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José Luis Abós

Un hombre de la casa

A los 31 años, José Luis Abós cambió su seguridad laboral por el desarrollo de su pasión: convertirse en un entrenador profesional

CARLOS PAÑO 24/10/2014 a las 06:00
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Abós celebra en el Príncipe Felipe con la afición el ascenso a la ACB en 2010.A Photo Agency

En el deporte, importa mucho lo mediático. Se enaltece el ruido y a los ruidosos. Y en ocasiones, esa tendencia conlleva importantes injusticias. Fue el caso de José Luis Abós, un entrenador preparado y fiable, habituado a extraer el máximo rendimiento de sus plantillas, pero que se topó con numerosos obstáculos para triunfar en su tierra. Especialmente porque el técnico, fiel a su carácter discreto, optó siempre por huir de los focos para ceder todo el protagonismo del éxito a sus jugadores. Una actitud admirable, honesta y ejemplar, pero que soportó un pesado lastre en sus inicios en el CAI Zaragoza: le apartó en los primeros años del reconocimiento popular. Los aplausos, las felicitaciones, las entrevistas y los elogios solían tener entonces otros destinatarios. Pese a los méritos contraídos, José Luis nunca ocupaba el centro de la escena. 

Y eso que su trayectoria en los banquillos siempre fue firme, decidida, sin tropiezos ni contrariedades. Ni un solo paso en falso. Ni una sola renuncia a sus principios. Seguramente, porque José Luis tenía una inquebrantable seguridad en sí mismo. Siempre creyó en su trabajo, en su capacidad, en su ideario, en su pizarra, en su intuición, en sus sueños. Por eso un día lo dejó todo, absolutamente todo, para intentar consumar sus ambiciones: convertirse en entrenador profesional.

El punto de inflexión se produjo en 1993. Mario Pesquera, que acababa de firmar con el CAI Zaragoza, había pensado en José Luis para el cargo de segundo entrenador. La decisión resultaba intimidante: debía abandonar su empleo en la General Motors –fijo y bien remunerado– para volcar todos sus esfuerzos en el deporte profesional. Era una apuesta de máximo riesgo. El todo o la nada. Pero José Luis escogió con rapidez. Y escogió el camino menos transitado, el más dificultoso. Y así, a sus 31 años, cambió su seguridad laboral por la inestabilidad de los banquillos, por el desarrollo de una pasión. 

El reto era gigantesco, pero se cimentaba en unas sólidas estructuras. De hecho, José Luis ya había coleccionado importantes éxitos con anterioridad. Como técnico, inició su etapa formativa en las categorías base del CB Zaragoza, donde permaneció durante siete temporadas. Allí, como entrenador del equipo júnior, alcanzó tres finales consecutivas del Campeonato de España, conquistando el título en dos de ellas (1983 y 1984). Más tarde ocupó el banquillo del Ramsés, en la Segunda División Nacional, y se coló en la fase de ascenso. También fue director técnico de la FAB, al mismo tiempo que diría el combinado aragonés infantil, con el que se proclamó campeón nacional en la edición de 1992. 

Un amplio recorrido

Tras abandonar el General Motors, fue ayudante de Mario Pesquera (92-93) y Alfred Julbe (94-95) en la élite, y luego tomó el mando en dos clásicos como el Breogán de Lugo y el Bilbao. También mejoró sus conocimientos como técnico ayudante en la Universidad de Wake Forest, en EE. UU., junto a Dave Odom, y posteriormente guió al Inca –en dos etapas diferentes–, en la Liga LEB, a los mayores éxitos de su historia. José Luis se incorporó al CAI Zaragoza en 2009, cuando el equipo competía en la Liga LEB Oro, y le dio un impulso definitivo al proyecto. Hoy, el equipo aragonés ya es un grande del baloncesto español.

Contracorriente, pese a las dificultades, José Luis se fue labrando una trayectoria sólida, robusta, concluyente, que tuvo su mayor expresión en el CAI Zaragoza. Precisamente en su equipo, en su ciudad, ante su gente. Un exitoso recorrido que, por fin, después de mucho esperar, ya contaba con el reconocimiento unánime de la grada. Había derribado los prejuicios ajenos. Lo merecía. 

Ayer falleció, a los 53 años, víctima de una larga enfermedad; pero permanecerá por siempre en el corazón de los aragoneses. José Luis, el que siempre huyó del ruido y de los ruidosos, se ha convertido en leyenda. 
 







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