Las convicciones asustan. La gente que “lo tiene claro” me da miedo; me da miedo que me incluyan en su claridad irrefutable. No sabemos nada de nuestra cabeza, es imposible llegar a saber por qué hemos llegado a ser así y no de otro modo; y no es sólo genética y medio.
Ojalá. Somos lo que somos desconociendo las jugadas claves de la partida de nuestro ser. Un “ser o no ser” esto o aquello, infinito, que nos hace débiles, únicos, exclusivos y a la vez copias, manada, chusma. Es más fácil elegir manada que individualidad, susto que muerte; decir esto ya me lo sé, que siempre tendré dudas. Por eso me aparto de la gente. No por superioridad sino por el cansancio que da ser uno. La unidad es el número menor a pesar de que forme el resto.
Me siento como aquel personaje del cuento de Villiers de L’isle -Adam, el duque Richard de Pórtland-, un leproso disfrutando en una playa de su soledad impuesta, cuyo encanto reside a los ojos de los demás, en estar lejos, en ser un paria, en parecer no importarle la extrañeza que causan sus costumbres.
Todos los acontecimientos crueles que me han ocurrido en este último año; cuando lanzaron huevos contra mi casa, cuando escribieron
“Algora apesta” en mis ventanas, el día en que me apedrearon o aquel restaurante en el que me lanzaron ácido a los ojos no me sorprenden, ni mi irritan.
Mientras escribo esto están ametrallando otra vez mis ventanas y una bala acaba de romper una botella de vino blanco bien fresquito, que es con lo que me desayuno por las mañanas. Que sea un apestado no quiere decir que sea idiota. Ser idiota es una de las cosas más fáciles del mundo, sólo tenéis que leer este artículo para daros cuenta de la capacidad mental de quien lo escribe. Pero es que estar solo y apestado es muy duro.
Qué lastima que te hayas ido tan joven.No te he conocido como músico,pero después de leer esta selección de artículos,tenías un talento para escribir que ya lo quisieran algunos.Suerte amigo.