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Exploradores

Dos hermanos de Monzón, miembros de una expedición que descubre importantes ruinas de un antiguo reino inca

Caldereros de profesión, los hermanos Janer forman parte del hallazgo de unas relevantes restos del misterioso reino incaico de Vilcabamba.

Víctor Millán. Monzón Actualizada 02/01/2016 a las 08:05
Dos hermanos de Monzón han participado en una expedición que ha descubierto unas importantes ruinas del misterioso reino incaico de Vilcabamba.

“¿Quién se puede imaginar que en pleno siglo XXI seguirían quedando cosas por descubrir?”. Esa es la pregunta que se hacen y se siguen haciendo Marcos y Javier Janer, dos hermanos de Monzón que han participado en el que ya se califica como uno de los mayores hallazgos recientes relacionados con la herencia del imperio Inca.

Ellos han contestado a su propia pregunta. Y lo han hecho embarcándose en un “locura romántica” que les llevó el pasado mes de octubre a formar parte de una expedición vasco-aragonesa que descubrió dos complejos relacionados según los primeros indicios con el misterioso reino de Vilcabamba, el último reducto donde perduraron los herederos del imperio Inca décadas después de que llegaran los españoles.

Ahora, de vuelta a Monzón y envueltos de nuevo en el día a día del trabajo de su Pyme -una empresa familiar de calderas- los dos hermanos hacen balance de una expedición que partió siguiendo unos pequeños indicios y con pocos recursos, y que a su regreso ya ha empezado a recoger los avales de varios académicos y del propio Ministerio de Cultura peruano, que está tramitando la catalogación del descubrimiento.

El principal aporte a la ciencia arqueológica realizado por el equipo -denominado Mars Gaming Expedition- ha sido un centro ceremonial ubicado a 5.000 metros de altura compuesto por varias estructuras, la principal de ellas de más de veinte metros de longitud, donde hay indicios de que se realizaban distintos rituales religiosos e incluso posibles sacrificios humanos, además de una enorme necrópolis de una hectárea de extensión sobre una colina en otra localización. Un descubrimiento más propio de una película de Indiana Jones porque por el camino tuvieron que vérselas con las lluvias de El Niño y recorrer algunas de las de las regiones más peligrosas que quedan en Perú, donde el grupo terrorista del Sendero Luminoso sigue manteniendo sus últimos centros de poder.

“Hubo un momento en el que tomamos conciencia por los avisos de la población local de que debíamos salir de allí, y cambiamos la ruta que teníamos planeada por GPS varias veces. Pero uno de estos cambios de rumbo nos llevó hasta el segundo de los hallazgos, así que se puede decir que hasta tuvimos suerte por eso”, señala Javier. De hecho, ambos hermanos explican que el abandono de la zona desde la década de los 80 por la presencia de los terroristas y el narcotráfico es el principal motivo por el cual estos restos no habían sido catalogados para la ciencia hasta ahora.

El viaje


La intrahistoria que llevó a los Janer Moreno hasta las montañas peruanas, a unos 150 kilómetros al noroeste desde Cuzco en la provincia de La Convención, comienza sin embargo muchos años antes del comienzo de su viaje y se retoma hace pocos meses con una llamada y un correo electrónico. Marcos conoció durante su estancia en la Universidad de Zaragoza a Miguel Gutiérrez Garitano, historiador y escritor alavés con el que recorrió África en uno de sus viajes, y a la postre, cerebro e ideólogo junto con su hermano, el fotógrafo Rafael Gutiérrez Garitano, de la expedición que los llevó hasta perseguir los misterios de los incas.


“Hace unos meses me llamó y me dijo que había encontrado indicios de una estructura. Él había hecho ya varios viajes a la zona siguiendo las rutas trazadas por otros exploradores, y al tiempo me dijo que había formado un equipo para ir hasta allí. Al que acepté unirme sin dudarlo”, señala Marcos Janer, quien acabó enrolando también a su hermano a la empresa, aunque visto el currículum de ambos, da la impresión de que no hizo falta insistir demasiado.

Los dos comparten su pasión por el alpinismo y pertenecen al Club Montisonense de Montaña -que apoyó la expedición-, teniendo a sus espaldas varias escapadas importantes, aunque reconocen que nunca de este tipo. “Las cumbres que hollamos en Perú no eran excesivamente complicadas, aunque nosotros teníamos cierta labor de guiar al equipo con el GPS y abrir rutas porque son zonas completamente inhóspitas”, explica Javier.

