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Biescas

Juan A. Cobo: "Ayudamos a las familias para que solo se preocuparan de su dolor"

El jefe de la Clínica Forense del Instituto de Medicina Legal de Aragón coordinó durante siete días el operativo de traslado e identificación de los cuerpos.

M. J. V. 07/08/2016 a las 06:00
Juan Antonio Cobo.Heraldo.

¿Cuándo se enteró de lo que ocurría en el campin y hasta qué punto adivinó la dimensión de la tragedia?

Ese 7 de agosto cenaba con unos amigos en Jaca y tuve noticia de lo sucedido por la radio. Aunque hablaban de siete u ocho muertos, yo comenté que se iban a enfrentar a una gran catástrofe, a más de 80 muertos.

¿Cómo lo supo?

Porque unos meses antes hice un trabajo sobre la respuesta ante una gran catástrofe y estudié la dispersión de fallecidos en el caso de una lengua de agua. Los que quedan en el centro son muy pocos. Mis amigos me insistieron en que me acercara a Biescas porque se iba a cometer un error de cálculo. Fui a la comisaría de Policía para que me llevaran. Todavía pasaba agua por encima de la carretera. Yo pedí entrar al gabinete de crisis reunido en el Ayuntamiento de Biescas. Al principio me dijeron que no hacía falta, pero cuando ya me iba me llamaron.

Lo primero que pregunté es si habían calculado el número de fallecidos y al oír mi previsión de más de 80 se asustaron. También les informé de que iban a venir un mínimo de 5 a 10 personas por cada víctima mortal, es decir, entre 500 y 1.000, aparte de curiosos y morbosos. Habría un porcentaje de diabéticos, cardiópatas... gente que no se iba a poner la insulina, que se iba a desequilibrarse... Necesitábamos lugares de espera y acompañantes. Los familiares de las víctimas no debían tener ninguna otra preocupación mas que su propio sufrimiento. Eso es lo que nos movía.

¿Pensó que sería difícil encontrar supervivientes?

El agua es muy caprichosa y curiosamente deja a personas en el centro que no se golpean con nada, que se agarran a algún sitio. Siempre hay un porcentaje de supervivientes sobre el número de muertos. Pero una lengua de agua no es una piscina: son piedras, ramas..., hieren, cortan...

¿Y había medios suficientes para afrontar la catástrofe?

La única posibilidad era que el Ayuntamiento de Jaca se implicara. Biescas no podía afrontar sola la catástrofe con la llegada de 1.000 personas, algunas de las cuales habrían perdido a familiares y otras tendrían a heridos en los hospitales. La de Biescas fue una respuesta inmediata impresionante, pero los 8 o 10 días que iban a seguir superaban la capacidad de un lugar pequeño.

¿Cómo se decidió dónde llevar a los fallecidos?

A las dos de la mañana de la primera noche salimos de Biescas hacia Jaca y en el coche íbamos tomando decisiones sobre los lugares. Había que tener en cuenta desde las funerarias hasta los juzgados, pasando por los reconocimientos, las consultas a los familiares... Hubo una gran generosidad por parte de Jaca al ceder algo que se pensó que se iba a quedar estigmatizado como el Palacio de Hielo, cosa que no ha ocurrido, todo lo contrario.

Tuve que decidir lugares y condiciones, detalles aparentemente tan tontos como tener sábanas blancas limpias, buscar siempre el silencio, evitar informaciones mediáticas anómalas... y advertir de que el mayor problema que íbamos a tener era el de aquellas personas que lo querían dar todo inmediatamente. Necesitaba gente 8 días seguidos y organizamos nueve áreas de trabajo.

¿Alguien tuvo un papel clave?

Los voluntarios de acompañamiento fueron la clave de todo. Un abuelo que había perdido a cuatro o cinco miembros de su familia llamaba a su voluntario ‘mi ángel’. Su papel era no dejar solos en ningún momento a los familiares.

Otra de las grandes cosas que aprendimos es que cualquiera no podía ser voluntario: debía tener fortaleza, no ser vulnerable y saber a qué podía enfrentarse. Hubo un guardia civil encargado de la identificación que ya no volvió a incorporarse. Cuando venía un padre y reconocía a su hija, le teníamos que decir que no se la podíamos dar, porque podía no ser su hija, y hacía una presión brutal. Hubo un error provocado por eso. Aprendimos allí que un profesional tiene que soportar esa presión. Nunca se entrega un fallecido hasta que no está perfectamente identificado.

¿Cómo se hizo el reconocimiento de los cuerpos?

Además de los forenses, apoyaron odontólogos, cirujanos... Vi a uno de los cirujanos más afamados de Zaragoza llevando cadáveres. Asignamos a cada cuerpo un número, y el traslado al Palacio de Hielo se hizo de madrugada. La temperatura era baja para seguir trabajando sin los elementos terribles de la putrefacción.

¿Y fue difícil la identificación?

Fue más doloroso que difícil. No hubo grandes destrucciones, pero con el tiempo la putrefacción lo altera todo. No hubiera sido necesario que la familia los reconociera, pero existe una especie de derecho a hacerlo. Esto en realidad no es un buen proceso, no es la base de la decisión e implica sufrimiento. Si nosotros, acostumbrados a ver fallecimientos, estábamos destrozados, imagínese un padre. Se preseleccionaba todo hasta que prácticamente sabíamos quién era.

¿Se hicieron pruebas de ADN?

Se hicieron tomas, por si acaso, pero en aquel momento no era lo habitual. Más del 80% se identificaron por huellas digitales.

¿Lo que se hizo sentó precedente en la asistencia a grandes catástrofes ?

Hubo utilizaciones internacionales, incluso intercambios con expertos israelitas. En España, el 11-M siguió las líneas de lo que hicimos en Biescas. Pero lo que pueda decir de hace 20 años ya no tiene que ver con la actualidad. Lo que entonces era excepcional o difícil ahora está controlado. Pero sí hubo un antes y un después. Nuestra aportación a la sociedad fue la profesionalización en la respuesta a las catástrofes. Hasta aquel momento había sido fruto de la improvisación, siempre con una entrega muy grande.

El día 7 hablará a las familias en el homenaje. ¿Qué les dirá?

Es uno de los recuerdos más tristes de mi vida profesional. Cuando a las nueve de la noche pasé con el coche, las luces enfocaban a árboles donde había muertos. Aquel bosque de focos es una imagen imborrable. A las familias les diré que los mimamos todo lo que pudimos.







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