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De las faldas del Aneto hasta los Monegros pasando por Monzón

José Feixa, pastor trashumante, condujo ayer su ganado por tierras del Cinca Medio y del Somontano procedente del Pirineo y camino de San Juan de Flumen.

J. L. P. Actualizada 29/10/2015 a las 07:50
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Las ovejas tomaron la plaza de Selgua (Monzón) en su camino hacia San Juan de Flumen.José Luis Pano

Ni semáforos, ni señales de stop, ni pasos de cebra. La naturaleza se abre paso entre coches y asfalto para permitir, como cada año por estas fechas, el camino de cientos de ovejas de la montaña al llano. Poblaciones como Monzón, Selgua, Berbegal y Peralta de Alcofea fueron ayer testigos de una de las prácticas más antiguas del mundo ganadero, la trashumancia.

El pastor ribagorzano pero residente desde hace años en San Lorenzo de Flumen José Feixa, acompañado por dos pastores rumanos que mantienen el relevo generacional de este duro oficio, es uno de los pocos trashumantes que quedan. Con su rebaño de 1.800 cabezas está recorriendo cientos de kilómetros en siete etapas, que le llevan desde las faldas del Aneto –donde el ganado ha pasado el verano– hasta su granja en la localidad monegrina por una cabañera secundaria.

La etapa de ayer atravesó tierras del Cinca Medio y del Somontano ante el asombro de muchos, que tomaban fotos del paso de las reses colapsando la N-240 en Monzón, escoltadas por la Policía Local, o tomando la plaza de Selgua.

Feixa, natural de Obis y de 62 años, comenzó a pastorear a los 10 con sus tíos, ya que su padre vendió el ganado. El oficio le enganchó y aunque reconoce que "es una faena muy obligada, sin vacaciones", se siente orgullo de su elección vital. Poco a poco fue adquiriendo más ganado hasta llegar a las cerca de 4.500 ovejas que tiene en su granja. Durante el invierno y la primavera pastan en sus montes monegrinos, pero el 15 de junio emprenden el camino hacia la parte sur del Aneto, en la sierra de Sis, cerca de Castanesa. Allí pernocta en un refugio de la DGA, mientras que el ganado lo cerca con un pastor eléctrico.

Al llegar el frío inician el regreso. En estas siete etapas, José y sus acompañantes duermen en el coche o a la intemperie con sacos. "A las 6.30 nos levantamos y andamos 25 o 30 kilómetros. La faena nunca se acaba y se vive mal, sobre todo este año que el cordero ha bajado el precio, pero al que le gusta no lo ve tan duro. Yo llevo tanto tiempo que lo hago más por rutina que por rentabilidad", dice. En este sentido, lamenta que "los jóvenes no se dediquen a la oveja, a pesar de que tenemos calidad".







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