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SOLEDAD PUÉRTOLAS, ESCRITORA

"Si entro en la RAE me parecerá magnífico y si no, sigo como estoy" <br />

El jueves los miembros de la Real Academia de la Lengua deciden el ingreso o no de la autora de 'Todos mienten', que opta al sillón 'g', que dejó vacante el científico Antonio Colino.

ANTÓN CASTRO. Zaragoza Actualizada 24/01/2010 a las 21:47
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La escritora Soledad Puértolas, ayer, en su casa de Madrid.ENRIQUE CIDONCHA

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Con qué ánimo recibió la noticia de que José Antonio Pascual, Luis Mateo Díez y Carmen Iglesias la proponían para ingresar en la Real Academia Española?

Me quedé muy sorprendida. Luis Mateo me llamó un jueves y creí que me iba a comentar algo sobre un premio literario del que los dos hemos sido jurado. No puedo recordar muy bien qué le dije.

 

¿Había soñado o anhelado esta posibilidad?

La verdad es que no se me había ocurrido en serio, cuando alguien me lo comentaba no lo consideraba mucho. Siempre me he dicho que cuando este tipo de cosas sobrevienen, pues estupendo, pero es mejor no darles muchas vueltas.

 

Conociendo su ánimo sosegado, su inclinación hacia la vida oculta, ¿padece ansiedad o está como quien se enfrenta a un examen?

Por fortuna, es un proceso que tiene un buen ritmo. Me lo comunicaron antes de las navidades y ya se sabe que este período te ofrece muchos motivos de ocupación. El jueves se sabe: todo está sucediendo deprisa. Pero no estoy segura de que mi ánimo sea tan sosegado como dice. Llevo este asunto con cierta tranquilidad, porque, si entro a formar parte de la Academia, me parecerá magnífico, y, si no consigo el número de votos necesario, pues sigo como estoy.

 

¿Ha significado algo especial para usted la Institución, que dirigieron paisanos como Laín Entralgo, Manuel Alvar, Lázaro Carreter?

Seguramente, la Academia es para mí lo que es para todo el mundo, la institución que se ocupa de la lengua. Produce un gran respeto. De las personas que cita tuve oportunidad de conocer a las dos últimas, tenían un trato muy llano y agradable, resultaban muy cercanas.

 

Pensemos lo mejor, ¿sobre qué versará su discurso de ingreso?

Creo que hablaría del Quijote, de ciertos personajes secundarios. Me buscaría una buena compañía para ese momento, la mejor.

 

¿Recuerda cómo era su primer diccionario?

Recuerdo, naturalmente, los diccionarios, tan usados, tan gastados, de mis tiempos escolares. La sensación que daba ese tomo grueso de tapas duras era de ayuda, el diccionario era algo que te sacaba de apuros, que te aclaraba las cosas.

 

En aquellos días de joven escritora, ¿quién guiaba sus pasos?

En los años escolares leía mucha poesía. Los romances, las coplas, Garcilaso, Bécquer, la generación del 27, Cernuda, Juan Ramón Jiménez. He tenido muy buenas profesoras de literatura, algunas de ellas monjas, otras, profesoras contratadas. Por otra parte, creo que ha sido Baroja -adquirí poco a poco sus obras completas en Biblioteca Nueva- el escritor que me empujó más en los primeros momentos. Me sedujo su naturalidad, esa sensación de que se movía a sus anchas por sus narraciones.

 

Siempre se define como una escritora de escenarios, de miradas, de atmósferas, y esa concepción está vinculada a Zaragoza...

La vida te va aportando sensaciones nuevas y todas van dejando su huella en lo que eres y en lo que escribes, pero, sin duda alguna, los primeros escenarios de Zaragoza, donde se produjeron las primeras sensaciones, se guardan en un lugar especial de la memoria.

 

¿Cuál ha sido tu relación con las palabras?

