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El pastor y la luna

FERNANDO AÍNSA| 23/04/2010 a las 06:00    

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Me llamo Endimión y soy uno de los pocos pastores que van quedando en Oliete. En todo caso, soy el único joven. Los demás llevan años saliendo con sus rebaños por las tardes en verano y a media mañana en invierno, cuando el sol levanta la rosada de los campos. Ellos -los viejos- se conocen los rincones de los cabezos vecinos, los olivares yermos de los alrededores, donde las cabras se encaraman en busca de brotes tiernos y las ovejas pastan a su albedrío. No se aventuran más allá. Se conforman con poco.

Yo prefiero ir más lejos, adonde ya no van ellos, porque no tienen la fuerza de antaño. Me gusta perderme por los barrancos que descienden hacia el pantano de la Foradada; sentarme en una roca y, mientras como un bocadillo que me he traído en el morral y bebo un trago de vino de la bota de mi abuelo (curada con pez, como se debe), mirar el paisaje que se despliega en la distancia. Y descubrirlo.

Digo bien, descubrirlo. No es que lo vea diferente, sino que cada vez me sorprende con un detalle, un ángulo nuevo. Depende de la roca donde me siento, en tanto la perra Diana vigila las ovejas paciendo en la ladera del monte. O de la estación del año o de la hora y la luz del día en que lo contemplo. Las sombras le dan otros matices inesperados. ¡Hay que ver cómo se ve cuando llueve o los relámpagos iluminan un horizonte que parece aún más dilatado! Sin embargo, nada cambia tanto un paisaje como la noche, especialmente las noches de luna llena.

Desde que descubrí su pálida luz esfuminada sobre los campos dormidos, me quedo esas noches por los barrancos. En invierno, me acuesto en una masía abandonada, donde sus rayos entran por una ventana rota y envuelto en una manta dejo que el resplandor me ilumine la cara mientras la perra reposa a mi lado y las ovejas se amontonan adentro, al abrigo. En verano, boca arriba, a veces desnudo, me dejo penetrar por esa aura embriagadora y me pierdo, poco a poco, en las volutas con que me tienta. Miro fijamente su cambiante rostro de plata, hasta que se me nubla la vista, encandilado, y solo entonces me duermo.

En mis sueños me parece sentir que la luna me ha descubierto y desciende a mi lado cuando ya no brilla en el cielo y me envuelve con sus rayos, para acariciarme con una desconocida ternura que me recorre cuerpo abajo. Solo ruego entonces prolongar el sueño -como en aquel relato que me contara el viejo pastor Hesíodo un atardecer de no hace mucho- para seguir durmiendo a su vera. Si pudiera, eternamente.

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