A su lado, además de los también hermanos Gutiérrez, les acompañó el cineasta Aitor González de Langarica, la médico María Valencia y la documentalista Silvia Carretero, todo con el apoyo desde España y en los trabajos anteriores a la partida del arqueólogo de la Universidad del País Vasco experto en teledetección Iñigo Orúe y la geóloga Rut Jiménez, vitales para encontrar el señuelo que les acabó llevando hasta los centros incaicos.

“Tras varios viajes y seguir las rutas que habían descrito otros exploradores, descubrimos por satélite la presencia de algunas estructuras que a mí me recordaban claramente a las típicas estructuras incas tipo kallanka. Y bueno, nos decidimos a probar suerte”, explica desde el País Vasco Miguel Gutiérrez.

La expedición se financió gracias a los ahorros personales de cada uno y las ayudas de varias empresas, organizaciones implicadas y un crowdfunding. Con pocos medios, pero con la voluntad de conocer lo desconocido.

Durante el camino, el grupo tuvo que vérselas con la población local, habitantes de pequeñas aldeas a las que muchas veces el Estado peruano no llega y donde los vecinos se han organizado en las llamadas 'autodefensas', colectivos que hacen de guarda, juez y parte en sus localidades ante los peligros de una zona que hasta hace no tanto era catalogada como de alto riesgo por ser coto del Sendero Luminoso.

“Nos encontramos de todo, desde gente muy pobre que comparte hasta lo que no tiene, hasta otros poblados donde sus habitantes desconfían de todo y te acaban pidiendo que te vayas, primero alertándote del peligro de la zona, y luego sin saber muy bien si el peligro son en realidad ellos mismos”, relatan los hermanos.

El descubrimiento


Tras andar durante varios días más de 100 kilómetros por los senderos incas acompañados de arrieros locales y mulas, recorriendo pequeñas aldeas y subiendo a cimas casi inaccesibles, el primero de los hallazgos se produjo casi de forma fortuita, encontrando una necrópolis inca repleta de tumbas escondidas en cuevas.

“Fue una sensación fascinante”, aseveran los hermanos, cuya expedición, pese a recorrer solo tres cuartas partes del camino trazado originalmente por el ambiente hostil del terreno y sus lugareños, aún mantuvo la suerte de encontrar el segundo recinto, el santuario donde tumbas, reliquias talladas, plataformas, y gradas dejan intuir que aquello podría ser un importante centro ceremonial donde se pudieron dar lugar los ritos de la Capac Cocha, las ofrendas a los dioses.

Toda la montaña parece "un enorme yacimiento" cuyo alcance arqueológico y científico todavía desconocen porque se limitaron a marcar las coordenadas por GPS y a tomar pruebas gráficas. La idea ahora es desarrollar varios proyectos, cada uno en su ámbito, y recuperar culturalmente esa zona, sobre todo, para prevenirla del expolio. Algo para lo que ya se han puesto en contacto con el Ministerio peruano que ha avalado sus hallazgos, al igual que la historiadora Carmen Martín Rubio, investigadora del CSIC, que tras observar las fotografías corroboró que el descubrimiento puede marcar un hito a la hora de conocer qué fue de los últimos incas.

Ahora, de vuelta a la rutina, a los hermanos Janer Moreno les cuesta pensar que hace solo unas semanas estuvieran en un sitio que hoy la ciencia arqueológica ha puesto en su punto de mira y, sobre todo, se pregunta qué es. Ambos esperan presentar el proyecto en Monzón -como se ha hecho ya en Madrid y el País Vasco- en un futuro, aunque de momento tienen bastante con atender el trabajo de su empresa en plena época de encargos y reparaciones. “La idea es volver en el futuro si podemos para realizar el recorrido que nos quedó, y por supuesto ayudar en la medida que podamos a catalogar todo y en nuestro caso, a identificar las mejores rutas para llegar a los yacimientos. Ojalá de aquí a un tiempo esa zona se vuelva a revitalizar y se puede visitar de mejor modo y al volver podamos decir que nosotros tuvimos algo que ver con ello”, señalan los montisonenses.







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