Las palabras son mi instrumento. Están allí, a disposición de todo el mundo, pero cuando las usas tú son tuyas, puedes darles el tono que quieras. Lo importante, antes de nada, es saber qué tono quieres darles. Porque además las palabras a veces se separan de ti, van por su cuenta, te traicionan. Tienes que estar preguntándote todo el rato si ellas te han entendido, si te expresan, si dicen lo que querías decir. Es un diálogo continuo. La palabra, cuando logra la expresión exacta, es maravillosa, pero cuando yerra te causa estupor y rechazo.

 

¿Cómo define el castellano, qué le apasiona de él?

Es mi lengua materna, eso es lo que la hace querida para mí. No es mejor ni peor que las demás, pero es la mía. De su mano me aventuré en la vida por primera vez, y lo sigo haciendo cada día. Puede que la riqueza de las conjugaciones verbales sea lo que más me llame la atención, ¡cuántos matices para la acción del verbo! A lo mejor es que el castellano se asombra infinitamente ante la acción.

 

En sus novelas, en sus relatos, en sus ensayos, ¿cuál ha sido su preocupación respecto al idioma?

Presto mucha atención a la musicalidad. En cada una de mis narraciones busco una música, es eso lo que me dice que el relato va por buen o mal camino. Tiene que sonar a verdad, y cada verdad tiene su propio ritmo. No tengo por costumbre releer mis libros, pero, si por alguna razón lo hago, lo primero que capto es ese ritmo, esa música. Eso me produce un gran alivio, recuerdo los planteamientos y los retos que hay en cada novela...

 

Hace 40 años, fue candidata a la RAE María Moliner, zaragozana como usted. ¿Qué opinión le merecen su labor y su 'Diccionario de uso del español'?

La labor de María Moliner no tiene parangón. Es increíble que se planteara hacer lo que hizo y que tuviera paciencia y energía para llevarlo a cabo. Me parece que todos los escritores tenemos cerca de nuestras mesas su diccionario.

