva y coqueta Romareda. Gentes de la Ribera, de Cortés, Buñuel, Ribaforada, Tudela, Castejón, Arguedas... bajaban en el tren o en coches particulares a la mayoría de los espectaculares partidos del gran Real Zaragoza de la época.

El Osasuna, referencia navarra, había jugado en 1963 por última vez en Primera y, tras ese descenso, no aparecería en la élite hasta 1980. Casi dos décadas de deambular por Segunda y, lo peor para los seguidores rojillos, varios años militando en Tercera (entonces no existía la Segunda B). Por ejemplo, en Luchán, a principios de los setenta, se dio un Ejea-Osasuna que batió récord de aforo y taquilla. Si los aficionados de la vecina provincia querían ver fútbol de élite, su lugar estaba en Zaragoza. Y la proximidad de toda la zona ribereña, bien comunicada por carretera y ferrocarril, facilitó las cosas para que así fuera.

De todo ese llamativo y simpático colectivo de navarros zaragocistas, por encima de todos, enseguida destacó la sonora Peña Zaragocista de Andosilla. Un grupo de forofos de esa localidad, entre 25 y 30 cada domingo, se desplazaba con asiduidad en un pequeño autobús coronado en la ventanilla trasera con una pancarta del estilo de la época, que luego lucían en la grada, en la que se leía:

PEÑA DE ANDOSILLA
Antes, ahora, siempre

con el Zaragoza
¡Aúpa Real Zaragoza!


Félix Lipuzcoa era su presidente, su alma máter. Y su charanga, incansable cada tarde, acabó siendo parte indispensable del ambiente del estadio. Sus jotas, sus famosas meriendas en la Tribuna Este (la de la Casa Grande) donde se ubicaban, bajo el Marcador Simultáneo Dardo. También los partidos matinales que jugaban en Salesianos contra otras peñas zaragocistas, antes de comer convenientemente al lado del estadio. Aquello no fue algo fugaz. Luego llegaron los Zaraguayos, desde los principios de los setenta hasta 1977. Y allí estaban los de Andosilla, que arrastraban a otros zaragocistas de la parte navarra hasta La Romareda en busca del mejor espectáculo del fútbol español.

“Eran gente maravillosa, un grupo sensacional. Zaragocistas como el que más. En La Romareda acabaron siendo una institución y se les echó mucho en falta cuando dejaron de venir”, cuenta José Ángel Zalba, presidente del Real Zaragoza en esa fase histórica de los setenta. Los de Andosilla, como otros navarros zaragocistas, cambiaron de costumbres a partir de 1980. El Osasuna subió a Primera y se instaló en ella con arraigo. “Fermín Ezcurra, el presidente osasunista del ascenso, hizo una gran labor para recuperar el cariño de los navarros hacia su club y logró aglutinar a todos casi 20 años después de haber estado en Primera la última vez”, rememora Zalba.

Los de Andosilla y demás navarros que habían tenido su destino en Zaragoza cada 15 días para disfrutar del fútbol de élite, cambiaron La Romareda por El Sadar. Era de sentido común. Todo el mundo lo entendió como normal. Su equipo regional, el Osasuna, ya no era un ascensor entre Segunda y Tercera, como lo sufrieron durante más de década y media. Era uno más de los grandes. “Pero ellos siguieron siendo zaragocistas hasta la médula. A menudo, Eduardo Gil y José Antonio Ruiz Galbe me acompañaban a comer o a cenar a Andosilla en los años posteriores. Y ellos venían a Zaragoza cuando les apetecía. Pero ya sin la charanga y de un modo más calmado”, apostilla José Ángel Zalba.

Las crónicas de los sesenta y de los setenta en el HERALDO DE ARAGÓN dedican numerosas citas a la Peña Zaragocista de Andosilla (como la adjunta, de 1974). Aquello no fue algo cualquiera. Y, con el paso de los tiempos, con la turbidez que ha envuelto en los últimos casi 30 años las relaciones entre el Real Zaragoza y el Osasuna por culpa de una minoría, mal gestionadas por la inmensa mayoría, este tipo de vínculos ancestrales -no tan alejados en el tiempo- asoman en la memoria como un ejemplo de lo que debería ocurrir y no ocurre.







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