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Montañismo

La vida, a 2.200 metros

Aragón cuenta con una de las redes de refugios más numerosa y mejor preparada del país. Son establecimientos donde los servicios de hostelería se dan la mano con la pasión por la naturaleza y desencadenan un sinfín de historias de amistad y respeto

J. F. Losilla Eixarch 08/10/2014 a las 06:00
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Luis Muñoz, uno de los guardas titulares en el refugio de Góriz.

La visita organizada esta semana a las obras de construcción del refugio de Cap de Llauset, en el macizo de la Maladeta, que con su inauguración prevista en 2016 será el techo –a 2.400 metros– de este tipo de instalaciones en la Comunidad, ha situado el foco de la actualidad en estos establecimientos en los que pernoctan anualmente más de 70.000 personas y donde muchísimas más encuentran ayuda e información. 

Cap de Llauset enriquecerá la notable red aragonesa de refugios de montaña, que ya cuenta con dieciséis recintos, uno en la provincia de Teruel (Rabadá y Navarro) y el resto en el área pirenaica (Ángel Orús, Bachimaña, Biadós, Bujaruelo, Casa de Piedra, Estós, Gabardito, Góriz, La Renclusa, Linza, Lizara, Pepe Garcés, Pineta, Respomuso y Riglos). 

La primera premisa para acercarse a este particular mundo es dirimir qué es un refugio. Sergio Rivas, responsable del Comité de Refugios de la Federación Aragonesa de Montañismo (FAM), despeja las dudas: "Es una instalación deportiva que se rige en la rama legal de la hostelería. Allí no solo se duerme y se come. Es un punto de ayuda e información en las zonas de montaña. Proporciona seguridad y tranquilidad a todos aquellos que practican cualquier tipo de actividad".

Rivas destaca el altísimo nivel de Aragón en este capítulo: "Desde hace muchos años se ha llevado a cabo un gran esfuerzo de financiación para ampliar la red y mejorarla. Desde la depuración de aguas a la utilización de energías renovables, pasando por los servicios de bar o las telecomunicaciones. El nivel es muy alto". 

Las figuras fundamentales en el funcionamiento de los refugios son los guardas titulares. Ellos son los encargados de que el engranaje discurra con eficiencia y para disfrute del consumidor. "Hay entre dos y cuatro guardas en cada establecimiento. Las plazas las sacamos a concurso en la FAM. Se encargan absolutamente de todo: de la comida, de la recepción, del mantenimiento... Saben un poco o un mucho de todo. Manejan aparatos de generación eléctrica, preparan la comida... Y desde hace tres décadas toman los valores meteorológicos diariamente, con los cuales se confeccionan, por ejemplo, los partes de aludes", concluye Rivas. 

Los actores principales

Los guardas se erigen en los actores principales e imprescindibles de esta cadena. Día tras día, gestionan las demandas de huéspedes y visitantes, se enfrentan a nevadas e inclemencias y sortean cuantos desafíos les plantea el medio que les rodea. A más de 2.000 metros de altura y clavados en la montaña, la vida discurre a otro ritmo y se rige por otras normas. Lo suyo es más que un oficio para tornarse en una pasión desbocada.

Luis Muñoz, madrileño de 40 años, trabaja en Góriz, uno de los refugios más emblemáticos y veteranos –ha superado el medio siglo de existencia–. Su relato vital resulta revelador. "Yo trabajaba como operador informático en el Ayuntamiento de Madrid, concretamente en el control del tráfico. Pero un día, hace ahora 15 años, decidí abandonar aquello e instalarme en Benasque. No me gustaba la vida en la ciudad. Paulatinamente entré en contacto con los refugios y terminé descubriendo que me encantaban. Ha sido la mejor decisión que he tomado. Me siento muy realizado. No tiene precio abrir la puerta y contemplar la mágica naturaleza que me rodea", comparte.

Muñoz detalla cómo es su quehacer cotidiano: "Aquí no te aburres. Hay mucho volumen de trabajo. Se crean unas relaciones muy especiales con los compañeros por todo lo que compartimos. El verano es nuestra temporada alta y no paramos ni un segundo. Es imposible disponer de un rato libre. Atendemos a los huéspedes, arreglamos cualquier avería y facilitamos información sobre rutas o el tiempo. Nunca falta un consejo si es preciso. En general, la gente es muy agradecida". 

El panorama es antagónico en invierno: "En los meses de frío viene muy poca gente. Muchos días estamos los guardas solos. Pero procuramos mantener la actividad, una rutina para no quedarnos parados. Tras acometer las labores de mantenimiento, salimos con los esquís. Si hace mal tiempo, charlamos alrededor de la estufa, leemos o jugamos al ping pong ya que contamos con una mesa". 

