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LA RECOMENDACIÓN

Gino Rubert, el pintor de 'Millenium'

Publica en Errata Naturae la novela ‘Apio. Notas caninas’, que narra la relación de un pintor de marinas con su perro ciego.

ANTÓN CASTRO Actualizada 06/10/2011 a las 12:42
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Gino Rubert en una imagen de archivoHA

Gino Rubert (México, 1969) lleva muchos años en el mundo del arte. Ha estudiado en Nueva York y en Roma, ha acudido a las ferias de Arco y alcanzó una mayor fama cuando Destino, a través de la editora aragonesa Silvia Sesé, lo llamó para ilustrar las portadas de la trilogía ‘Millenium’ de Stieg Larsson. Silvia Sesé conocía su trabajo, especialmente sus ilustraciones de ‘Salomé’ de Óscar Wilde, y optó por sus pinturas inquietantes, de “belleza molesta” para unos, de “hermosura inquietante e siniestra” para otros. En realidad, Gino Rubert había hecho algunas pruebas del rostro de su novia de entonces, Tamara Villoslada, y las entregó. Eso incrementó su proyección y fijó el foco de atención en un artista personalísimo que habla de lo que intriga, de lo que no vemos, de lo que hay en la trastienda de lo bello o de lo que hay más allá de lo perceptible en “la mujer nueva”.

Pero Gino Rubert es más que un pintor, fascinado por Ángeles Santos y por Ponce de León, y por algunos surrealistas como Maruja Mallo o Frida Kahlo y los expresionistas alemanes: también es escritor. Un escritor transgresor, desconcertante, al que le interesan esos personajes un tanto extremados, marginales, que parecen enfermos de indiferencia o de rareza, y el humor negro. Emplea el humor negro especialmente.

Gino Rupert, hijo de Xavier Rubert de Ventós y de Magda Catalá, publica en Errata Naturae un libro muy especial: ‘Apio. Notas caninas’, donde narra la extraña vida del pintor José Alfredo Dorantes, artista de marinas apasteladas que expone en Puerto Banús. Tiene una especial relación con su perro Apio (Apio Onix Donrantes le tocó en una tómbola), al que el gato acaba de dejar ciego. Apio lo entiende todo; dice el pintor: “Cuando me escucha hablar de cosas profundas o intelectuales, Apio se echa eructos y refunfuña hasta que me callo”. Y también añade: “Desde un punto de vista social, Apio siempre se ha comportado con una corrección casi humana”.

José Alfredo tiene muchos más problemas: lo abandona su mujer Eulalia (de quien aprendió que “el mal también puede hacerse a conciencia”) y le deja un hijo Vania, se le muere la criada Nuna, que tiene un vínculo extraño con el animal ciego (suele lamerle en la cocina la entrepierna), conversa con su abuela, que habla mucho en inglés. Además, para complicarse un poco más las cosas, reaparece en su vida uno de sus antiguos e imposibles amores, Victoria, que acaba de quedarse viuda. Y aún aparecerá Katia, una maestra del kamasutra.

Y lo peor de todo es que reaparecerán un sinfín de fantasmas y amenazas: su primera mujer le manda a sus abogados; Minerva, la hija de Nuna, lo acusa de asesinato; la policía lo persigue también; un vecino antaño apacible también desconfía de él. El libro se va volviendo un tanto delirante y deriva hacia la acumulación de muertes violentas. ¿No será el pintor sosegado un asesino en serie? Como artista a Victoria tampoco la seduce en exceso. Dice el artista: “Ella quiere acción, imágenes, dice, que le remuevan las vísceras y la transporten a un estado de silencio interior tal, que puede escuchar como la sangre se desliza por sus venas”. José Alfredo, el dueño pertinaz del perro Apio, tiene un padre que es un profesor muy promiscuo y que siente debilidad por sus alumnas. Ya se ve: la vida no le da tregua al protagonista.


Apio. Notas caninas. Gino Rubert. Errata naturae. Madrid, 2011. 140 páginas. Presentación del libro esta tarde, a las 19.30, en la FNAC.







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