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Frío de piedra

MIREYA GARCÍA GRACIA| 23/04/2010 a las 06:00     1 Comentarios
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Al amanecer, el verde bostezo de las hojas parecía despertar al resto de las tonalidades. Los bancos rompían con el color verdusco del recinto, acotado por secuoyas que proyectaban su sombra sobre el terreno. El estanque estaba vacío. Hace tiempo solía retirar las hojas secas que se acumulaban dentro y desde ahí, apoyada en el muro de piedra, observaba el jardín.

Había plantas de color verde oscuro, como el té. Otras eran más claras, como el aguamarina. Y algunas se teñían de rojo, un rojo cálido que las protegía del frío viento otoñal.

Cuando las malas hierbas ya no cabían en la carretilla, las quemaba en una hoguera, como hice aquel día gélido del año pasado. El fuego llegaba a la altura de mi cara. La dama de piedra se iluminaba con las llamaradas rojizas y anaranjadas que, de vez en cuando, se mezclaban con fogonazos azules y parecía, entonces, moverse bajo su parasol. La majestuosidad del fuego alumbraba el cielo y encubría el color pardo del campo monegrino. Esa luz viva y el silencio de la noche, ultrajado por el crujir de las ramas quemándose, me hacían sentir bien. Cerré los ojos para notar el calor y, al volver a abrirlos, la mujer de piedra había bajado del pedestal y estaba ante mí.

"Tengo frío", me dijo. Tuve miedo. Me quedé muda. Retrocedí arrastrando los pies, para alejarme y poder perderme en la oscuridad.

"Tengo frío", repitió. Y entonces choqué contra algo a mis espaldas. El hombre de barro, otra de las estatuas del jardín, también había bajado de su peana. Intenté escapar por la parte norte de la villa pero por allí se acercaban los gemelos de bronce y el ángel custodio. Entonces recuperé la voz y di gritos de auxilio. Todas las figuras inertes vivían y venían hacia mí, muy despacio, en busca de calor. Un perro de escayola fue quien me cogió por la falda y no me soltó hasta que llegaron los demás. Hoy no sonrío. Todo es gris, frío, como las escamas de un pez debilitado. La vida sobre esta tarima de piedra caliza está muerta, como el suelo de esta tierra de Los Monegros que se resquebraja.

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1 Comentarios
  • #1 Quintin 23/04/10 09:44

    ¡Magnífico relato! Sobrio, contundente, de ritmo y tensión creciente.Enhorabuena a la autora.

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