Las reducidas dimensiones del refugio alimentan también el contacto entre los visitantes, generando un ambiente de camaradería. "Los espacios son pequeños y los clientes comen juntos en las mesas. Pese a que no se conocen, rompen el hielo y hablan largo y tendido, la mayoría de veces sobre la montaña. Algunos incluso se intercambian los teléfonos y se crean amistades", prosigue Muñoz. 

La alimentación es uno de los servicios más demandados: "Ofrecemos desayunos y almuerzos. Pero lo más contundente son las cenas. Hay un menú cerrado y copioso. Por ejemplo, hoy consta de garbanzos, ensalada, lomo y natillas. Varía cada día y no nos olvidamos de los celíacos ni de los vegetarianos. También disponemos de bolsas de pícnic con bocadillos y chocolatinas para pasar el día. Eso sí, nuestro plato estrella son los huevos fritos con jamón. Es habitual que haya gente que suba la pradera exclusivamente para degustarlos. Tras dar buena cuenta, vuelven a bajar". 

El refugio más antiguo

Antonio Lafón, de 59 años, es historia viva de los refugios. Una vocación heredada por vía familiar. Es uno de los encargados de regentar La Renclusa, ubicado en el valle de Benasque, a los pies del macizo de las Maladetas y el pico del Aneto. Es el establecimiento más antiguo de Aragón. En 2016 soplará las velas de su centenario.

"Con 14 años, ya acompañaba a mi tío, Antonio Lafón Torrente, y le echaba una mano en lo que fuera menester. Solía escaparme por el monte. Aquella era otra época, otro mundo muy diferente. En otoño cortábamos leña porque no había estufas de butano. Subíamos las cargas sobre los mulos, a los que debíamos saber herrar. Tienes que saber de todo un poco. Esto no es un trabajo, sino una filosofía de vida. Soy montañés de pura cepa y estoy muy orgulloso de ello", rememora. 

Lafón realiza una desprejuiciada declaración de amor a la naturaleza y a su profesión, dos conceptos que se fusionan irremisiblemente: "Somos de otra raza, como los pastores. Un refugio no es un hotel ni un albergue ni nada que se le parezca. Al menos como lo entiendo yo. Es una suma de momentos y de situaciones que se llevan a cabo. Desde las charradas que surgen con los visitantes hasta los consejos que damos, pasando por las setas que recolectamos y que cocinamos. Compartimos experiencias y sentimientos, sabores y olores. La riqueza de las montañas es inacabable y emocionante. Supone un cambio de chip para aquellos que vienen y lo prueban. Escapan de las rutinas a las que están acostumbrados. Para comprenderlo hay que vivirlo en primera persona. No queda otra". 

Un vínculo que se robustece con el paso del tiempo: "Hay clientes de toda la vida. Antes venían solos o con amigos y ahora lo hacen junto a sus hijos y cónyuges. El nexo de unión es el amor por la montaña".

El más nuevo

Si La Renclusa devora su gozosa ‘vejez’, Ibones de Bachimaña saborea su ‘infancia’. Ubicado en la misma antesala de todo un conjunto de circos de origen glaciar, fue inaugurado el 12 de julio de 2012. Unas instalaciones casi de estreno de las que se ocupa, entre otros, Segis Martínez. Este zaragozano de 56 años había participado, a través de Prames, en la construcción y reforma de varios refugios, como Ángel Orús, Respomuso o Góriz. 

"Siempre me había apasionado la montaña y quería saber lo que se sentía en un refugio. Me presenté a una convocatoria y obtuve una plaza de guarda en Casa de Piedra. De eso hace ya 16 años. No me arrepiento para nada. Hacemos turnos de 15 días, pero la alegría que me inunda cuando salgo al exterior y veo el paisaje, es indescriptible", confiesa. Un entusiasmo que comparte con su esposa, María Ángeles –también guarda–, y sus dos hijos. 

Martínez vende las bondades de Bachimaña: "Es un refugio recién construido y eso se nota. Es muy cómodo, está perfectamente preparado para cualquier contingencia y tiene lujos como el agua caliente". 

Un espacio privilegiado donde resplandece el factor humano, el auténtico tesoro que encierran sus paredes. "Recibimos a 6.000 personas en 2013 y en 2014 vamos a superar la cifra. Cada visitante es especial. Vienen de muchísimos puntos del mundo: australianos, japoneses... Es una delicia sentarse en las mesas y que se desencadenen conversaciones, en su mayoría batallitas en el monte. Resulta muy enriquecedor para todos. El trato es gratificante y te ayuda a superar las dudas o los malos momentos, que los hay", remata Martínez. 
 







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