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'''Con qué ánimo recibió la noticia de que José Antonio Pascual, Luis Mateo Díez y Carmen Iglesias la proponían para ingresar en la Real Academia Española? Me quedé muy sorprendida. Luis Mateo me llamó un jueves y creí que me iba a comentar algo sobre un premio literario del que los dos hemos sido jurado. No puedo recordar muy bien qué le dije.   ¿Había soñado o anhelado esta posibilidad? La verdad es que no se me había ocurrido en serio, cuando alguien me lo comentaba no lo consideraba mucho. Siempre me he dicho que cuando este tipo de cosas sobrevienen, pues estupendo, pero es mejor no darles muchas vueltas.   Conociendo su ánimo sosegado, su inclinación hacia la vida oculta, ¿padece ansiedad o está como quien se enfrenta a un examen? Por fortuna, es un proceso que tiene un buen ritmo. Me lo comunicaron antes de las navidades y ya se sabe que este período te ofrece muchos motivos de ocupación. El jueves se sabe: todo está sucediendo deprisa. Pero no estoy segura de que mi ánimo sea tan sosegado como dice. Llevo este asunto con cierta tranquilidad, porque, si entro a formar parte de la Academia, me parecerá magnífico, y, si no consigo el número de votos necesario, pues sigo como estoy.   ¿Ha significado algo especial para usted la Institución, que dirigieron paisanos como Laín Entralgo, Manuel Alvar, Lázaro Carreter? Seguramente, la Academia es para mí lo que es para todo el mundo, la institución que se ocupa de la lengua. Produce un gran respeto. De las personas que cita tuve oportunidad de conocer a las dos últimas, tenían un trato muy llano y agradable, resultaban muy cercanas.   Pensemos lo mejor, ¿sobre qué versará su discurso de ingreso? Creo que hablaría del Quijote, de ciertos personajes secundarios. Me buscaría una buena compañía para ese momento, la mejor.   ¿Recuerda cómo era su primer diccionario? Recuerdo, naturalmente, los diccionarios, tan usados, tan gastados, de mis tiempos escolares. La sensación que daba ese tomo grueso de tapas duras era de ayuda, el diccionario era algo que te sacaba de apuros, que te aclaraba las cosas.   En aquellos días de joven escritora, ¿quién guiaba sus pasos? En los años escolares leía mucha poesía. Los romances, las coplas, Garcilaso, Bécquer, la generación del 27, Cernuda, Juan Ramón Jiménez. He tenido muy buenas profesoras de literatura, algunas de ellas monjas, otras, profesoras contratadas. Por otra parte, creo que ha sido Baroja -adquirí poco a poco sus obras completas en Biblioteca Nueva- el escritor que me empujó más en los primeros momentos. Me sedujo su naturalidad, esa sensación de que se movía a sus anchas por sus narraciones.   Siempre se define como una escritora de escenarios, de miradas, de atmósferas, y esa concepción está vinculada a Zaragoza... La vida te va aportando sensaciones nuevas y todas van dejando su huella en lo que eres y en lo que escribes, pero, sin duda alguna, los primeros escenarios de Zaragoza, donde se produjeron las primeras sensaciones, se guardan en un lugar especial de la memoria.   ¿Cuál ha sido tu relación con las palabras? Las palabras son mi instrumento. Están allí, a disposición de todo el mundo, pero cuando las usas tú son tuyas, puedes darles el tono que quieras. Lo importante, antes de nada, es saber qué tono quieres darles. Porque además las palabras a veces se separan de ti, van por su cuenta, te traicionan. Tienes que estar preguntándote todo el rato si ellas te han entendido, si te expresan, si dicen lo que querías decir. Es un diálogo continuo. La palabra, cuando logra la expresión exacta, es maravillosa, pero cuando yerra te causa estupor y rechazo.   ¿Cómo define el castellano, qué le apasiona de él? Es mi lengua materna, eso es lo que la hace querida para mí. No es mejor ni peor que las demás, pero es la mía. De su mano me aventuré en la vida por primera vez, y lo sigo haciendo cada día. Puede que la riqueza de las conjugaciones verbales sea lo que más me llame la atención, ¡cuántos matices para la acción del verbo! A lo mejor es que el castellano se asombra infinitamente ante la acción.   En sus novelas, en sus relatos, en sus ensayos, ¿cuál ha sido su preocupación respecto al idioma? Presto mucha atención a la musicalidad. En cada una de mis narraciones busco una música, es eso lo que me dice que el relato va por buen o mal camino. Tiene que sonar a verdad, y cada verdad tiene su propio ritmo. No tengo por costumbre releer mis libros, pero, si por alguna razón lo hago, lo primero que capto es ese ritmo, esa música. Eso me produce un gran alivio, recuerdo los planteamientos y los retos que hay en cada novela...   Hace 40 años, fue candidata a la RAE María Moliner, zaragozana como usted. ¿Qué opinión le merecen su labor y su 'Diccionario de uso del español'? La labor de María Moliner no tiene parangón. Es increíble que se planteara hacer lo que hizo y que tuviera paciencia y energía para llevarlo a cabo. Me parece que todos los escritores tenemos cerca de nuestras mesas su diccionario.''' $(html_text)

