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Opinión

En recuerdo de José Atarés

En agosto de 2002, con motivo de las fiestas de Vitoria, encontré a José Atarés -entonces alcalde de Zaragoza- en compañía del primer edil de Vitoria -Alfonso Alonso, hoy portavoz del PP-. Aguantaba a su lado los pitos y abucheos de los radicales.

Miguel Gay Actualizada 27/09/2013 a las 17:10
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El exalcalde de Zaragoza ha fallecido este jueves tras una larga enfermedad.HA

No porque la vida esté llena de perfiles singulares se le debe acabar a uno la capacidad de sorpresa. Que logra conducirte por rarísimos vericuetos: como el de llegar a sentirte orgulloso de los propios políticos, ardua -y por mí muy poco conocida- satisfacción.

Recién nacidas mis ya enterradas vacaciones, a comienzos de agosto, tuve la oportunidad de adentrarme en las fiestas de la Blanca, en Vitoria, estrenadas entre ficticias polémicas y alborotos clásicos; y siempre con un puñado de políticos en el punto de mira -que allí también llaman diana- de endémicos fanáticos.

En el centro de la ciudad, tuve la oportunidad de encontrarme una comitiva con vocación de controversia: en un pasillo formado por los escudos humanos de sus guardaespaldas avanzaba una procesión encabezada por el alcalde de la ciudad, Alfonso Alonso, su mujer y el diputado general de Álava, arropados por otros políticos locales. Su andar era recriminado por pitos y abucheos que otros ciudadanos procuraban amortiguar con aplausos.

Sentí el olor fétido de una puja enraizada, profunda; respiré el aire de una controversia vestida de odios -trajes tejidos por políticos irresponsables-; y vi apenado el arraigo de un enfrentamiento con muy escasas opciones de confluencia.

Sentimientos que, sin disiparse, conseguí aparcar cuando, al fondo, atisbé la figura de mi alcalde, José Atarés, entregado a arrebatarles unos cuantos abucheos a los dirigentes alaveses. Avanzaba envuelto en un ambiente hostil -muy seriamente hostil- que podía muy fácilmente haberse evitado. Unos metros más adelante sorteé la barrera de guardaespaldas para estrechar la mano del edil local y entregarme al reconocimiento del mío: "Voy camino de Santander -me comentó- y he venido a acompañar y arropar un poco a esta gente".

Dialogamos durante unos minutos y al estrechar su mano en la despedida tuve la rarísima sensación de sentirme muy orgulloso -y convencido- de uno de mis políticos.

(Publicado en Heraldo de Aragón el 28 de agosto de 2002)







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