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Zaragoza

El enfado de los usuarios sube de tono

Los más de tres meses de paros hacen mella en una ciudadanía que comienza a agotar su paciencia. Algunos usuarios optan, incluso, por no pagar el billete.

J. Ortega Actualizada 18/03/2016 a las 12:20
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Daba igual la parada escogida ayer para sondear al personal. La escena se repetía en las marquesinas: decenas de usuarios con rictus cariacontecido esperando el bus que, a la mínima pregunta, iniciaban un rosario de reproches que sirven para ilustrar el hastío de los zaragozanos ante la huelga de los cien días. "Hay que hacer algo porque esto no tiene arreglo y es vergonzoso. Si los conductores ganan lo que ganan, me parece una barbaridad esta huelga", decía María José Alcalde, que sufre los rigores de los paros mientras se desplaza cada día para trabajar de casa en casa. Es autónoma y asegura que apenas le alcanza, y que este conflicto le está suponiendo un problema añadido. "No entiendo la pasividad de la gente, deberíamos protestar y no pagar, yo no pienso hacerlo ahora". Indignada, se montó sin abonar el billete en un 38 y nadie se dio cuenta.

Las esperas, como ocurre a diario desde hace más de tres meses, se hacen eternas y los tiempos marcados en las pantallas, ayer, eran erróneos, con buses que estaban teóricamente a punto de llegar y después tardaban al menos diez minutos.

En el Coso, lo menos una quincena de pacientes viajeros hacían cola esperando a que apareciera algún autobús. Entre ellos estaba María Isabel Millán, vecina de Peñaflor, un barrio rural alejado del Centro y especialmente afectado. "Tengo que esperar hora y media al 28, ¿es o no es para estar indignada?", se preguntó. "Nos quedamos sin posibilidad de coger el bus de vuelta con transbordo, y tenemos que aprendernos el horario si queremos salir del barrio a comprar. Todo el mundo tiene derecho a la huelga, pero hay límites y esto es criminal", esgrimió.

"Ya les vale, ya. No hay derecho a que las autoridades permitan esto", contestó María, de 72 años y que prefirió eludir el apellido, mientras su marido asentía a cada palabra. También lo hacía su amiga Mari Carmen, en este caso acompañada de una muleta: "Imagínese cómo estoy, no puedo casi moverme".

A eso de las once de la mañana, la mayoría de usuarios que se acumulaban en cada parada eran personas mayores, pero también había algunas jóvenes que corroboraba el desconcierto colectivo: "Primero el alcalde dijo una cosa, luego otra...", afirmó Alba Álvarez, estudiante de 19 años. "Que protesten de otra forma, esto no está justificado", terció Pablo Ramos, de 21, mientras esperaba el bus para ir a clase.







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