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'''Con qué ánimo recibió la noticia de que José Antonio Pascual, Luis Mateo Díez y Carmen Iglesias la proponían para ingresar en la Real Academia Española? Me quedé muy sorprendida. Luis Mateo me llamó un jueves y creí que me iba a comentar algo sobre un premio literario del que los dos hemos sido jurado. No puedo recordar muy bien qué le dije.   ¿Había soñado o anhelado esta posibilidad? La verdad es que no se me había ocurrido en serio, cuando alguien me lo comentaba no lo consideraba mucho. Siempre me he dicho que cuando este tipo de cosas sobrevienen, pues estupendo, pero es mejor no darles muchas vueltas.   Conociendo su ánimo sosegado, su inclinación hacia la vida oculta, ¿padece ansiedad o está como quien se enfrenta a un examen? Por fortuna, es un proceso que tiene un buen ritmo. Me lo comunicaron antes de las navidades y ya se sabe que este período te ofrece muchos motivos de ocupación. El jueves se sabe: todo está sucediendo deprisa. Pero no estoy segura de que mi ánimo sea tan sosegado como dice. Llevo este asunto con cierta tranquilidad, porque, si entro a formar parte de la Academia, me parecerá magnífico, y, si no consigo el número de votos necesario, pues sigo como estoy.   ¿Ha significado algo especial para usted la Institución, que dirigieron paisanos como Laín Entralgo, Manuel Alvar, Lázaro Carreter? Seguramente, la Academia es para mí lo que es para todo el mundo, la institución que se ocupa de la lengua. Produce un gran respeto. De las personas que cita tuve oportunidad de conocer a las dos últimas, tenían un trato muy llano y agradable, resultaban muy cercanas.   Pensemos lo mejor, ¿sobre qué versará su discurso de ingreso? Creo que hablaría del Quijote, de ciertos personajes secundarios. Me buscaría una buena compañía para ese momento, la mejor.   ¿Recuerda cómo era su primer diccionario? Recuerdo, naturalmente, los diccionarios, tan usados, tan gastados, de mis tiempos escolares. La sensación que daba ese tomo grueso de tapas duras era de ayuda, el diccionario era algo que te sacaba de apuros, que te aclaraba las cosas.   En aquellos días de joven escritora, ¿quién guiaba sus pasos? En los años escolares leía mucha poesía. Los romances, las coplas, Garcilaso, Bécquer, la generación del 27, Cernuda, Juan Ramón Jiménez. He tenido muy buenas profesoras de literatura, algunas de ellas monjas, otras, profesoras contratadas. Por otra parte, creo que ha sido Baroja -adquirí poco a poco sus obras completas en Biblioteca Nueva- el escritor que me empujó más en los primeros momentos. Me sedujo su naturalidad, esa sensación de que se movía a sus anchas por sus narraciones.   Siempre se define como una escritora de escenarios, de miradas, de atmósferas, y esa concepción está vinculada a Zaragoza... La vida te va aportando sensaciones nuevas y todas van dejando su huella en lo que eres y en lo que escribes, pero, sin duda alguna, los primeros escenarios de Zaragoza, donde se produjeron las primeras sensaciones, se guardan en un lugar especial de la memoria.   ¿Cuál ha sido tu relación con las palabras? Las palabras son mi instrumento. Están allí, a disposición de todo el mundo, pero cuando las usas tú son tuyas, puedes darles el tono que quieras. Lo importante, antes de nada, es saber qué tono quieres darles. Porque además las palabras a veces se separan de ti, van por su cuenta, te traicionan. Tienes que estar preguntándote todo el rato si ellas te han entendido, si te expresan, si dicen lo que querías decir. Es un diálogo continuo. La palabra, cuando logra la expresión exacta, es maravillosa, pero cuando yerra te causa estupor y rechazo.   ¿Cómo define el castellano, qué le apasiona de él? Es mi lengua materna, eso es lo que la hace querida para mí. No es mejor ni peor que las demás, pero es la mía. De su mano me aventuré en la vida por primera vez, y lo sigo haciendo cada día. Puede que la riqueza de las conjugaciones verbales sea lo que más me llame la atención, ¡cuántos matices para la acción del verbo! A lo mejor es que el castellano se asombra infinitamente ante la acción.   En sus novelas, en sus relatos, en sus ensayos, ¿cuál ha sido su preocupación respecto al idioma? Presto mucha atención a la musicalidad. En cada una de mis narraciones busco una música, es eso lo que me dice que el relato va por buen o mal camino. Tiene que sonar a verdad, y cada verdad tiene su propio ritmo. No tengo por costumbre releer mis libros, pero, si por alguna razón lo hago, lo primero que capto es ese ritmo, esa música. Eso me produce un gran alivio, recuerdo los planteamientos y los retos que hay en cada novela...   Hace 40 años, fue candidata a la RAE María Moliner, zaragozana como usted. ¿Qué opinión le merecen su labor y su 'Diccionario de uso del español'? La labor de María Moliner no tiene parangón. Es increíble que se planteara hacer lo que hizo y que tuviera paciencia y energía para llevarlo a cabo. Me parece que todos los escritores tenemos cerca de nuestras mesas su diccionario.''' $(html_text)
  




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