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Danza

Cómo danzar para vivir mejor

La biodanza llegó a Zaragoza en 2006 con la creación de una escuela oficial en la que ya se han formado 90 profesores.

Pilar Soro. Zaragoza 24/09/2016 a las 06:00
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Danzar para vivir mejor

Los primeros treinta minutos se dedican a hablar, a poner en común las vivencias y los sentimientos que cada participante experimentó en la última sesión. Después, ya no se puede utilizar la palabra. Comienza la activación del cuerpo a través de la música y del movimiento, liberando tensiones hasta alcanzar un estado de relajación y de tranquilidad. Es entonces cuando se llevan a cabo los diferentes ejercicios de danza, siempre de forma guiada por un profesor o facilitador, pero sin coreografías estipuladas.

Ese sería el resumen de la dinámica general de una clase de biodanza, que suele durar dos horas y se lleva a cabo una vez a la semana. Se desarrolla en grupo y se vale de la música, de las relaciones interpersonales y del movimiento. Quienes la practican dicen que la biodanza no es solo bailar.
“Nos comunicamos a través del cuerpo, con el movimiento, la mirada, el tacto… Los ejercicios que se llevan a cabo son una invitación a que florezca el instinto, lo que sientes y lo que eres en ese momento”, señala Ana Ezquerro, responsable de comunicación de la Escuela de Biodanza de Zaragoza, quien detalla que la danza puede ser individual, en pareja o en grupo: “Más allá de la danza del cuerpo, también es, por ejemplo, una caricia en las manos o un ejercicio en círculo en el que una persona sale al centro a moverse”, explica.

Cuentan desde la escuela que los ejercicios que se realizan en una sesión de esta disciplina tienen por objetivo producir bienestar a través de la estimulación de las endorfinas y la oxitocina. Para ello, en las clases de los grupos regulares que la practican, la música seleccionada es muy variada, pero siempre orgánica. “Se trabajan el ritmo y la melodía, por lo que puede utilizarse desde una batucada, para desinhibirte, activarte, sacar la alegría y la vitalidad; hasta un jazz, un tema clásico, un vals o una bossa-nova, para la parte más relajada de la sesión. Sus efectos están investigados y son siempre las mismas canciones dentro de un abanico musical muy amplio”, detallan. No tienen por qué ser melodías desconocidas, pues Elvis Presley o Queen también han sonado en más de una clase.


El espacio de enseñanza oficial surgió en la capital aragonesa en el año 2006 de la mano de Augusto Madalena, que fue invitado por el creador de la disciplina en los años 60, el psicólogo y antropólogo chileno Rolando Toro, a abrir un punto de formación en la ciudad y colaborar así con el movimiento en España y en Europa. El director de la escuela define la biodanza como una extensión de las ciencias humanas que se estudia a partir de aspectos psicológicos, biológicos, antropológicos y del arte, ahondando en los efectos terapéuticos del movimiento humano.


Esto se traduce en una ayuda “para que las personas vivan mejor, se conozcan más, desarrollen su potencial comunicativo y su creatividad, disminuyendo a la vez el cansancio, el estrés, la angustia y la fatiga inherente al mundo contemporáneo”. Entre sus beneficios, Madalena asegura que la biodanza, “además de aumentar la confianza, la autoestima y la vitalidad, favorece también la afectividad, la trascendencia, la flexibilidad, la tolerancia y la empatía con los demás, así como ayuda a conectar con la naturaleza”. La responsable de comunicación defiende la aplicación de la disciplina en la vida real: “Parece que estás danzando y que eso no te lleva a ningún sitio pero de repente llega un día, tras un proceso, en el que te descubres a ti mismo actuando o reaccionando de una manera diferente y más plena”.


Además de los grupos regulares de personas que asisten a sesiones de biodanza periódicamente –el Teatro de las Esquinas de Zaragoza es uno de los lugares que acogió el curso pasado varias sesiones grupales a la semana-, la escuela también imparte clases para formar a futuros facilitadores. Quienes imparten biodanza son llamados así, más que profesores, pues “no enseñan, sino que facilitan un proceso de transformación vital”, apunta Ezquerro. Existe un modelo único de formación presente en las escuelas oficiales –coordinadas por la International Biocentric Foundation- que tiene una duración de 3 años, además de un periodo de prácticas supervisadas. “Solo los profesionales que han realizado la formación pueden utilizar esta marca y trabajar con la biodanza”, señala Augusto.

Hasta hoy, son 90 los facilitadores que se han formado en la Escuela de Biodanza SRT de Zaragoza. A ella no solo asisten zaragozanos o aragoneses, sino también alumnos y profesores de otros puntos de España e incluso de otros países: La Rioja, Barcelona, Madrid, Suecia e Israel son algunos de los lugares que enumera su fundador. “Cada vez hay más profesionales que se dedican a ella y trabajan en diferentes áreas: en colegios, en asociaciones o en empresas, con colectivos especiales, personas enfermas, discapacitados, entrenamientos personales, etc.”, añade. Y el perfil de quienes se interesan por la biodanza y la practican es bien variado: hay educadores, artistas, terapeutas, psicólogos, pedagogos, profesionales de la salud… Augusto Madalena presagia que esta tendencia crecerá en la próxima década y que la profesión será más reconocida.

"Fue probarla y me cautivó"

Ángel Luis Ventura, fisioterapeuta zaragozano, se introdujo en el universo de la biodanza hace siete años. “No conocía nada sobre ella pero mi hermana me invitó a practicarla. Fue probarla y me cautivó, quizá porque me encanta bailar, pero también por la alegría y el bienestar que genera una sesión”, reconoce. Esas son las principales razones que le motivaron a continuar practicándola en el barrio de Torrero, donde comenzó a acudir a clase y, después, a formarse para poder ser facilitador.

“No es parecido a ningún otro tipo de baile. La biodanza no posee ejercicios coreografiados, pues el profesor da unas orientaciones y cada uno se mueve como quiere, descubriendo su propio movimiento”, relata. El pasado mes de junio, Ventura finalizó su proceso formativo junto a 15 alumnos más y no descarta trabajar a corto plazo con algún grupo propio. Este aragonés afirma que, cuando baila, se centra en el ahora y tiene unas sensaciones más intensas de la realidad, “percibiendo mejor el movimiento, el cuerpo y la vida”. Además de ser, dice, divertida y socializadora, por su labor profesional subraya algunos de los beneficios corporales de este tipo de danza, como la mejora de la forma física, la respiración o al postura.

Sobre la penetración de este fenómeno, Ángel Luis Ventura reconoce que, aunque la actividad ha crecido considerablemente, todavía no ha terminado de explotar. “Actualmente, creo que en torno a siete facilitadores formados en la escuela tienen su grupo de biodanza en Zaragoza. Esto puede traducirse –calcula- en más de un centenar de personas practicándola aquí. Es un movimiento con mucho potencial y, probablemente en pocos años, esté más extendido por los diferentes barrios y puntos de la ciudad”, vaticina.
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